El día no amaneció. Se rompió.
Como si el sol, al asomarse sobre el Reino, hubiera dudado un instante… y luego retrocedido.
Kalista abrió los ojos envuelta en una penumbra espesa, no del todo oscura, pero sí absurda. La bruma en el claro no era niebla: era una piel. Una que el Reino se había colocado para no ser visto. Algo había cambiado.
Sentía un ardor bajo la piel, justo donde dormía la flor tatuada. Pero esta vez no latía: vibraba. Como si algo debajo de su carne hubiera germinado durante la noche.
Al salir de la choza, notó que las cinco ninfas estaban esperándola en semicírculo. No hablaban. Sus ojos, usualmente curiosos o etéreos, eran ahora hundidos. Le temían. Aunque intentaban disimularlo.
Solo la ninfa del fuego habló, en voz baja, como si pronunciara una sentencia:
—El Reino te ha nombrado. Pero aún no sabe si debe temerte… o adorarte.
Kalista frunció el ceño. El cuervo, posado en su hombro, abrió el ojo opaco. Aun dormido, parecía entender.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella, con un tono que no era suyo, no del todo humano.
—Significa que algo más profundo quiere hablar desde ti —intervino la del lago, con su voz hecha de agua vieja—. Algo que dormía. Algo más antiguo que tu carne.
Kalista no respondió. No podía.
Un impulso extraño le recorrió el estómago. No era hambre. Era… dirección.
Sin pensarlo, giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia el norte. Hacia un bosque que ninguna de las ninfas osaba pisar. Un sitio prohibido incluso para lo salvaje.
Cómo sabía a donde ir, ni ella lo sabía.
Los árboles ahí no eran árboles. Eran monumentos. Al dolor, a lo no dicho, a lo enterrado vivo.
La corteza sangraba resina negra.
Las ramas crujían sin viento.
El aire estaba caliente, como si alguien hubiese exhalado su último aliento y quedara suspendido.
—Kalista —la llamó la de líquenes, con un tono que mezclaba miedo y amor—. No entres sola.
Pero ya era tarde.
Entró.
Y el Reino… se cerró detrás de ella.
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El bosque parecía inhalar. Respiraba con lentitud, pero cada suspiro era una advertencia.
Kalista sentía cómo las raíces bajo sus pies se movían. No para entorpecerla. No para guiarla. Solo para sentirla. Como si quisieran recordar su peso.
Y entonces la escuchó.
Una voz sin boca. Una palabra sin idioma.
—Has sido herida, hija —dijo el viento, o tal vez los árboles—. ¿Qué harás con ese dolor?
Kalista cerró los ojos. Dentro de su pecho, los recuerdos comenzaron a abrirse como flores podridas.
Su madre girando el rostro.
Su padre muerto sin cuerpo.
La voz del mentor que la traicionó.
La burla.
La mirada de quienes la llamaron “demasiado”.
Demasiado fuerte.
Demasiado inestable.
Demasiado para ser amada.
El Reino recogía su rabia como si fuera polen.
—¿Qué harás con ese dolor? —insistió la voz.
Kalista no respondió.
Gritó.
Pero no fue un grito humano.
Fue un rugido vegetal.
Fue la furia de las semillas negadas.
La furia de las raíces rotas.
La furia de lo fértil convertido en carne silenciada.
El suelo se agitó. Literalmente.
Los árboles más cercanos comenzaron a retorcerse. No por miedo. Por participación.
Las ramas se curvaron hacia el cielo como brazos desesperados.
Las hojas cambiaron de color.
El aire se volvió rojo.
Y luego...
Todo ardió.
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No era fuego normal.
No quemaba como el del mundo humano.
Era un fuego antiguo. Uno que no dependía del oxígeno, sino de la emoción.
Un incendio nacido del alma.
Los árboles no se destruían, se transformaban. El follaje adquiría tonos metálicos. Las flores brotaban desde los cadáveres de animales enterrados. Las raíces trepaban sobre las piedras para escribir frases que Kalista no había dicho, pero sí sentido.
> "Ya no soy lo que dejé atrás."
"Mi cuerpo no es cárcel. Es arma."
Si la furia es un crimen, entonces soy reina de lo prohibido."
El cielo se tornó oscuro.
Llovía.
Pero no agua.
Savia.
Sangre vegetal.
Memorias.
Kalista cayó de rodillas. La fuerza era mucha. Sentía que cada pensamiento podía provocar un cataclismo.
Y aún así, sonrió.
No por placer.
Por revelación.
Por primera vez, el Reino la obedecía. No por sumisión. Sino por resonancia.
Ella era el Reino.
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Horas después, la encontraron.
O lo intentaron.
Las ninfas llegaron hasta el borde del bosque y se detuvieron en seco. Ninguna se atrevía a cruzar el umbral de raíces.
Lo que vieron no era Kalista.
O no la Kalista que conocían.
Estaba de pie, descalza, cubierta de barro y hojas. Sus ojos ardían, pero no de fiebre. De certeza.
De haber visto el corazón de la tierra… y haberlo abrazado.
La ninfa del fuego dio un paso adelante.
—¿Qué has hecho? —preguntó, sin autoridad.
Kalista alzó la mano. No para atacar. Para mostrar.
En su palma crecía una pequeña flor. Una que giraba sobre sí misma, como si aún buscara orientación. Tenía pétalos negros y un centro incandescente, como un volcán dormido.
—Esto.
—¿Qué es?
—Una nueva raíz.
—¿Para qué sirve?
—Para recordarles que la naturaleza no siempre es madre. A veces es hija herida. Y a veces… es juicio.
Las ninfas callaron.
Detrás de Kalista, el bosque seguía humeando.
No destruido.
Sino despierto.
Y en su interior, algo más grande se movía.
Algo que ahora llevaba su nombre.
–––
Esa noche, Kalista no durmió.
El cuervo se recostó en su pecho.
Y ella susurró una frase que no sabía que sabía:
> “No soy una flor rota.
Soy la espina que sobrevivió al invierno.”
Y el Reino, por primera vez…
se inclinó ante ella.
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misterio muerte traicion, libro de amor con magia, misterio y dolor.
Editado: 28.07.2025