El silencio en la suite matrimonial era casi tan opulento como la decoración. Las paredes tapizadas en seda de color crema absorbían cualquier sonido, dejando solo el zumbido distante de la ciudad, treinta pisos más abajo. La enorme cama, aún intacta y vergonzosamente cubierta de pétalos de rosa, parecía una burla. El champán que Andreas había encargado seguía en su cubitera, ahora rodeado por un charco de agua tibia.
Aiden estaba de pie junto al ventanal panorámico, mirando la extensión de luces que era la ciudad. Parecía un océano de estrellas caídas que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. A su lado, Nyx estaba ovillada sobre el alféizar de mármol, con su suéter que la hacía parecer un cojín de lujo, pero sus orejas se movían, captando cada murmullo del hotel.
Detrás de él, Tania observaba su silueta recortada contra la ventana. Se había quitado el elegante vestido bicolor y ahora vestía pantalones de lino sueltos y una camiseta sencilla, la ropa que habían comprado para estar cómodos, no para impresionar. Vio la rigidez en los hombros de Aiden, la forma en que su reflejo en el cristal parecía el de un soldado en vilo.
—Deberías sentarte —dijo ella suavemente, rompiendo la quietud—. Has estado de pie en ese mismo lugar desde que volvimos de la mansión.
Aiden no se giró. Sus ojos verdes seguían fijos en el horizonte urbano.
—Solo estoy pensando.
—Pensando en tu madre —afirmó Tania, no fue una pregunta. Se acercó, apoyándose en la pared contigua, cruzando los brazos.
—En parte. Y en mi abuelo. Y en… mi media hermana —pronunció la palabra como si fuera extraña en su lengua—. Pero sobre todo, estoy pensando en mañana.
Tania suspiró, cargado con el peso del día.
—¿Qué vas a decirles? —preguntó ella, yendo al núcleo de su ansiedad—. Cuando te exijan que tomes tu lugar. No creo que «No, gracias, prefiero esperar a estar listo para gobernar Asterión» vaya a ser bien recibido por las otras tres casas.
Aiden finalmente se giró. Su rostro, iluminado por el resplandor de la ciudad, estaba tenso y sus cejas fruncidas en una profunda concentración que rayaba la angustia.
—Eso es lo que más nervioso me ha tenido durante todo el viaje —confesó, en un murmullo bajo—. No es Maribel, tampoco es el título, sino el “no”. Andreas cree que el equilibrio elemental se está rompiendo. Si tiene razón, tarde o temprano habrá gente inocente afectada. No puedo rechazarlos sin más, no sin ofrecerles alguna alternativa.
—¿Y por qué no? —replicó Tania, con un tono que se afiló ante una indignación protectora, dando un paso hacia él y sus ojos esmeralda brillaron con una convicción feroz—. ¿Ellos te preguntaron algo a ti? ¿Se preocuparon por ti durante diez años? ¿Te enviaron una carta, un regalo de cumpleaños, una sola palabra para saber si estabas vivo o muerto?
»¡No, Aiden! Te ignoraron. Te abandonaron a tu suerte en Gehena, un continente que ellos consideran "salvaje" —puso sus manos sobre los hombros de él, obligándolo a mirarla—. Y ahora, solo ahora que el mundo se les viene encima y necesitan que su herramienta vuelva a funcionar, ¿se acuerdan de que existes?
»No les debes nada. No te dejes abrumar buscando una solución a un problema que, en principio, nunca fue tuyo. Ellos solos buscaron este problema. No tienes que aceptar esta responsabilidad. No tienes por qué sentirte culpable por querer la vida que tú elegiste.
Aiden apretó la mandíbula y sacudió la cabeza. La ansiedad en su pecho no se disipaba.
—Pero es que… sí me siento responsable, Tania —apartó la mirada, volviendo al ventanal—. Es más que solo el deber. Desde que pusimos un pie en Argentum, me siento… diferente.
—¿Diferente cómo?
—Más fuerte —luchó por encontrar las palabras—. No como con el aura dracónica, no es un estallido, sino que es… constante. Desde que llegamos percibo algo en el magieter que llena el aire. No puedo sentir una corriente concreta ni hacer que el viento me obedezca. Es algo más profundo, como si esta tierra supiera quién soy y reaccionara a mi presencia. Siento que una parte de mí, una parte que no sabía que existía, pertenece aquí.
El rostro de Tania palideció ligeramente, la preocupación reemplazó a la ira. Era la posibilidad que había temido, pero que no había querido admitir.
«El magieter», pensó Tania para sí misma, «el magieter del viento… ¿está reaccionando a él?».
En Asterión, él estaba lejos de la tierra de los Anemoi. Pero aquí, en Argentum, quizá las cuatro Damas del Viento, las entidades elementales que su familia materna adoraba, hubieran percibido la llegada del posible elegido. Tal vez su presencia bastara para alterar el flujo del magieter, como un río que comenzaba a descongelarse tras un largo invierno.
Pero eso no era todo. El problema era más profundo. Él no era solo un Bóreas, era un Aster. Su deber con el legado de su padre estaba en Gehena, en Asterión. El destino que los Anemoi pretendían imponerle estaba allí, en Argentum. Lo estaban partiendo en dos, no solo políticamente, sino espiritualmente.
Vio el conflicto en sus ojos, la forma en que se frotaba el pecho como si le doliera. El peso de dos herencias, dos mundos, amenazaba con aplastarlo.
Tania cerró la distancia entre ellos y lo abrazó. No fue un abrazo desesperado, sino fuerte, sólido e incondicional. Apoyó la barbilla en el hombro de él, sintiendo la tensión en sus músculos.
—No te preocupes demasiado por mañana —susurró contra el tejido de su suéter—. Lo resolveremos, juntos. Pero ahora mismo, estás pensando demasiado, tu cerebro va a echar humo —se apartó, pero mantuvo sus manos sobre sus brazos, dándole una sonrisa suave—. Necesitas despejarte. Salir de esta habitación ridícula. De hecho, quiero hacer algo de turismo, hacía muchos años que no venía a Argentum, y vi varios lugares que me llamaron la atención cuando veníamos del puerto.
—¿Lugares? —preguntó él, la curiosidad desvió momentáneamente su ansiedad.