Después de escuchar tantas historias de sus amigos, empecé a recordar también cosas que llevaba años guardando en algún rincón de la memoria. Algunas aparecían de repente, sin que las estuviera buscando. Bastaba con que alguien mencionara una determinada época, una costumbre o alguna de sus ocurrencias para que mi cabeza regresara a nuestra infancia. Y entonces comprendía que, antes de las diálisis, de los hospitales, de los tratamientos y de todas las preocupaciones que terminaron formando parte de nuestra vida, hubo algo mucho más sencillo: fuimos niños juntos.
Nuestra infancia estuvo llena de tardes en las que no necesitábamos demasiado para entretenernos. Éramos nosotros cuatro y mi mejor amiga, que vivía al otro lado de mi casa, y entre todos encontrábamos cualquier excusa para jugar. Yo era la mayor y muchas veces terminaba ayudándolos con las tareas, vigilando un poco lo que hacían o simplemente dejándome arrastrar por sus juegos. En aquella época no pensábamos demasiado en las diferencias entre nosotros ni en todo lo que vendría después. Éramos niños y nuestra mayor preocupación podía ser decidir a qué íbamos a jugar esa tarde.
Recuerdo especialmente una vez que estábamos jugando al escondite. Él decidió esconderse debajo de una cama, convencido seguramente de que nadie iba a encontrarlo allí. Lo que nosotros no sabíamos era que debajo había unos restos de vidrio. Cuando salió, tenía la rodilla llena de sangre. El susto fue inmediato y, como suele ocurrir cuando los niños hacen alguna travesura, después llegó el regaño. Nuestra tía salió a pegarnos y probablemente en aquel momento ninguno de nosotros encontró aquello demasiado gracioso. Hoy, sin embargo, cuando recuerdo la escena, no pienso tanto en la sangre ni en el susto. Pienso en nosotros corriendo por la casa, jugando al escondite y haciendo alguna de esas cosas que parecen insignificantes cuando ocurren, pero que muchos años después terminan convirtiéndose en recuerdos que una quisiera poder visitar otra vez.
Porque también fuimos eso.
Fuimos niños.
Antes de que la enfermedad ocupara tanto espacio en nuestras conversaciones, él era simplemente el muchacho con el que jugaba, con el que compartía tardes y al que muchas veces tenía que ayudar con las tareas. Yo no podía imaginar entonces todo lo que terminaríamos viviendo. No sabía cuánto iba a cambiar nuestra manera de relacionarnos con el tiempo, ni cuántas conversaciones acabarían teniendo como tema hospitales, médicos, tratamientos o su salud. En aquella época solo sabía que estaba allí, que formaba parte de mi vida y que, aunque fuera mi primo, para mí la relación se sentía de otra manera.
Con los años empecé a sentir que tenía una responsabilidad especial con él. Ser la mayor hacía que muchas veces asumiera ese papel casi sin pensarlo. Si necesitaban ayuda con algo, intentaba estar. Si había que hacer una tarea, me sentaba con ellos. Si querían jugar, jugaba. Y cuando él comenzó a necesitar cuidados especiales por su enfermedad, esa sensación de responsabilidad se hizo todavía más fuerte. No porque alguien me hubiera dicho que tenía que ocupar ese lugar, sino porque verlo pasar por tantas cosas hacía que me resultara imposible quedarme indiferente.
Yo sabía que no podía curarlo. Sabía que había cosas que estaban completamente fuera de mis manos. Pero también aprendí que ayudar a alguien no siempre significa solucionar aquello que le ocurre. A veces significa hacerle un poco más llevadero el día. Por eso, cuando iba a visitarlo, me gustaba llevarle alguna cosa que le apeteciera, incluso algún antojo que sabía que mi tía quizá no le habría comprado. Él sabía perfectamente lo que estaba haciendo y yo también sabía que probablemente no iba a cambiar nada importante. Pero si durante un rato podía verlo disfrutar, hacer una broma o simplemente sentirse como cualquier otro muchacho, para mí ya había valido la pena.
A medida que fue creciendo, nuestra relación también cambió. Ya no éramos aquellos niños que pasaban todas las tardes jugando, pero seguíamos teniendo esa confianza que se construye cuando alguien forma parte de tu vida desde siempre. Él me contaba cosas. Algunas eran tonterías y otras no tanto. Me hablaba de cómo se sentía, de las cosas que le molestaban, de lo difícil que era para él no poder hacer algunas actividades como los demás muchachos y de esas pequeñas frustraciones que a veces no quería compartir con todo el mundo. Yo intentaba escucharlo sin hacerle sentir que cada conversación tenía que terminar hablando de su enfermedad.
Creo que eso era algo que él valoraba.
Porque él no quería ser únicamente el muchacho al que había que cuidar.
Quería ser él.
Quería hablar de cualquier cosa, reírse, hacer planes, tener amigos, escuchar música, salir, estudiar y pensar en lo que haría más adelante. Su enfermedad estaba presente, claro, pero no quería que fuera la única manera en que los demás lo vieran. Y yo tampoco quería mirarlo de esa forma.
Quizá por eso, cuando recuerdo nuestra infancia, me gusta rescatar precisamente esas imágenes pequeñas. Él haciendo alguna travesura. Nosotros jugando. Las tareas que me tocaba ayudarles a hacer. Las tardes en las que simplemente estábamos juntos sin saber que algún día todos esos momentos iban a convertirse en recuerdos. Hay una parte de mí que siente que esas escenas son todavía más importantes ahora porque pertenecen a una época en la que no sabíamos que algún día íbamos a echarlas de menos.
También pienso mucho en el papel que tuvo nuestra familia en todo aquello. Nuestras madres eran vecinas y habían construido sus vidas por separado, pero nosotros crecimos prácticamente dentro de la misma casa emocional. Entrábamos y salíamos, compartíamos momentos, conocíamos las costumbres de los demás y terminamos formando una pequeña familia dentro de la familia. Por eso, cuando él enfermó, su situación no se sintió como algo que le ocurría únicamente a una persona. De alguna manera nos afectó a todos.