Hay historias que una escribe porque quiere contar algo, y hay otras que escribe porque siente que necesita hacerlo. Esta pertenece a las segundas.
Quiero comenzar agradeciendo a mi tía, porque sin ella muchas de estas páginas no existirían. Gracias por abrirme las puertas de sus recuerdos, por contarme cosas que quizá durante años fueron demasiado dolorosas para hablar de ellas y por ayudarme a reconstruir momentos que yo no pude conocer de primera mano. Gracias por confiarme la historia de tu hijo y permitirme convertir una parte de nuestra vida en estas páginas. Espero que, cuando las leas, no encuentres solamente dolor, sino también todo el amor que estuvo presente durante aquellos años.
Gracias también a su padre, por todo lo que hizo por él a su manera, por haber estado presente, por acompañarlo cuando pudo, por llevarlo a sus tratamientos y por buscar la forma de ayudarlo cuando las circunstancias lo exigían. Hay formas de querer que no siempre se parecen a lo que imaginamos, pero que siguen siendo amor, y su presencia también forma parte de esta historia.
Gracias a sus hermanos y a toda la familia que estuvo cerca. Gracias por cada recuerdo compartido, por cada fotografía, por cada anécdota y por cada pequeño detalle que ayudó a completar la imagen de quién fue. Una vida tan grande no puede ser contada desde una sola mirada, y cada persona que aportó algo permitió que estas páginas se acercaran un poco más a él.
Gracias especialmente a sus amigos. A quienes me contaron historias que yo no conocía, a quienes me hablaron de sus bromas, de la música, de las tardes juntos, de las motos, de las conversaciones y de todos esos momentos en los que él podía olvidarse por un rato de todo lo demás y ser simplemente un muchacho disfrutando con sus amigos. Gracias por demostrarme que fuera de nuestra familia también dejó huellas profundas.
Gracias a quienes compartieron con él sus años de tratamiento y diálisis. A las personas que estuvieron allí durante tantas horas, que compartieron conversaciones, silencios y rutinas, y que terminaron formando parte de una etapa tan importante de su vida. Aunque quizá muchos de esos momentos hayan parecido cotidianos entonces, hoy sé que también forman parte de la historia que merecía ser contada.
Gracias a todas las personas que alguna vez lo visitaron, lo llamaron, le llevaron algo, preguntaron por él, lo hicieron reír o simplemente estuvieron presentes. Tal vez algunas de esas personas nunca imaginaron que un gesto suyo quedaría guardado en la memoria de alguien, pero así fue. Cada muestra de cariño tuvo un significado.
Gracias también a mi mejor amiga, que creció cerca de nosotros y que formó parte de tantos momentos de nuestra infancia. Éramos niños y no sabíamos que algún día miraríamos hacia atrás con tanta nostalgia. Compartimos juegos, tardes y recuerdos que hoy tienen un valor que entonces no podíamos imaginar.
Y gracias a todas las personas que me ayudaron a recordar. A quienes respondieron mis preguntas, corrigieron algún detalle, me contaron algo que había olvidado o simplemente se sentaron conmigo a hablar de él. Cada conversación me permitió descubrir una parte diferente de su vida y entender que una persona puede dejar una huella distinta en cada corazón que toca.
Gracias a mi familia por haberme acompañado durante el proceso de escribir este libro y por comprender que necesitaba hacerlo. Hubo recuerdos difíciles, momentos en los que escribir significaba volver a lugares que todavía dolían y otros en los que una simple fotografía podía detenerme durante horas. Gracias por estar ahí mientras intentaba ordenar todo aquello.
Y, finalmente, gracias a ti, Héctor Jesús.
Gracias por los recuerdos que dejaste.
Por las risas de nuestra infancia.
Por las travesuras.
Por las conversaciones.
Por las llamadas.
Por las canciones.
Por las historias que todavía nos hacen sonreír.
Por enseñarnos, incluso sin proponértelo, que una vida no puede medirse únicamente por cuánto tiempo dura, sino también por todo lo que consigue dejar en los demás.
Quizá nunca llegué a decirte todo lo que quería decirte. Quizá quedaron cosas pendientes, planes que no pudimos cumplir y momentos que pensé que todavía tendríamos tiempo de vivir. Pero estas páginas son también una forma de decirte algo que siempre estuvo ahí: te quise, te quiero y siempre vas a formar parte de mi historia.
Este libro lleva tu nombre entre sus páginas, pero también lleva el nombre de todas las personas que te quisieron y que hicieron posible que tus recuerdos siguieran vivos.
Gracias a todos por ayudarme a recordarlo.
Y gracias a ti, por haber formado parte de mi vida.