Albireo: La espada que trazó el firmamento

Capítulo 11: Aiden y Tania

La puerta de la suite se cerró con un clic suave y amortiguado. Aiden sintió cómo el aire cambiaba al instante. El pasillo del hotel había sido fresco, casi estéril, perfumado con el leve olor a desinfectante con fragancia que usaban para limpiar. La habitación de Clementine era todo lo contrario: era cálida, no solo en temperatura, sino en color y aroma.

La suite era espaciosa, dominada por una paleta de colores ámbar, dorados y cremas profundos. La luz no provenía de lámparas de techo estridentes, sino de varias lámparas de mesa con pantallas de seda que arrojaban charcos de luz suave, haciendo que todo brillara con un resplandor íntimo. Un enorme sofá de terciopelo color canela ocupaba una esquina, cubierto de cojines de diferentes texturas. Cerca del ventanal, que ofrecía una vista vertiginosa de las luces en la prefectura Borealis, había un escritorio de caoba oscura, pero no estaba ordenado. Estaba cubierto de libros apilados, frascos de perfume con tapones de cristal y lo que parecían ser pergaminos sujetos con cintas. Una chaqueta de cuero marrón estaba descuidadamente arrojada sobre el respaldo de una silla.

—Pasa, pasa. No seas tímido —dijo Clementine, con una voz que sonaba diferente allí, más relajada—. Deja tus cosas donde quieras. ¿Quieres algo de beber? ¿O de comer? Dudo que el servicio a la habitación tenga algo decente a estas horas.

—No tienes que molestarte…

Aiden, sintiéndose torpe en medio de tanta elegancia desordenada, se quedó de pie cerca de la entrada. Nyx, sobre su hombro, olfateaba el aire con una curiosidad cautelosa, su pequeña nariz se arrugaba.

«Quiero hacer caquita», le dijo Nyx a Aiden en su mente.

«¿Es porque tienes ganas y no aguantas? ¿O es porque tienes que marcar este lugar desconocido con tu olor?», inquirió él.

«Bueno, sí, es verdad que no tengo tantas ganas, pero sabes que no puedo evitarlo», respondió la felina.

—No es molestia. —dijo Clementine riéndose, volviendo a capturar la atención de Aiden. Se dirigió a un gran baúl de madera oscura con herrajes de latón que descansaba al pie de la cama—. La comida de Argentum es tan… insípida, casi sin alma. Siempre me aseguro de tener un suministro de emergencia.

Abrió el baúl. En lugar de ropa, estaba lleno de paquetes envueltos en papel encerado y cajas de lata. Un aroma especiado y dulce inundó la habitación, un olor que golpeó a Aiden con una nostalgia repentina.

—¿Son…?

—Hojuelas de miel de Aethelburg y té de mandrágora —dijo ella, sacando una caja de lata—. Lo mejor de Gehena. La gente de aquí no sabe lo que se pierde con sus tristes bolsitas de té.

Mientras ella preparaba una pequeña tetera eléctrica sobre una bandeja de plata, Aiden se acercó con cautela al escritorio. Los libros eran una mezcla ecléctica. Había grandes tomos de arte de Ataraxia, filosofía y, tal como había prometido, varios libros sobre magia. Eran volúmenes encuadernados en cuero, con títulos grabados en oro que Aiden apenas podía leer.

—Veo que encontraste mis juguetes —comentó Clementine, acercándose con dos tazas de porcelana humeantes. Le ofreció una.

Él la tomó, el calor se filtró a través de la fina porcelana. El té era fragante, picante y dulce a la vez.

—Estos libros… —murmuró Aiden, pasando un dedo por el lomo de uno titulado “La Simetría del Numen”—. No parecen los textos estándar de la academia.

—No lo son —su sonrisa se ensanchó—. Esos son para aprobar exámenes. Estos son para entender de verdad. Mi familia los ha coleccionado por generaciones. La mayoría son de Gehena. Hablan de la magia elemental de una forma que aquí considerarían… primitiva. Pero tú lo entiendes, ¿verdad? Viniendo de Asterión. La magia no es solo ecuaciones, es… sangre, es tierra.

Aiden asintió, fascinado. Hojeó uno, encontrando diagramas de flujos de numen que eran radicalmente diferentes a los que había visto en el libro de Edith. Eran más orgánicos, más caóticos.

—Esto es increíble.

—Lo sé —Clementine se sentó en el sofá de terciopelo, acurrucando una pierna debajo de ella, con su llamativa falda a cuadros arrugándose cómodamente—. Es por eso que no podría soportar los dormitorios de la academia.

Aiden levantó la vista del libro, la conversación lo trajo de vuelta a la realidad.

—¿Los dormitorios?

—Mm-hmm —tomó un sorbo de té—. Andreas, el director de Argestes, me lo ofreció cuando llegué. Alojamiento en el campus. Pero tienes que compartir habitación. ¡Compartir! Grité en mi cabeza, al saber que dormiría junto a una desconocida —hizo una mueca de disgusto—. No, gracias. Prefiero tener mi propio espacio, mis comodidades. Poder leer hasta tarde, pedir comida real… —hizo un gesto abarcando la lujosa suite—. Vale la pena el gasto extra.

Aiden asintió, aunque no podía imaginarse el costo. Para él, la suite parecía un palacio. El ambiente se volvió más cálido, más íntimo. El té especiado, la luz tenue, el murmullo de la ciudad tan abajo que parecía irrelevante. Estaban en una burbuja ámbar, solos.

Hablaron de los libros. Clementine demostró tener un conocimiento profundo, debatiendo con él sobre las teorías de la canalización y la diferencia entre la magia de Ataraxia, basada en el control, y la de Gehena, basada en la comunión. Con cada intercambio, Aiden sentía que la tensión se disipaba. Era muy fácil hablar con ella.

Clementine se rio de algo que él dijo, echando la cabeza hacia atrás. El movimiento hizo que su top sin hombros acentuara la curva de su cuello y la pálida piel de su clavícula. Aiden apartó la mirada al instante, sintiendo un calor repentino en las mejillas.

Ella pareció no notarlo, o lo ignoró. Se inclinó hacia adelante para dejar su taza en la mesa de centro.

—Además —dijo ella, bajando la voz, volviéndola más conspirativa—, aquí nadie te vigila. En los dormitorios… siempre hay vigías. Siempre hay reglas. Es sofocante.

Se reclinó de nuevo en el sofá, pero su postura era diferente, más abierta. Se sentó con las piernas cruzadas sobre el cojín, y la corta falda a cuadros se subió unos centímetros por el muslo, delineando la curva de su pierna.




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