Abogada para el Inquisidor. ¡quítese los grilletes, milord!

CAPÍTULO 13. EL TESTIGO DE LA CAJA Y EL APOCALIPSIS FISCAL

Escapábamos hacia el carruaje por una salida trasera mientras, en el salón principal, Damián, completamente inspirado, intentaba organizar un «coro de acreedores indignados» con los músicos de la orquesta mágica. Kassian prácticamente me arrastraba a toda velocidad; su capa ondeaba derribando floreros y yo apretaba contra el pecho el libro de auditoría robado.

—¡Más rápido, Yana! Grum no tardará en recuperarse y descubrir que no solo quedó paralizado del miedo, sino que además lo robaron delante de medio Imperio —rugió Kassian mientras me empujaba dentro del carruaje.

—¡Espere! —planté los pies en el estribo y conseguí que el Inquisidor Supremo se detuviera, indignado—. ¡No puedo viajar así! Tengo un secreto de Estado atrapado en el escote y... ¡me está picando!

Metí la mano bajo el borde de mi elegante vestido y saqué... no, no un micrófono. Era un pequeño objeto cubierto de cristales y escupiendo chispas.

—¿Eso es un artefacto de escucha? —Kassian llevó una mano a la empuñadura de la espada.

—Peor. Es el sello del Gran Maestre —me acomodé los lentes, que otra vez se habían deslizado hasta la punta de la nariz—. Se pegó a mi esmalte cuando cerré la caja fuerte. Kassian, técnicamente acabo de robar no solo documentos, sino también autoridad oficial del Imperio. Si nos atrapan, a mí me darán cadena perpetua. A usted, dos.

—¿Dos? ¿Por qué a mí dos? —Kassian saltó dentro del carruaje y cerró la puerta de golpe, ordenando al cochero que corriera como si todos los demonios del SAT imperial vinieran detrás de nosotros.

—Porque usted es reincidente y yo soy «una persona bajo la influencia de su carisma». Es una circunstancia atenuante —abrí el libro de auditoría directamente sobre mis rodillas—. Veamos... Vaya. Kassian, tengo malas noticias. Usted no es solo Inquisidor. Está en bancarrota.

Kassian, que ya estaba preparando algún discurso solemne sobre honor y venganza, se atragantó con el aire.

—¿Qué? ¡Soy dueño de tres provincias y diez castillos!

—Lo era. Hasta que Grum registró a su nombre un «crédito para el desarrollo de ganadería mágica» por cinco millones de monedas de oro —señalé una línea donde brillaba el conocido halo azulado de una firma mágica—. ¿Recuerda la tarjeta que firmó para Damián? Grum colocó debajo una hoja de calco hecha de escamas de dragón. Felicidades, Kassian. Todo su castillo, incluido Churro, Lumi y hasta los calcetines sucios del sótano, pertenece ahora al Sínodo.

El carruaje saltó sobre un bache. Kassian giró lentamente la cabeza hacia mí. Sus ojos resplandecían de rojo, pero tenía la expresión de un hombre que acababa de descubrir que su espada era de cartón.

—¿Me estás diciendo... que vivo dentro de bienes embargados?

—Exactamente. Y mañana por la mañana llegarán los ejecutores. Con planchas más grandes que las de Marta.

—Los convertiré en cenizas —dijo Kassian con voz baja.

—No se puede reducir a cenizas a funcionarios públicos. Daña el historial crediticio —cerré el libro—. Solo tenemos una salida. Necesitamos un testigo. Alguien que haya visto a Grum colocar la hoja de calco. Y, según esta nota de la página cuarenta y dos, ese testigo está ahora mismo... —consulté las anotaciones— dentro de la jaula de Churro.

—¿Dentro de una jaula? —Kassian frunció el ceño—. En el recinto de Churro solo hay huesos y armaduras viejas.

—No, Kassian. Allí está el antiguo jefe de contabilidad del Sínodo, al que todos daban por desaparecido. Grum lo registró en los documentos como «alimento para perro de raza».

Kassian guardó silencio. Dentro del carruaje se podía escuchar el tictac mágico del sello robado en mi bolso.

—Yana —de pronto tomó mi mano, y en el gesto no había pasión, sino un asombro profundo, casi místico—. Dime la verdad. ¿Todos los abogados de tu mundo son maniáticos como tú?

—En mi mundo, Kassian, los abogados somos quienes sobrevivimos a clientes como usted. Ahora dígale al cochero que acelere. Necesito interrogar a ese contador antes de que Churro decida que la «comida» lleva demasiado tiempo guardada.

En ese instante el techo del carruaje recibió un golpe. Desde arriba llegó la voz de Damián, que aparentemente viajaba de polizón sobre el techo:

—Amigos, no quiero interrumpir su conversación sobre hipotecas, pero Grum viene detrás de nosotros en una alfombra de combate. Y lleva en las manos... Kassian, te lo juro, ¡lleva tu declaración fiscal ardiendo con llamas azules!

—¡Terror fiscal! —grité, sujetando con más fuerza el libro—. Kassian, queme la alfombra. Yo buscaré mientras tanto el artículo sobre legítima defensa ante un cobro ilegal de deuda.




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