Narra Briatny Darly
Los Guardianes se encargaron de preparar los vehículos en los que viajaríamos hacia Encanta. Mientras se organizaban, el rey Nertur solicitó viajar en el mismo transporte que yo. Sin embargo, Jack se apresuró a responder, con un tono más serio de lo habitual, que, por cuestiones de seguridad, eso no sería posible.
Su respuesta dejó un breve silencio a nuestro alrededor. Nertur no insistió, aunque su mirada se detuvo en Jack durante unos segundos antes de apartarse, luego se acomodó cerca del carruaje en el que había llegado.
Los Vulturis, por otro lado, permanecían en su formación grupal, esperando a ser atendidos. Ninguno parecía impaciente. Simplemente observaban. Y, de alguna manera, aquella calma resultaba más incómoda que cualquier reclamo.
—¿Dónde se supone que los llevaremos a ellos? —preguntó Edward, haciéndole señales a Emmett para que se acercara.
Cristian se mantenía tenso. Sus ojos se desviaban de vez en cuando hacia los Vulturis, como si intentara calcular cuánto tiempo más podríamos mantenerlos esperando sin que aquello se convirtiera en otro problema.
—Un coche no es un transporte que la heredera al trono Nuncajamas-acense debería tener. —comentó, preocupado por no mantener la imagen real que se requería para un momento como este.
Miré los vehículos estacionados y luego a mis Guardianes.
—Pero yo no tengo carruaje —dije. Después de pensarlo unos segundos, fruncí ligeramente el ceño—. Esperen, ¿yo por qué no tengo un carruaje?
Edward sonrió con nerviosismo. No fue una sonrisa natural, sino una de esas que aparecían cuando alguien intentaba restarle importancia a algo que acababa de convertirse en un problema.
—No lo sé, no nos hemos preocupado lo suficiente por eso.
El tiempo seguía avanzando. Y, con cada segundo que pasaba, la presencia de los Vulturis parecía hacerse más pesada, aunque ninguno de ellos pronunciara una sola palabra.
—¿Puedes crear mágicamente alguno, Bri? —preguntó Emmett mientras buscaba las llaves en su bolsillo.
Planeábamos utilizar los coches del garaje. Dos pertenecían a Edward y el tercero era la camioneta blanca de Emmett. El último vehículo era especial: estaba diseñado para viajar entre dimensiones, era blindado y resistente a la magia. No era tan largo como una limusina, pero contaba con suficiente espacio para transportar a varias personas cómodamente.
Hasta entonces, nunca habíamos tenido problemas con que yo viajara en aquel automóvil. No porque fuera el transporte más apropiado para una monarca, sino porque, en realidad, a nadie le había importado demasiado el medio en el que llegaba a las dimensiones. Lo importante era que la monarca estuviera presente. Nada más.
Pero aquella situación era diferente.
Los Vulturis no eran visitantes comunes. Esperarían que la Monarca de las Dimensiones contara, como mínimo, con unos veinte carruajes a su disposición. En cambio, frente a ellos solo teníamos vehículos humanos y una organización improvisada que dejaba al descubierto algo que no podíamos permitirnos mostrar: nuestra falta de preparación.
—La magia de la Princesa aún no es capaz de crear cosas —dijo Cristian, mirando discretamente hacia los Vulturis. Algunos de ellos parecían haber notado que algo no marchaba bien—. Si ella pudiese crear uno, no podría mantenerlo por mucho tiempo —finalizó, antes de acercarse a Edward.
—¿Cómo no va a poder? ¿Qué clase de princesa mágica eres? —preguntó Edward, tensando las manos.
—Una inútil, por lo visto.
Reímos, pero yo no lo había dicho completamente en broma. Una parte de mí seguía sintiendo que, como princesa, debería ser capaz de hacer mucho más de lo que podía.
Cristian le susurró algo al oído a su hermano. No logré escuchar sus palabras, pero la expresión de Edward cambió poco a poco. Cuando Cristian se alejó, Edward dejó escapar un suspiro y volvió su atención hacia mí.
—Cristian dice que... debes ser tú quien haga parecer esto como una petición —explicó.
Aquello me hizo fruncir el ceño.
—No entiendo —susurré.
Edward se inclinó un poco hacia mí para que los demás no escucharan con claridad.
—Básicamente es que tú digas en qué vehículos tendremos que ir. Así ellos pensarán que tú quieres ir en estos, no que es nuestra única opción.
Miré los automóviles y después a los Vulturis. Permanecían inmóviles, vestidos con aquella elegancia intimidante, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para observar cada uno de nuestros errores.
Yo debía actuar como si aquello fuera una decisión mía.
Como si hubiera elegido viajar en un coche humano por voluntad propia.
Jack se alejó para comunicarles el plan a los demás Guardianes. Apenas había dado unos pasos cuando se detuvo y giró ligeramente la cabeza hacia nosotros.
—Solo tenemos un inconveniente. Los Vulturis, ni aunque se les quemaran las entrañas, subirían a estas cosas humanas.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire.
Por primera vez, deseé que el suelo se abriera y me ahorrara tener que explicar por qué la Monarca de las Dimensiones no tenía ni un solo carruaje digno de su título.