El abrazo se prolongó, un reencuentro pendiente sobre un abismo de diez años perdidos comenzaba, por fin, a cerrarse. Cuando se separaron, las lágrimas en los ojos de Aether no habían disminuido, pero ahora estaban teñidas por una alegría temblorosa que le transformaba el rostro. Soltó una risa ahogada, mezcla de sollozo y alivio, y le dio una palmada torpe en la espalda.
—Estás tan grande, mi niño —dijo con la voz todavía ronca—. Has cambiado tanto y, a la vez… sigues teniendo la mirada de tu padre. Pero esos hombros son de tu abuelo. Sin duda.
Aiden sonrió. La tensión de los primeros instantes se había disipado, reemplazada por la calidez sencilla de volver a estar junto a él.
—Me veo fuerte, sí. Gracias a que tuve una excelente maestra —respondió, desviando la mirada hacia Tania.
Ella observaba la escena desde una distancia respetuosa. El largo lazo blanco contrastaba con su vestido negro y una sonrisa pequeña, casi tímida, suavizaba sus facciones.
Aether siguió la mirada de su nieto y asintió mientras se secaba las mejillas con el dorso de una mano.
—Veo que sí. Ven, salgamos de este mausoleo. El aire aquí dentro siempre está viciado de recuerdos desagradables y formalidades vacías. Vamos al jardín, necesito sentir el sol y quiero que me cuentes todo, absolutamente todo.
Nyx saltó a los brazos de Aiden y desde allí trepó hasta su hombro izquierdo, apropiándose de su lugar con la naturalidad de quien reclamaba un trono. Tania se colocó al otro lado y los cuatro abandonaron la sala.
Atravesaron el corredor y salieron por las puertas acristaladas. El jardín los recibió con su frescor. Los macizos de flores se extendían en líneas precisas; más allá, tres álamos se mecían bajo un viento suave. La fuente central, tallada en piedra clara, dejaba caer el agua con una cadencia que parecía marcarles el pulso.
Aether caminó despacio, como si también tuviera que reaprender aquel terreno después de tantos años cargando con su culpa. Enlazó el brazo con el de Aiden. El gesto despertó el recuerdo de otros paseos, cuando apenas llegaba a la cintura de su abuelo y el mundo todavía no se había torcido.
—Así que… Asterión —comenzó Aether—. ¿Cómo has estado durante todos estos años? Andreas me contaba muy poco. Solo que estabas a salvo, pero yo quería saberlo todo.
Aiden contempló la grava bajo sus zapatos. La respuesta fácil acudió primero, acompañada por la sonrisa tranquila que había aprendido a utilizar como escudo.
—He estado bien. Al menos durante casi todos estos años. Asterión se convirtió en mi hogar.
La imagen del bosque apareció en su mente, pero no estaba verde. Durante un instante volvió a verlo consumido por el fuego. Escuchó gritos, disparos, el crujido de los árboles y aquella resistencia húmeda bajo el filo de Eclipse Dracónico. Sus dedos se cerraron alrededor de la mano de Aether.
—Fue atacado hace pocos días —continuó, más bajo—. Perdimos a muchos… niños, familias enteras. Celebramos sus funerales antes de partir. El pueblo sigue reconstruyéndose.
Aether detuvo el paso. La alegría abandonó su expresión.
—Andreas mencionó un ataque —dijo—, pero no me contó que hubieran perdido a tanta gente.
—Todavía no estoy preparado para contarte todo —admitió él. Nyx acercó la cabeza a su mejilla y el contacto cálido de su pelaje lo mantuvo en el presente—. Solo necesito que sepas que no regresé únicamente por la sucesión. Lo que pasó allí puede estar relacionado con algo mucho más grande.
Aether le apretó el brazo. No intentó arrancarle explicaciones ni llenar el silencio con consuelo apresurado.
—Me lo contarás cuando puedas —manifestó—. Y cuando lo hagas, te escucharé. Esta vez no pienso conformarme con informes de otra persona.
Aiden asintió, agradecido. Continuaron caminando. Hablar de la muerte había dejado una sombra entre ellos, pero ocultarla por completo habría sido peor.
—Asterión también es todo lo que logramos salvar —prosiguió al cabo de unos pasos—. Sus bosques, sus ríos, los animales, mis amigos, los Aster… todos ellos representan lo mejor de mi hogar. Aprendí a cazar, a rastrear y a leer todo lo que caía en mis manos. Tania me enseñó combate y magia básica, incluso también a bailar, aunque no lo parezca. No soy un experto en dichas disciplinas, pero me defiendo.
Aether rio con suavidad, un sonido cascado pero lleno de deleite.
—¿Combate? ¿Mi pequeño vendaval con una espada en la mano? Recuerdo cuando apenas podías levantar los libros de mi estudio. ¿Y los estudios? Andreas mencionó que terminaste la secundaria. ¿Te gustaron las clases?
—Mucho. Las matemáticas no tanto —admitió Aiden—. Historia y literatura eran mis materias favoritas, pero sobre todo biología. Aprendí sobre las criaturas de numen del bosque y a tratar heridas simples. No soy un erudito, aunque me esfuerzo por entender el mundo. ¿Y tú, abuelo? ¿Qué hiciste durante estos años? ¿Sigues trabajando en el taller?
El anciano suspiró con una mezcla de nostalgia y cansancio.
—Mis manos ya no son tan firmes, pero sigo inventando. Durante estos años continué perfeccionando las blackboxes y la red Damocles. El gobierno adoptó mi diseño para registrar el uso de numen y supervisar a los desviantes.
La mirada de Aether descendió hasta la pulsera oscura que rodeaba la muñeca de Tania. La pantalla permanecía apagada, aunque ella la llevaba con la misma expresión con la que habría tolerado una cadena.
—La idea original era permitir que la gente volviera a utilizar magia de forma legal después de la prohibición —explicó—. Darles una alternativa al miedo y al encierro. Salvó vidas, de eso estoy seguro. Sin embargo, no estoy particularmente orgulloso de todo aquello en lo que terminó convirtiéndose. Una herramienta que registra también puede vigilar, y quienes gobiernan rara vez renuncian a una forma de control una vez que la tienen.
Tania alzó la muñeca.