Amargo y dulce.

Capitulo 4

La noche de febrero

Marqué el número desconocido a las seis de la mañana, sentada en el borde de la cama, con el estómago encogido y el mensaje todavía brillando en la pantalla. Sonó una vez. Luego una voz de grabación, neutra y sin edad, me informó de que el número marcado no existía.

Lo intenté tres veces más. Siempre lo mismo.

Alguien había construido un teléfono fantasma para decirme una sola cosa: no te fíes de él. Y yo, que llevaba catorce años sin fiarme de nadie que no oliera a cacao, descubrí con rabia que esa frase había empezado a hacer su trabajo.

* * *

El despacho del licenciado Fontana estaba en un edificio del centro con ascensor de rejilla y portero dormido. Subí por las escaleras. En el tercer piso, una placa de latón deslucida decía Fontana & Asociados, aunque los asociados llevaban años sin aparecer.

Me abrió él mismo. Sin pajarita, con el cuello de la camisa desabrochado y los ojos de quien no ha dormido en dos noches, aún más pequeño y encorvado que en la fábrica.

—Señorita Arrieta —murmuró—. No la esperaba.

—Lo sé. Por eso he venido sin avisar.

Me dejó pasar a un despacho que olía a papel viejo y a tabaco de pipa. Había carpetas por todas partes, apiladas en el suelo, sobre las sillas, hasta en el alféizar. Tuve la impresión de que alguien las había estado revolviendo.

—Voy a ser directa —dije—. Grupo Ventura le ha pagado a don Aurelio todos los meses durante once años. Alguien limpió esos movimientos de los resúmenes que recibió Mateo. Y usted era el abogado de don Aurelio.

Fontana se quedó muy quieto. Después se sentó despacio, como si le pesaran los huesos.

—Prometí a don Aurelio que no hablaría hasta el día treinta —dijo al fin—. Se lo prometí a un hombre muerto, y las promesas a los muertos son las únicas que de verdad atan.

—Entonces no hable. Solo dígame si hago bien en desconfiar.

Se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz. Cuando levantó la vista, me pareció ver miedo, un miedo viejo, de los que ya no se sienten con el estómago sino con los huesos.

—Yo no he dicho nada —susurró—. Pero si fuera usted, me preguntaría quién firmó el informe pericial del incendio.

—¿El incendio de hace veintiséis años?

—El informe pericial —repitió, y volvió a ponerse las gafas, cerrando la conversación—. Ahora, si me disculpa, tengo mucho que ordenar.

* * *

El archivo de la fábrica está en el sótano, tras una puerta de hierro que nadie abre desde que se informatizó la contabilidad. Rosa me acompañó con una linterna y una expresión de profunda desconfianza.

—Esto huele a humedad y a ratas —dijo—. Y a secretos. Los archivos viejos siempre huelen a secretos.

—Ayúdame a buscar. Una carpeta de hace veintiséis años. Siniestro en la tercera planta.

Tardamos casi una hora. Rosa tiene un sistema de clasificación que no comparte con nadie y que no funciona con nada anterior a 2005, de modo que acabamos moviendo cajas a mano, estornudando polvo y encontrando facturas de proveedores muertos. Hasta que, en el fondo de un armario con la cerradura rota, apareció una carpeta amarilla con una etiqueta descolorida: Siniestro 3ª planta. Pericial.

La abrí sobre una caja de cartón. Fotografías en blanco y negro: vigas ennegrecidas, una máquina retorcida, una ventana con los cristales reventados. Y, debajo, tres páginas mecanografiadas, selladas y firmadas.

Causa probable del siniestro: cortocircuito en instalación eléctrica deficiente. No se aprecian indicios de intencionalidad.

Pasé la mirada hasta el pie del documento. Una firma apretada, nerviosa, de trazo ancho. Y debajo, el nombre mecanografiado.

R. Bellido Sanz. Perito tasador.

Me quedé sin aire.

—Inés —dijo Rosa a mi lado, muy despacio—. Ese nombre…

—Lo sé.

—Es el que vino ayer. El de Ventura.

—Lo sé. —Saqué el móvil y fotografié las tres páginas, una por una, con las manos temblando—. Rosa, necesito que no digas nada de esto. A nadie. Ni a Nico. Ni a Mateo.

—¿Ni a Mateo? —Me miró—. ¿No es con él con quien estás…?

—Con él estoy tratando de averiguar qué está pasando aquí. Pero no sé todavía qué parte de la verdad conoce.

Rosa apretó los labios. Era una mujer pequeña, de cabello gris y ojos cansados, y de pronto me pareció la persona más valiente de la fábrica.

—Yo no he visto nada —dijo—. Aquí abajo solo hay ratas.

* * *

Lo encontré en el despacho de dirección a las siete y media. La luz estaba apagada, solo se veía el resplandor de la lámpara del escritorio y la figura de Mateo inclinada sobre un montón de papeles, con la corbata colgando del respaldo de la silla y las mangas arremangadas.

—No esperaba a nadie —dijo sin levantar la vista.

—Hay algo que debo enseñarte.

Era la primera vez que lo tuteaba. Levantó la cabeza.

Dejé el móvil sobre la mesa, con la fotografía de anoche en pantalla: él sentado en un cajón, yo en el suelo, el movimiento de su mano hacia mi cara. Y debajo, el mensaje.

Lo leyó despacio. Vi cómo su expresión pasaba por varias capas, como pasa el agua por una cascada: sorpresa, rabia, algo que se parecía mucho a la vergüenza. Cuando llegó a la última línea, él estaba allí, cerró los ojos.

—¿Quién te lo ha mandado?

—No lo sé. El número no existe.

—¿Y por qué me lo enseñas?

—Porque me dijiste que dejara de mentirte. —Me crucé de brazos—. Y porque necesito que me cuentes la noche del incendio, Mateo. Entera. Sin saltarte nada.

Pasó mucho tiempo. En el pasillo, una tubería crujió y se calló. Mateo apartó la silla, se levantó, caminó hasta la ventana, y se quedó mirando el patio oscuro con las manos apoyadas en el cristal.

—Tenía nueve años —dijo al fin—. Mis padres trabajaban hasta tarde casi todas las noches, y yo me quedaba en el sofá de este despacho con un tebeo y un bocadillo. Aquel día había dibujado algo para mi madre. Un caballo, creo. Un caballo muy malo. Quería enseñárselo.



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En el texto hay: misterio, amor, amor odio

Editado: 01.11.2026

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