Abbys leyends

Memorias de un errante

Devastado, confundido, errante. García ya no podía entender o distinguir la realidad de la ficción. Su vida se había desmoronado días atrás y ya nada le quedaba, ni siquiera podía confiar en sus propios recuerdos. La vida, nuevamente, carecía de sentido para su persona. Ahora, sujeto a su miserable existencia debido unicamente a una promesa, continuaba avanzando sin ningún lugar al cual llegar. Cuchillo en mano, y lagrimas en los ojos, intentó quitarse la vida una y otra vez, en cada ocasión con el mismo resultado (ninguno). Vagando por el bosque, alzando la serrada hoja una y otra vez ante su cuello.

Entre llantos, finalmente cayó rendido a los pies de un árbol. Sentado entre las raíces del mismo, lanzó el cuchillo a un lado y golpeó con la parte posterior de su cabeza al gentil gigante. Preguntándose en cada golpe qué era lo que había pasado y como era posible que la vida lo tratase así nuevamente. Sintiéndose inútil por no poder acabar con su propia vida y sufrimiento, y mareado por los golpes, finalmente cesó en su acción. sin más por hacer, intentó acallar el dolor en su corazón, dolor por la perdida de su amada Edith y su querida Leonora (en ello también falló).

Una vez se calmó, agradecido por la brisa y el descanso que le otorgaba la naturaleza, logró relajarse por unos instantes. Antes de darse cuenta, sintió nuevamente el peso de su condición humana. Encandilado por la luz que cubría el paisaje, limitado a lo que el tacto le ofrecía en aquel momento, recordó lo dañado que debía de estar su cuerpo. Concentrado en si mismo, comenzó a sentir un pequeño dolor en su brazo izquierdo, de pronto, ya no podía levantarlo; le siguieron las piernas, estas ardían como si el fuego las envolviese. Finalmente su pecho, como si un puñal se alojara en su corazón con cada respiración y sus pulmones estuviesen al borde del colapso, acabó por unirse a la tortura.

En agonía, intentó gritar, pero su garganta, cual hierro ardiente en su cuello, ya no respondía a sus suplicas. Y aunque la migraña tampoco era de ayuda, antes de caer dormido, al menos le permitió hacerse una pregunta -¿por cuanto tiempo he estado caminando?-

los sueños lo habían abandonado para siempre, ahora solo le quedaban sus recuerdos. Quizás todo era cierto, quizás eran los recuerdos de otra persona, podrían ser memorias fabricadas por la mano y el magnifico arte de un maldito demente; también podría ser posible que todo esto fuese un sueño y estuviese a punto de despertar, pero de una cosa estaba seguro: en todos los casos esto era una pesadilla. Recordando o soñando, daba igual, revivió los últimos hechos vividos, desde que fue consciente de si mismo, desde aquella noche en la que, abrazado a una tabla mohosa, llegó a la playa de un pequeño pueblo pesquero.

Fue encontrado medio moribundo por la posadera del lugar. Ella, sumamente bondadosa y bien conocida por todo el pueblo, no pudo ser ignorada en la petición de atender a un forastero. Fue llevado rápidamente con el curandero del lugar, un hombre honrado pero rencoroso. Habiendo sido abandonado hacía tiempo por su esposa, quien huyó con un forastero, el único doctor no se dignaba a atender a García. En más de una ocasión lo dio por muerto, algunos dirían que por recelo, otros por piedad. yacía en el misterio para todos ,excepto para una única persona. Shinji sabía que algo andaba mal con el forastero, realmente había muerto y regresado a la vida en lapsos de 5 horas entre ambos estados.

Su recuperación fue casi milagrosa, tras una semana de su llegada, el hombre no podía recuperarse tan rápido, era inaudito. Las supersticiones sobre un posible demonio no tardaron en esparcirse, pues era mas musgo que hombre al llegar. Pero, demonio o no, ahora había un problema: una boca más por alimentar. Nadie quería al forastero en su hogar, mucho menos darle comida o empleo, ni hablar de permitirle tener un hogar propio en el pueblo. Algunos por miedo, otros por desprecio.

Debido a la preocupación, la misma noche en que despertó, se decidió si se expulsaría o no al forastero. Todas las voces maliciosas fueron acalladas por la humilde, pero temible en carácter, posadera. Ofreció su posada para que la habitase el extraño. Con respecto al alimento, él debería de conseguirlo del mar, ella, como experta pescadora, le enseñaría como hacerlo. Finalmente, convencido por la palabra de la ilustre, el jefe a cargo del humilde poblado de Satori le permitió al hombre quedarse, bajo la condición de que su comportamiento sería castigado junto con la mismísima posadera y ambos serían expulsados de allí.

Con el pasar del tiempo, el poblado entero se vio mas amistoso con el extraño. Poco a poco su apariencia cambió a la de un hombre civilizado. Aprendía sorprendentemente rápido, copiaba casi a la perfección y jamás se rendía: era un ejemplo a seguir para los mas jóvenes. Aprendió a pescar en solo dos días, a cocinar en tres, y a cazar con arco en cinco. Cuidaba de los niños en las expediciones y regalaba sus mejores presas. Con ardua labor fue contratado por Masaki, el creador de una bebida espectacular. Aprendió el arte de cómo crear sake desde la mano del mismo. La recomendación de la posadera era un hecho que él sospechaba, pero que jamás le fue confirmado.

El tiempo transcurrió rápidamente. Los días pacíficos y placenteros se hicieron una costumbre. La prosperidad se hizo presente en el alejado y humilde poblado, de ello era testigo la nueva casa que se estaba construyendo. Justo detrás de la posada, junto al bosque y el rio, sospechosamente se trabajaba en la construcción. Se logró ocultar por un tiempo, pero García fácilmente logró dar con el lugar. Nadie le dijo nada jamás, pues cuidaban y median sus palabras en su presencia, sobre el dueño de esa pequeña casa de madera. El, a medias, forastero fue echado del lugar súbitamente, pese a querer prestar ayuda.




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