Al filo del corazón enemigo

Capítulo 9

— Muchas gracias por la oportunidad, señor Valmont -Matthew se inclinó levemente en forma de respeto ante aquel hombre.

— No me agradezcas. Tienes potencial, niño. Me gustaría conocer a tus padres y hablar con ellos.

El jovencito rascó su nuca un tanto incómodo y nervioso.

— Mis padres no están tan interesados en mí. Ellos solo quieren que estudie y me vaya del país, señor.

— Dile a tu padre que hablaré con él - Glen posó una mano en su hombro y el muchacho sonrió como nunca.

Luego de varios días de insistencia, Adriel por fin accedió a reunirse con Glen.

La charla apenas comenzaba y Matthew se había escondido detrás de una pared para escuchar la conversación.

— Ha pasado demasiado tiempo, Valmont.

— Así es Adriel, me da gusto volver a verte.

— Ve al grano, tengo muchas cosas por hacer - insistió el hombre mirando la hora en su costoso reloj de muñeca.

— Veo el potencial que tiene tu hijo en el esgrima y me gustaría ser su entrenador personal…

Antes de que pudiera seguir hablando, las carcajadas de Adriel lo interrumpieron. Glen arqueó sus cejas pensando si había dicho algo gracioso.

— ¿Usarás a mi hijo como un trofeo?

— Por supuesto que no. Solo quiero sacar lo mejor de él.

— ¿Para beneficio de quién? ¿De mi hijo o de tu bolsillo, Glen? Te conozco y sé muy bien cómo eres y del por qué nuestra amistad acabó.

— Eso quedó en el pasado. Quiero ayudar a Matthew.

Esas palabras sinceras, rompieron el corazón del jovencito que escuchaba a través de la pared. Quería correr y enfrentar a su padre, pero solo podía callar y obedecer.

— No lo entrenarás y es mi última palabra. En cuanto Matthew acabe sus estudios, lo enviaré a Londres. Así que no gastes tu tiempo pensando en que él podrá llegar a ser esgrimista.

Glen abrió su boca para hablar, pero Adriel ya se había marchado.

Matthew salió de su escondite y corrió hacia el hombre tomándolo por sorpresa.

— Lo admiro muchísimo, señor Valmont. Le prometo que estudiaré y convenceré a mi padre de que pueda entrenarme.

El niño se marchó y Glen mantuvo su mirada fija sobre la mesa.

La amistad con los Blackwell no había acabado de la mejor forma, pero tal vez podría crear una nueva amistad con sus hijos.

Los días pasaban y Glen no obtenía respuesta de Matthew, hasta que un día mientras entrenaba junto con su hijo, Clark apareció frente a su casa.

— ¿Qué haces aquí, Matthew?

— Saqué un diez en mi exámen de Matemáticas. Mi padre aceptó que viniera hasta aquí.

Una sonrisa genuina se dibujó en el rostro de Glen. No necesitaba preguntar qué había hecho Matthew para conseguir aquel permiso. Bastaba con verlo allí para comprender que el muchacho no había renunciado a su sueño.

Matthew corrió hacia Clark, quien lo observó con cierta curiosidad

— Te he visto un par de veces en televisión, eres muy bueno -animó Matthew.

— Gracias, mi padre es un buen entrenador.

El teléfono de Glen comenzó a sonar insistentemente, obligándolo a apartarse para contestar. Antes de marcharse, miró a ambos jóvenes durante unos segundos.

Clark parecía una bestia junto a Matthew. Era musculoso, aunque delgado, mientras que a Matthew todavía le faltaba desarrollar fuerza. Pero con tan solo ocho años, nadie podía pedirle demasiado.

Clark, por su parte, estaba acostumbrado a las exigencias de su padre. La mayor parte de sus días se dividía entre el gimnasio, los entrenamientos de esgrima y la escuela. Glen quería convertirlo en un atleta excepcional y no parecía dispuesto a permitirle perder el tiempo en cosas que consideraba innecesarias.

Su cumpleaños número catorce sería el próximo mes, pero Clark no sentía ninguna emoción por ello. A diferencia de otros chicos de su edad, no estaba pensando en una gran fiesta, regalos o pasar el día con sus amigos. Lo único que quería era que aquella fecha llegara y terminara lo más rápido posible.

Matthew, en cambio, observaba todo aquello con una mezcla de admiración y curiosidad. Para él, Clark representaba todo lo que algún día quería conseguir: fuerza, disciplina y la posibilidad de destacar en aquello que amaba.

Seis años pasaron, Matthew tenía la misma edad que Clark en aquel recuerdo.

A sus catorce años, ya no era aquel niño delgado que había aparecido frente a la casa de Glen con la ilusión de convertirse en esgrimista. Había crecido bastante y su cuerpo comenzaba a adaptarse a las exigencias de los entrenamientos. Sin embargo, Glen no estaba dispuesto a facilitarle las cosas solo porque fuera más joven que Clark. Desde el primer día decidió tratarlo como a cualquier otro alumno y, en algunas ocasiones, incluso fue mucho más exigente con él.

Los entrenamientos podrían comenzar antes de que saliera el sol y terminar cuando las piernas de Matthew apenas podían sostenerlo. Glen corregía cada uno de sus movimientos, le hacía repetir una estocada una y otra vez cuando no quedaba satisfecho y no dudaba en detener el entrenamiento si consideraba que Matthew estaba perdiendo la concentración. Para él, tener talento no era suficiente; quería disciplina, constancia y, sobre todo, que Matthew aprendiera a levantarse cada vez que algo no salía como esperaba.

Matthew se quejaba algunas veces, aunque casi siempre terminaba sonriendo después de hacerlo. Sabía que Glen podía ser demasiado exigente, pero también sabía que aquellas exigencias significaban que realmente creía en él. Por primera vez, tenía a alguien que esperaba verlo llegar lejos y eso era suficiente para soportar cualquier entrenamiento.

Con el paso de los años, la relación entre ambos comenzó a cambiar. Glen dejó de ser solamente su entrenador y Matthew empezó a sentirse cada vez más cómodo a su lado. Podía quedarse después de los entrenamientos hablando con él, compartir alguna tontería que le hubiera ocurrido durante el día o simplemente sentarse a observar cómo Clark practicaba. Sin darse cuenta, aquella casa había comenzado a sentirse como un segundo hogar.




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