Ambos mantuvieron la mirada fija el uno en el otro. Matthew no estaba dispuesto a retroceder ni un solo paso. Si Sabine quería enfrentarlo, estaba preparado para ello. Sin embargo, la mujer permanecía completamente inmóvil. Su mente había quedado en blanco.
Durante años había escuchado hablar de Matthew con un desprecio casi enfermizo. Glen se había encargado de repetir una y otra vez quién era ese chico, por qué debía mantenerse lejos de él y todo lo que, supuestamente, era capaz de hacer. Sin embargo, el joven que ahora tenía frente a ella no coincidía con ninguna de esas descripciones. No había arrogancia en su postura ni odio en su expresión. Solo un muchacho que parecía dispuesto a soportar cualquier reacción con tal de no apartarse del camino.
Matthew terminó por hacerse a un lado sin decir una sola palabra, dejándole el paso libre para que entrara a la casa si eso era lo que buscaba.
Sabine desvió la vista hacia Austin apenas un instante antes de entrar. Sus tacos resonaron contra el piso de madera y, al escuchar aquel sonido, Lizbeth se puso de pie casi por instinto. Sintió que el corazón dejaba de latirle durante un segundo mientras el color abandonaba lentamente su rostro.
— Mamá...
Sabine la observó durante unos instantes. Su expresión seguía siendo tan serena que resultaba imposible adivinar qué estaba pensando.
— Quería saber si estabas bien. ¿Dormiste bien?
Rita arqueó ambas cejas. Esa pregunta era lo último que esperaba escuchar.
— Sí... iba a ir a la academia en unos minutos.
Sabine asintió con un leve movimiento de cabeza.
— Entonces no llegues tarde. Te espero allí.
Sin añadir una sola palabra más, dio media vuelta y caminó hacia la salida.
Matthew seguía sosteniendo el picaporte. Observó cómo la mujer cruzaba la puerta y esperaba, casi por inercia, que regresara para decir todo lo que había estado conteniendo. Pero eso nunca ocurrió. Permaneció inmóvil hasta verla subir al automóvil y alejarse de la casa. Solo entonces cerró la puerta.
— ¿Qué fue eso?
Austin va hacia la mesa y toma asiento de nuevo.
— ¿Estás bien? -Matthew se acerca a Liz y coloca su mano en su hombro.
— No... eso es lo que más miedo me da. Mi madre nunca reacciona así.
— Te echará de casa como a mí -habla su hermano.
— O peor, me matará.
— Tranquila, no te preocupes. Ve a la academia y habla con ella.
Liz asintió con su cabeza y tomó sus cosas. Mientras esperaba a su amiga para ir juntas, Matthew tomó su rostro al verla con demasiada seriedad.
— No te preocupes, todo va a estar bien.
No dijo nada, solo volvió a asentir con su cabeza.
Matthew la besó con ternura y la abrazó. Sabía que sería imposible que los alejen, sonrió apenas mientras acariciaba su mejilla. Ojalá pudiera quitarle ese miedo de encima. Saber que ella estaba dispuesta a enfrentarse a su propia familia por él hacía que la quisiera todavía más.
— Vámonos, Liz –Rita apareció con sus cosas en su bolso.
— Sí.
Austin, sin que Liz lo viera, salió al garaje a fumar.
— Te llevaré a casa –Matthew lo sobresaltó.
— Pensé que eras Liz –le da una calada a su cigarro antes de arrogarlo al suelo y pisarlo.
— Ten –le extiende el casco.
— ¿Recuerdas lo que dije? No puedo volver a la casa de mis padres.
— Pues entonces iremos a la mía. Quédate lo que necesites.
— Bien, si insistes- toma el casco y se coloca.
Rita cierra con seguro su casa y sube al auto. Mientras que Matthew y Austin van en dirección opuesta, Liz comenzó a conducir hacia la academia.
Las manos de la chica sudaban. Sabía que Sabine no era una persona tranquila y que tal vez no reaccionó de una forma exagerada por Matthew.
Mientras más avanzaban, el silencio dentro del auto se hacía cada vez más pesado. Liz no dejaba de mirar el teléfono esperando un mensaje de su madre que nunca llegaba. Esa ausencia de palabras la inquietaba más que cualquier discusión.
Al mismo tiempo, Matthew y Austin ya llegaban a la casa, estacionando en el garaje. En cuanto se adentró con su motocicleta, la puerta se cerró automáticamente.
— Jamás se me cruzó por la cabeza que tú eras el nuevo vecino.
Matthew ríe.
— Si mis padres se enteraran, ya mismo estarían en busca de otra casa.
— Por motivos de seguridad, no le dijeron al vendedor quién iba a vivir aquí. Solo la compraron y ya
Austin entró a su casa y la oscuridad de dentro, le dio un pequeño escalofrío. El frío de la casa le recordó el cuartel. El sonido de sus zapatos resonaba ante el silencio. Dejó el casco sobre la encimera de la cocina mientras recorría el ambiente con la mirada.
Todo estaba impecablemente ordenado, quizá demasiado. No había fotografías familiares sobre los muebles, ni platos secándose junto al fregadero, ni el sonido de un televisor encendido en alguna habitación, únicamente el zumbido casi imperceptible del aire acondicionado rompía el silencio que envolvía la casa. Era amplia, moderna y llamativamente ordenada, aunque tenía un detalle que rompía aquella pulcritud, varias cajas de cartón permanecían apiladas en un rincón de la sala. Algunas seguían cerradas con la cinta original y otras apenas habían sido abiertas.
Austin dirigió la mirada hacia ellas.
— ¿Todavía no terminaste de desempacar?
Matthew dejó las llaves sobre el mesón de la cocina y siguió caminando como si la pregunta no tuviera demasiada importancia.
— No tuve mucho tiempo.
Austin volvió a observar las cajas. Resultaba extraño. Todo lo demás estaba impecable, como si alguien limpiara cada rincón todos los días, pero aquellas cajas seguían exactamente donde las habían dejado.
— Pensé que ya llevabas varios meses viviendo acá.
— Los llevo.
La respuesta fue tan simple que Austin decidió no insistir. En lugar de eso, recorrió la sala con la vista. No había fotografías familiares, cuadros ni demasiados adornos. La casa tenía todo lo necesario, pero daba la sensación de que todavía le faltaba algo para convertirse en un verdadero hogar.