Al cuerpo lo que pida

Mientras alguien lo recuerde

Escribir estas páginas no ha sido fácil. Hay recuerdos que todavía duelen demasiado y otros que aparecen de repente, sin avisar, como si hubieran estado esperando el momento adecuado para volver. Durante mucho tiempo pensé que recordarlo significaba únicamente mirar hacia atrás, pero mientras intentaba reconstruir su historia entendí que recordar también puede ser una forma de volver a encontrarse con alguien. Algunas veces recuerdo algo y sonrío; otras veces recuerdo algo y lloro. Y hay momentos en los que no sé hacer ninguna de las dos cosas porque simplemente me cuesta aceptar que él ya no está. Quizá eso también forma parte de querer a alguien: aprender a vivir con su ausencia sin permitir que esa ausencia borre todo lo que fue.

Por eso no quería que este libro terminara hablando solamente de cómo murió. Quería que hablara de cómo vivió. Quería recordar al niño que jugaba con nosotros, al muchacho que hacía bromas, al amigo que era querido por tantas personas, al músico que compartía las gaitas con sus amigos y al enamoradizo que podía ilusionarse con alguna muchacha aunque su vida sentimental nunca llegara a convertirse en algo serio. Quería recordar al estudiante que decidió volver a estudiar después de haber tenido que dejarlo, al muchacho que quería terminar sus estudios y sentirse orgulloso de haberlo conseguido, al que buscaba pequeñas maneras de trabajar y aportar algo, incluso cuando no siempre podía hacer las cosas de la manera que habría querido.

Quiero recordar también al hijo que quería darle una alegría a su madre. Él sabía cuánto había hecho ella por él, cuánto tiempo había dedicado a sus cuidados y cuántas cosas había dejado de lado para estar pendiente de sus tratamientos, sus médicos y sus necesidades. Por eso terminar sus estudios no era solamente una meta personal. También era una manera de demostrarle que todo aquel esfuerzo había valido la pena. Quería verla orgullosa. Quería que pudiera mirarlo y decir que lo había conseguido. Y lo consiguió. Terminó sus estudios, aunque la vida no le permitió estar presente el día en que oficialmente debía recibir su título.

También quiero recordar a su padre, porque su manera de estar presente fue distinta, pero estuvo. Sus padres habían tomado caminos diferentes y cada uno había construido su propia vida, pero él nunca dejó de preocuparse por su hijo. Cuando llegó el momento en que las diálisis formaban parte de su rutina, lo llevaba cuando podía o buscaba la manera de pagarle un transporte para que pudiera acudir. Y en los últimos meses, cuando su cuerpo estaba tan debilitado que respirar se había convertido en un esfuerzo, hubo noches en las que tuvo que sostenerlo sobre sus propias piernas para que pudiera dormir. Hay imágenes que no necesitan haber sido presenciadas para quedarse dentro de una familia, y para mí esa es una de ellas: un padre sosteniendo a su hijo cuando su cuerpo ya no encontraba una posición en la que pudiera descansar.

Quiero recordar también a mi tía. Quiero recordarla no solamente como la madre que estuvo durante los hospitales, los tratamientos, los viajes y las decisiones difíciles, sino como la mujer que durante tantos años hizo todo lo que estuvo en sus manos para cuidar a su hijo. La recuerdo buscando respuestas, preocupándose, moviéndose de un lugar a otro, intentando entender decisiones médicas que no siempre le explicaban y tratando de encontrar las mejores oportunidades para él incluso cuando las circunstancias parecían cerrarse. Y la recuerdo el día de su funeral, atendiendo a todo el mundo, recibiendo a las personas, ocupándose de los demás y casi sin llorar. Durante mucho tiempo me pregunté cómo podía estar soportándolo de aquella manera. Después entendí que quizá no estaba dejando de sentir el dolor; simplemente todavía no podía permitirse detenerse.

Semanas después, en cambio, llegó el acto de grado. Allí estaban ella y su padre para recibir el homenaje que le hicieron en su nombre. Él había conseguido terminar sus estudios, pero ya no podía ocupar el lugar que le correspondía en aquella ceremonia. Y fue allí donde vi llorar a mi tía como pocas veces la había visto. Lloró muchísimo, quizá porque por primera vez ya no tenía que ocuparse de recibir a nadie ni de mantenerse fuerte delante de todos. Allí estaba el logro de su hijo, aquello que tanto había querido verlo conseguir, y al mismo tiempo estaba el vacío de saber que él no podía estar allí para celebrarlo. Creo que en aquel momento pudo sentir todo aquello que había tenido que guardar durante el funeral y durante los días posteriores.

También quiero recordar a todas las personas que estuvieron cerca de él. A sus amigos, a sus compañeros de música, a quienes compartieron tardes de conversación, bromas y paseos en moto. A quienes lo visitaron cuando estaba ingresado y a quienes hicieron una llamada simplemente para saber cómo estaba. A las personas que compartieron con él las diálisis y que terminaron formando parte de una etapa de su vida que seguramente nunca imaginaron que recordarían tantos años después. A quienes estuvieron cerca de su familia cuando las cosas se complicaban y a quienes, de una manera u otra, intentaron hacerle más llevaderos sus días.

Y quiero recordar también mi propia historia con él. La de aquella niña que creció jugando con su primo y que, con los años, terminó sintiéndolo como un hermano. La de la hermana mayor que se fue de casa demasiado joven para entender cuánto podía doler después la distancia. La de alguien que siguió intentando estar presente desde lejos, que regresaba cuando podía, que buscaba maneras de ayudar, aunque fueran pequeñas y que, cuando iba a visitarlo, muchas veces aparecía con algún antojo que sabía que le gustaba. No podía cambiar su enfermedad. No podía solucionar aquello que estaba ocurriendo. Pero podía llevarle algo que disfrutara, podía sentarme a hablar con él, podía escucharlo y podía recordarle que seguía teniendo a alguien al otro lado.



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En el texto hay: humor, amor, biografía

Editado: 28.09.2026

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