Albireo: La espada que trazó el firmamento

Capítulo 12: En quien confiaba

Durante varios segundos, ninguno de los dos se movió. Las palabras de Aiden continuaron suspendidas entre ellos, haciendo que la transformación de Tania comenzara a retroceder.

No ocurrió de golpe. Las orejas blancas permanecieron sobre la cabeza de Tania mientras sus colmillos recuperaban lentamente su tamaño humano. Las uñas volvieron a ocultarse bajo sus dedos, pero la cola continuó extendida detrás de ella, rígida e inmóvil, hasta que fue lo último en desaparecer.

Tania miró el rostro de Aiden.

Las lágrimas descendían por sus mejillas. Tenía la espalda pegada contra la pared, los hombros encogidos y las manos levantadas frente al pecho. Se protegía de ella.

La pequeña mancha de sangre que oscurecía el cuello de su suéter atrajo la mirada de Tania. Bajo la tela, dos líneas escarlatas descendían desde la mordida que acababa de dejarle. El olor de Clementine había desaparecido y ahora solo podía oler la sangre de Aiden y también su miedo.

Tania levantó una mano y Aiden se encogió, entonces ella se detuvo antes de tocarlo.

El gesto fue apenas perceptible, un movimiento instintivo de los hombros y la cabeza. Sin embargo, Tania lo reconoció de inmediato. Lo había visto muchas veces cuando él era pequeño, durante sus primeros meses en la cabaña. Cada vez que ella movía una mano demasiado rápido, Aiden se preparaba para recibir un golpe.

Era el reflejo que Maribel Bóreas había dejado grabado en su cuerpo. Después de diez años, Tania acababa de despertarlo otra vez.

Su mano descendió lentamente.

—No voy a tocarte —dijo ella.

La voz que salió de su garganta estaba rota pero Aiden no respondió.

Nyx saltó desde la mesa auxiliar y aterrizó entre ambos. Su cuerpo pequeño se arqueó, el pelaje se erizó y un bufido feroz escapó de su boca. Las sombras alrededor de sus patas comenzaron a agitarse como tinta viva.

Por primera vez desde que Nyx había aparecido frente a la cabaña, la cait sidhe le enseñaba los colmillos para defender a Aiden de ella.

Tania retrocedió un paso y Nyx avanzó otro.

—Está bien —murmuró Tania—. No me acercaré.

Aiden se llevó una mano al hombro. Cuando sus dedos rozaron la mordida, hizo una mueca de dolor.

Tania dio medio paso por instinto, pero Nyx le gruñó, entonces volvió a detenerse.

—Hay un botiquín en el baño —señaló Tania—. Puedo buscarlo y dejarlo en el suelo. No necesito acercarme.

Aiden la observó con desconfianza. Aquella mirada fue más dolorosa que cualquier herida que hubiera recibido en sus quinientos años de vida.

—Despacio —pidió él.

Tania asintió. Se giró con movimientos deliberados, manteniendo las manos visibles, caminó hasta el baño y regresó con una pequeña caja blanca. No intentó entregársela. Se agachó a varios pasos de distancia, la depositó sobre la alfombra y volvió a retroceder.

Nyx permaneció entre ambos hasta que Aiden recogió el botiquín. Sus manos temblaban mientras lo abría.

—Déjame ayudarte —expresó Tania antes de poder contenerse pero Aiden levantó la mirada con pánico—. Solo si me das permiso —agregó inmediatamente.

El joven negó con la cabeza.

—Puedo hacerlo solo.

—De acuerdo.

Aiden se sentó en el borde de la cama. Nyx saltó a su lado y apoyó las patas delanteras sobre su muslo, observando la herida mientras él se bajaba el cuello del suéter.

La mordida era más profunda de lo que había imaginado. Los colmillos habían perforado la piel cerca de la unión entre el cuello y el hombro. No parecía una herida peligrosa, pero la sangre continuaba brotando lentamente de los orificios. Alrededor comenzaba a formarse un hematoma oscuro.

Tania buscó en el olor de su sangre el rastro febril de la maldición, pero no estaba allí. Lo había marcado, pero no había transmitido la licantropía. Aquel pequeño alivio no redujo su culpa.

Aiden humedeció una gasa con desinfectante. Cuando la presionó contra la piel, siseó por el dolor.

Tania cerró los ojos, su cuerpo entero reaccionó al sonido. Los músculos de sus piernas se tensaron, impulsándola a cruzar la habitación y atenderlo. Tuvo que cerrar las manos alrededor de su falda para mantenerse quieta.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Aiden.

Tania abrió los ojos.

—No tengo una explicación que pueda justificarlo —contestó ella—. Cuando regresaste, olí algo sobre ti. No era únicamente el perfume. Debajo de las rosas había sangre y algo muerto, pero la fragancia lo distorsionaba. No pude reconocer qué era.

Aiden dejó de limpiar la herida.

—¿Clementine es peligrosa?

—Creo que podría serlo. No tengo pruebas, solo mi instinto.

—Pero estabas dispuesta a ir a buscarla.

Tania guardó silencio.

—En serio, intento confiar en ti, intento no pensar mal sobre tus intenciones después de lo que acaba de pasar —continuó él—. Pero no tenías pruebas y aun así ibas a hacerlo.

Tania no intentó mentir, aun con la mandíbula tensa, ante la mirada de Aiden.

—¿Ibas a matarla? —preguntó él.

La respuesta tardó varios segundos.

—Sí.

Aiden dejó la gasa sobre el botiquín.

—¿La conoces?

—No.

—Pero querías matarla.

—Sí.

Cada respuesta de Tania parecía separarlos un poco más.

Aiden se puso de pie. El movimiento fue demasiado rápido y una punzada atravesó su hombro. Se tambaleó, pero rechazó por reflejo la mano que Tania estuvo a punto de extender.

Ella la retiró antes de acercarse.

—No te pertenezco, solamente soy tu protegido, pero no soy tu hijo ni tu hermano o algo que se parezca... ni tu esposo —declaró Aiden.

—Lo sé.

—No puedes marcarme contra mi voluntad.

—Lo sé.

—No puedes ignorarme cuando te digo que te detengas.

—Lo sé.

—No puedes decidir quién se acerca a mí y quién no.

—Lo sé.

—Entonces deja de decirlo como si eso arreglara algo.




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