Otra piedra, más grande casi le pega a Adele en la cabeza. Parece que la ven de afuera y le están apuntando.
Adele se agachó. Después se sentó en el piso. La mente arrancó una carrera a mil.
Primero — apagar la luz.
Segundo — llamar a la policía.
Tercero — no sé qué hacer.
La chica se arrastró por el piso hasta la pared y bajo la perilla. La oscuridad se apoderó de la casa.
Un poco de luz de la calle entraba de afuera. Igual que piedras.
Parecía una lluvia de meteoritos.
“Bum! BUM! Bum—Bum—Bum!”
Las piedras rompían ventanas y al entrar destrozaban todo en su camino. Vajilla, cuadros, muebles.
Se caían en el piso saltando y tirando polvillo.
El ruido de los golpes era insoportable. Adele se quedó sentada en el piso apoyándose en la pared. Tapó los oídos.
El piso ya estaba cubierto de las rocas. Parecían no menos de cien, pero seguían entrando.
“¿Pero cuantas más piedras tienen allí? ¿Trajeron un camión lleno?”
Una piedra rebotó amortiguando del almohadón del sillón y le pegó en la pierna.
La chica gimió del dolor.
—¡Que muere la bruja! — se escuchó de afuera la voz ronca de un hombre.
Adele sacó el celular.
—“Nueve once. ¿Cuál es su emergencia?” — una voz femenina parecía un contestador. Sin alma.
—Mi casa esta atacada.
—“¿Por quién?”
—Creo que son mis vecinos.
—“Páceme su dirección y quédese en resguardo.”
Adele nombró barrio, la calle y numero de la casa. Del otro lado se escuchó un tecleo rápido.
—“La policía llegará pronto”.
Un clic en el teléfono y Adele otra vez se quedó sola.
Se hizo silencio. Parecía irreal.
La chica suspiró algo aliviada. Se quedó escuchando.
¿Se fueron?
Adele se arrastró por el piso y apenas se asomó por la ventana.
—¡Sal, bruja! — gritó ex policía Castormann.
—¡Sal. Bruja! — repitieron una docena de voces más.
¿Ahora quieren hablar conmigo? ¿Después una lluvia de piedras?
Adele se levantó despacio, tomo el aire y se acercó a la puerta.
Deslizó el pasador. Le costó arreglar la puerta después de la última visita de la policía.
La chica salió afuera.
Una docena de personas estaban enfrente de su casa. Eran los vecinos.
La señora Nestneck, el viejo panadero señor Milden, el joven plomero Bulb y su esposa y otros que no tenían ganas hoy de quedarse en su casa. Sino prefirieron otro espectáculo. Hasta la señora Dumber vino con su hijo de cinco años de la mano.
Con la iluminación escasa del poste de luz se veían raras.
“¿Qué les pasa en las caras?”
En los cachetes y frentes tenían unos dibujos de color negro. Tipo runas.
Y allí estaban, con caras pintadas, malas actitudes en los ojos y las piedras en las manos.
—¡Acá está la bruja! – gritó el viejo panadero y la apunto a Adele con su puño.
—¿Qué les pasa a todos? – Adele puso la firmeza de plomo en el timbre de su voz. – ¿por qué no me dejen en paz? Váyanse a sus casas, si no, llamo a la policía.
—Policía no te va a ayudar – dijo señor Castormann un policía retirado. – nos ocupamos de esto.
Adele miró la expresión de su cara y le creyó. Este es capaz.
La chica bajo la mirada.
—¡Apedrear a la bruja!
Como por el orden de un jefe los vecinos levantaron las manos con las rocas.
—¡Esperen! – Adele estiró las dos manos en un gesto de defensa. – ¿qué quieren de mí? No soy bruja y no les hice nada.
Por unos segundos se hizo silencio.
—¿Y quién entonces enloqueció a los animales acá? – gritó el plomero.
—Sí, mi gato vino acá corriendo y después despareció. – empezaron a gritar todos juntos.
—Igual que mi perro.
—¿Y quién enfermó a mi marido? — chilló la señora Thompson.
—Su marido tiene casi noventa años, es normal enfermarse a esta edad. – dijo Adele tratando que su voz suena tranquila.
—¡Ella me está tomando de tonta! – la señora Thompson se enloqueció.
—¿Qué quieren que yo haga? ¿Qué me mude a otro barrio? ¿A otra ciudad? – gritó Adele con los nervios de punta.
—Queremos que te mueras, por todo el daño que nos hiciste. – gritó alguien.
Adele tomó una pausa pensando. Y decidió sacar el ase.
—¿Y ustedes no tienen miedo que les voy a hacer algún hechizo, ya que me consideran una bruja?
Los vecinos se quedaron pensando también.
—No nos vas a hacer nada, estamos protegidos. ¿Viste esto? – dijo el panadero y tocó los dibujos en su cara. – estas runas antiguas ahuyentan a las brujas.
—¿Y ustedes creen en esto? Yo puedo destrozarlos a todos con tan solo mover un dedo.
—¿Ah, entonces reconoces que eres una bruja? – dijo el panadero y se dio vuelta a sus compañeros de la ejecución. – ¡Mátenla!
Las palabras se acabaron de ambos lados rivales. Ahora solo quedaban las acciones.
—¡Ustedes están locos! – Adele hizo un paso atrás. Y allí la alcanzó una piedra.
Un “fiu—u—l” en el aire.
Un golpe martillo en el hombro que le dio media vuelta al cuerpo.
El dolor era tan fuerte que Adele recién tomo conciencia cuando estaba sentada en el piso dentro de su casa con la espalda en la puerta.
Le costaba respirar. Con cada inhalación los pulmones se inflaban como un globo aerostático.
El corazón latía a mil.
En la cabeza unos duendes taladraban asfalto con un martillo neumático.
El hombro dolía horrores acalambrando todo el brazo.
Y un mar de lágrimas.
“¿Qué hago?”
“¿Qué hago?”
“¿Qué hago?”
Eso es el fin. Todas las opciones de posible ayuda están agotadas. Te vas a morir.
Afuera se escucharon los gritos de alegría y también el ruido de un líquido derramándose.
Y al rato Adele vio la luz brillante en la ventana. Una luz amarilla, bailando.
¡Fuego!
¡Le incendiaron la casa!
Al menos que…
La chica con otra mano sacó el celular y marco el número.
Un rato después la casa ya se estaba envuelta en llamas convirtiéndose para Adele en su sepulcro. El fuego hambriento estaba dispuesto a consumir todo lo que encontraba en su camino y una de sus víctimas seria ella.
Editado: 05.02.2025