Durante mucho tiempo tuve miedo de olvidar cosas. No solamente las grandes, esas que una sabe que van a permanecer para siempre porque están asociadas a momentos importantes, sino precisamente las pequeñas. El sonido de su voz, alguna de sus bromas, la manera en que decía determinadas cosas, una conversación cualquiera, una expresión de su cara o incluso la forma en que reaccionaba ante algo que le hacía ilusión. Tenía miedo de que con los años esos detalles comenzaran a desaparecer poco a poco, como ocurre con tantos recuerdos que alguna vez parecen imposibles de olvidar y que, sin darnos cuenta, empiezan a volverse menos nítidos.
También tenía miedo de que mis propios recuerdos se mezclaran con el paso del tiempo. Que una escena de nuestra infancia terminara confundida con otra, que ya no pudiera recordar exactamente cuándo había ocurrido algo o que alguna de sus frases se perdiera porque después de tantos años mi memoria ya no pudiera reproducirla como antes. Quizá por eso comencé a preguntar. Necesitaba saber cómo lo recordaban las personas que habían compartido con él otras partes de su vida que yo no había visto. Quería escuchar sus historias, incluso aquellas que no parecían importantes. Quería saber qué había sido él para otras personas.
Y cuanto más preguntaba, más entendía que una vida nunca pertenece únicamente a quien la vive. Una persona va dejando pequeñas partes de sí misma en cada lugar por el que pasa y en cada persona con la que comparte algo. Cuando muere, esas partes no desaparecen al mismo tiempo. Quedan repartidas entre quienes la conocieron, guardadas en recuerdos diferentes, en fotografías, en conversaciones y en historias que a veces alguien cuenta años después con una sonrisa.
Una parte de él está en mi memoria. Otra está en la memoria de mi tía. Otra está en la de su padre y en la de sus hermanos. Otra vive en sus amigos, en quienes compartieron con él la música, en quienes se sentaron a conversar durante una tarde cualquiera y en quienes conocieron una versión de él que yo nunca llegué a ver. También está en las personas que lo acompañaron durante sus tratamientos, en aquellos que coincidieron con él en las diálisis y en quienes estuvieron cerca durante alguno de los momentos más difíciles de su vida. Cada uno conserva una pieza distinta, y juntas cuentan mucho más que una sola memoria.
Por eso me ha gustado escuchar lo que otros recuerdan de él. Porque algunas historias me hacen descubrirlo de nuevo. Cuando alguien me cuenta algo que yo no sabía, por un instante siento que estoy conociendo una parte de él que se había quedado fuera de mi propia memoria. Una amiga puede recordar la emoción que sintió cuando él se puso a llorar de alegría por aquella torta de cumpleaños. Un amigo puede recordar una tarde tocando música o una conversación en casa de algún vecino. Alguien más puede acordarse de una broma que para él seguramente no significó nada especial y que, sin embargo, años después sigue haciendo sonreír a quien la recuerda.
Esas cosas también son una vida.
A veces pensamos que para recordar a alguien necesitamos conservar los acontecimientos más importantes, pero con el tiempo he aprendido que son precisamente los detalles pequeños los que consiguen devolvernos a una persona. Una fotografía puede hacerlo. Una canción puede hacerlo. Una comida que le gustaba puede hacerlo. Un lugar por el que pasamos puede traer de repente una imagen que creíamos perdida. Incluso unos simples pasteles, o besitos de coco pueden contener dentro de ellos el recuerdo de una madre que los compró pensando en su hijo y que nunca llegó a entregárselos.
Y están las fotografías. Tengo fotografías de diferentes momentos de su vida y cada una conserva una versión de él que ya no puede cambiar. Está el niño que fuimos juntos, el adolescente que crecía mientras intentaba acostumbrarse a una vida marcada por la enfermedad y el muchacho que encontró sus propios espacios para disfrutar. Está con su familia, con sus amigos, haciendo música, sonriendo, compartiendo momentos que en aquel instante seguramente parecían normales y que hoy tienen un valor completamente diferente.
Cuando miro esas fotografías, no pienso solamente en lo que ocurrió después. Intento mirar lo que estaba ocurriendo entonces. Él no sabía que aquella fotografía algún día sería una de las cosas que alguien usaría para recordarlo. No sabía que una tarde cualquiera terminaría convertida en un momento que yo querría conservar para siempre. No sabía que nosotros algún día miraríamos su rostro intentando recuperar a través de una imagen la sensación de tenerlo delante.
Y quizá eso es lo bonito de las fotografías: que no necesitan saber lo que va a ocurrir. Simplemente guardan un instante.
Por eso quiero que este libro conserve también esas versiones de él. Quiero que cuando alguien lo lea no encuentre solamente una enfermedad, una sucesión de tratamientos o una historia marcada por hospitales. Todo eso forma parte de su vida y merece ser contado porque fue real, porque condicionó muchas de sus decisiones y porque estuvo presente durante una parte importante de sus años, pero no puede ser lo único que quede de él. Si después de leer estas páginas alguien pensara únicamente en un muchacho enfermo que murió demasiado joven, sentiría que no hemos conseguido contar quién era realmente. Sentiría que habríamos contado las circunstancias que rodearon su vida, pero no la persona que existía dentro de ellas.
Porque él no fue aquella caída ni aquella habitación de hospital. Tampoco fue aquella tarde de mayo en la que todo terminó. Esos momentos forman parte de su historia, pero no son su historia completa. Antes de ellos hubo años, días, conversaciones, risas, preocupaciones, sueños y pequeños momentos que tuvieron un significado mucho mayor del que nosotros podíamos imaginar entonces. Hubo una infancia compartida, una familia que creció a su alrededor, amigos que encontraron en él una persona con quien reír y hacer música, y personas que aprendieron a quererlo precisamente por la manera en que era.