Ahora eres mi estrella

Capitulo 1

Capítulo 1

Hospital El Carmen

Por más que trato de aclarar mi mente, no puedo. Aunque tan solo hace media hora desperté de un coma, es difícil aceptar que estuve acostada en esta cama por dos meses. Lo primero que vi al despertar fue a la enfermera. Cuando se dio cuenta de que había despertado, salió corriendo de la habitación y, segundos después, volvió, pero esta vez con el doctor.

—Aurora, hija, ¡despertaste! —dijo mi madre muy emocionada mientras caminaba rápidamente hacia mí y me abrazaba.

—Mi bella durmiente por fin se ha despertado. Qué bueno que ya estás con nosotros; ya estaba planeando quedarme con tu cuarto —me dijo mi hermano Alejandro, tan bromista como siempre.

—Te extrañé tanto, hermana. No tienes ni idea de cuánto —añadió mientras me abrazaba con fuerza.

—Bueno, yo no puedo decir lo mismo. Aún no me creo que estuve en coma, siento como si los hubiera visto ayer. ¿Dónde están Manuel, las chicas y Robert? ¿Por qué no vinieron con ustedes? ¿Acaso no saben que ya desperté? —les pregunté a mamá y a Alejo con mucha curiosidad.

En ese momento, ambos guardaron silencio. No sé por qué, pero sentí que algo estaba raro. Era como si estuvieran en blanco, como si no supieran qué decirme, hasta que por fin mi madre respondió:

—Ah, cariño, no te preocupes. Cuando veníamos en el auto, les avisamos que ya habías despertado. Seguro ya deben estar en camino —me contestó mamá.

—Sí, de seguro no tardan en llegar. Mientras tanto, hermana, quédate aquí. Nosotros buscaremos al doctor y hablaremos con él. No vamos a tardar.

—Está bien, no hay problema —les respondí.

Tan solo habían pasado unos minutos desde que mamá y mi hermano salieron de la habitación. Mientras miraba por la ventana, escuché que la puerta se abrió, y un rostro muy conocido me dedicaba una gran sonrisa: mi mejor amigo Manuel, el chico de piel morena, sonrisa hermosa y cabello negro.

—Vaya, pero mira quién está aquí —le dije mientras una gran sonrisa se dibujaba en mi rostro.

—Hasta que por fin despertaste, dormilona. ¿Tienes idea de cuánto te he extrañado en estos dos meses? Por un momento llegué a pensar en buscar una nueva mejor amiga. Estuviste a punto de ser reemplazada —me dijo Manuel con una risa burlona.

—Oye, ¿acaso quieres morir o qué? Ni se te ocurra buscarme un reemplazo porque ya vas a ver. Dios, en serio te encanta verme molesta, ¿verdad? ¿Cómo se te ocurre decirle eso a tu mejor amiga? Contigo no se puede, pero ya vas a ver cuando salga de este hospital —le contesté fingiendo estar molesta mientras cruzaba los brazos. Por dentro, estaba muy feliz de volver a verlo.

—Dios, mi abejita, sabes que solo estaba bromeando. Aunque no bromeo cuando te digo que en verdad te extrañé mucho. Cuando el doctor dijo que tal vez estarías en coma por semanas, meses o incluso años, me asusté mucho. Tenía miedo de que no volvieras a despertar. Jamás había sentido tanto miedo de perder a alguien.

—Lo sé. En verdad siento mucho la preocupación que les causé a todos. Debieron haber sufrido mucho por mi culpa. Por cierto, ¿qué fue lo que pasó? El doctor solo me dijo que tuve un accidente.

—Ah, sí, tuviste un accidente de auto —dijo, justo cuando su celular comenzó a sonar—. Dame un minuto, tengo que responder esta llamada. Contesté afuera. Vuelvo en un rato, ¿está bien? —me dijo Manuel, sonriendo mientras salía de la habitación.

Mientras Manuel contestaba su llamada, volví a mirar por la ventana. A lo lejos se veían nubes negras. Tal vez llovería, quién sabe. Me gusta la lluvia, así que sería genial si lloviera.

—Bella durmiente, ya estamos aquí. Y adivina con quién nos encontramos en el pasillo —dijo mi hermano con una gran sonrisa mientras se hacía a un lado para dejar pasar a alguien.

—¡Amigaaa! —gritó Andrea, la del cuerpazo.

—¡Rory, amiga! —dijo Margarita, la más pequeña de nuestro grupo y la más bella, con su cabello negro y largo.

Ambas me abrazaron tan fuerte que por un momento pensé que no podría respirar. Creí que solo eran ellas, hasta que Margarita se hizo a un lado y pude ver a un chico guapo, de cabello castaño y ojos marrones: mi querido Robert. Se acercó, me dio un beso y un abrazo.

—Ahora sí siento que puedo volver a respirar. No sabes cuánto te extrañé, amor —me dijo Robert mientras acariciaba mi mejilla.

—Me alegra mucho que estés aquí. Por cierto, ¿no vieron afuera también a Manuel? Salió a contestar una llamada.

Al decir eso, todos se quedaron en silencio. Era la segunda vez que pasaba. Era como si quedaran en blanco. En ese momento, comencé a sentir que algo raro estaba pasando.

—¿Qué está pasando? —pregunté.

Continuará..




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