La palabra resonó en el aire soleado del jardín como un trueno en un cielo despejado.
—Demonio.
Aiden se quedó helado. El murmullo de las conversaciones educadas, el tintineo del cristal, el suave rasgueo del cuarteto de cuerdas... todo se desvaneció en un zumbido sordo. El jardín se sintió de repente como una trampa. Su primer instinto fue desenfundar, pero sus manos solo encontraron la fina lana de su traje. Su segundo fue activar su aura, pero el recuerdo de la advertencia de Tania y la escama sobre su cadera lo detuvo en seco.
Tania estaba pálida, sus nudillos estaban blancos donde se aferraba al borde de mármol de la fuente. Sus ojos esmeralda, normalmente tan serenos, rastreaban a la multitud con una intensidad febril, como un lobo que ha olido al cazador antes de verlo.
—¿Dónde? —susurró Aiden.
Aiden recorrió los rostros buscando algo que no encajara. Cada sonrisa educada, cada traje caro y cada vestido de seda podía ocultar a alguien, pero cuanto más miraba, menos sabía qué debía buscar.
—No lo sé —respondió Tania, sin apartar la mirada de los invitados—. Percibo que está aquí, pero no consigo distinguir de quién viene esa sensación.
El corazón de Aiden martilleó contra sus costillas. La palabra “demonio” dejó de ser una advertencia pronunciada al borde de la fiesta y adquirió el peso de todas aquellas personas reunidas en el mismo jardín.
Ukko Euro bebía una copa de champán mientras se reía con un noble menor. Anila lo observaba con aburrida desaprobación. Zenith Notos permanecía bajo la sombra de una pérgola, junto a su nieta Alize. Ermir Céfiro se ajustaba la corbata mientras hablaba con su hijo. Ninguno parecía haber notado nada.
Entonces sus ojos se detuvieron al otro lado del jardín.
Cerca de la mansión, Maribel Bóreas reía mientras un hombre corpulento, vestido con uniforme militar, le besaba la mano. A su lado, aferrada a los pliegues de su vestido blanco, estaba Eira. Su media hermana lo miraba con los ojos oscuros muy abiertos y una curiosidad que todavía no había aprendido a disimular.
El frío que atravesó el pecho de Maribel no tuvo nada que ver con la amenaza. Durante un instante regresaron el olor a lirios marchitos, su propia voz suplicando detrás de una puerta y la certeza infantil de que nadie acudiría. Apartó la mirada de su madre, antes de hacerlo, sus ojos se demoraron en Eira; no supo cómo saludarla sin acercarse también a la mujer que permanecía a su lado.
—Volvamos con mi abuelo —dijo en voz baja—. No sé qué está haciendo aquí, pero tenemos que avisarle.
—Sin llamar la atención —advirtió Tania.
Aiden volvió a observar a los invitados. Había demasiadas caras y ninguna respuesta.
—¿Cómo puede estar ahí y que nadie lo note? —pregunto tanto para sí mismo como a su maestra.
Ella no intentó completar una teoría con la poca información que poseían. Indicó el camino con una inclinación de cabeza y ambos avanzaron entre la multitud. Aiden sostuvo una sonrisa cortés para quienes se cruzaban con ellos, pero sus ojos no dejaron de moverse de un rostro a otro.
Aether Bóreas los recibió con una sonrisa radiante y dos copas de champán entre las manos.
—¡Ah, ahí están! ¿Disfrutando de la reunión? Vi que saludaste a Wyndham. Qué alegría verlos juntos de nuevo.
Aiden aceptó una de las copas, aunque no tenía intención de beber. Miró a su abuelo directamente a los ojos.
—Abuelo, Tania ha percibido un demonio entre los invitados.
La sonrisa de Aether desapareció.
—¿Es una broma no? ¿De verdad me lo están diciendo? —antes de que pudieran responder, las expresiones de Aiden y Tania respondieron por ellos—. ¿Pueden señalar quien es?
—No —respondió ella—. Todavía no, solo sé que está aquí.
Aether dejó la copa sobre el borde de la fuente y llamó a uno de los guardias con dos dedos. Cuando el hombre se acercó, le ordenó revisar discretamente el perímetro, reforzar la vigilancia alrededor y mantener despejadas todas las salidas. No elevó la voz, pero la forma en que el guardia se irguió dejó claro que había comprendido la gravedad de la orden.
—Haré que terminemos cuanto antes —dijo Aether.
—No basta con terminar antes —replicó Tania—. Podría atacar durante la ceremonia.
Aether observó a las cuatro casas reunidas. El gesto alegre con el que había recibido a su nieto ya no permanecía en su rostro.
—Lo sé, pero no voy a suspenderla sin saber a quién estamos buscando. Una evacuación desordenada podría darle exactamente la confusión que necesita.
Aiden abrió la boca para protestar. Su abuelo ya estaba dando una segunda indicación al guardia y señalando los accesos laterales del jardín.
—Hacía años que no reuníamos a tantas ramas del clan Anemoi —continuó Aether cuando el hombre se retiró—. Esto es una ceremonia, pero también un reencuentro entre familiares que casi solo coinciden en funerales y bodas. Si detenemos todo sin identificar la amenaza, quizá no consigamos volver a reunirlos.
Aiden miró a los guardias que comenzaban a desplazarse hacia las salidas. La explicación no lo tranquilizó, aunque al menos su abuelo no había ignorado la advertencia.
—Lo entiendo abuelo, pero mi cuota de sociabilidad también está agotada y ya no me quedan temas de conversación.
Aether parpadeó. Aiden extrajo del bolsillo interior de la chaqueta un papel arrugado y se lo entregó.
—¿Temas? —leyó el anciano.
—Mi lista. Ya usé el clima, la comida y la pregunta de cómo han estado durante estos años. Y, si ya no sé qué preguntarles, hablo de sus mascotas. Con eso suelo durar un poco más.
Aether lo miró durante un segundo y luego soltó una carcajada tan franca que varias personas volvieron la cabeza.
—Tu abuela también llevaba una lista a los banquetes —confesó—. La abandonó después de preguntarle por su perro a una embajadora de Higgins cuyo animal acababa de morir.