Capítulo 5
Lo que arde despacio
No abrimos la puerta. No esa noche, ni al amanecer, ni cuando la melodía dejó de sonar y el silencio se quedó vibrando en el pasillo como una cuerda recién soltada.
Nos sentamos en el suelo del tercer piso con la espalda contra la pared, frente a la madera sin cerradura, y esperamos a que algo más ocurriera. No ocurrió nada. Solo el crujido de las vigas, el goteo lejano de una tubería, el latido de mi propio pulso en las sienes.
Hacia las tres, Mateo se quitó la chaqueta y me la puso sobre los hombros sin decir una palabra. Yo tampoco dije nada. Olía a su colonia, a papel viejo y a cansancio, y me pareció el olor más peligroso que había respirado nunca.
—¿Por qué te quedaste? —preguntó de pronto, bajito, para no romper la oscuridad—. En la fábrica. Catorce años es mucho tiempo para alguien que podía haberse ido a cualquier sitio.
Tardé en contestar.
—Tenía diecinueve años y mi madre estaba enferma —dije—. Se había quedado sin trabajo, y yo sin estudios, sin dinero y sin referencias. Entré a limpiar moldes, y a la semana tu padre me llamó al despacho. Pensé que me iba a despedir. —Sonreí a medias—. En lugar de eso me preguntó cuánto necesitaba para el alquiler de ese mes. Me dio un adelanto sin firmar ningún papel y me dijo: «Aquí nadie pregunta de dónde vienes, solo adónde quieres llegar».
Mateo cerró los ojos.
—Eso suena a él.
—Cada Navidad dejaba una silla libre en la comida del personal —añadí, sin saber por qué se lo contaba—. Nadie la ocupaba. Nadie preguntaba. Una vez Nico, que es nuevo y no entiende de silencios, le dijo: «Don Aurelio, ¿esperamos a alguien?». Y él contestó: «Siempre».
Oí cómo respiraba hondo, entrecortado.
—A mí nunca me dijo nada parecido —murmuró.
—Quizá no sabía cómo.
Se quedó callado. Poco a poco, el agotamiento le fue ganando, y su cabeza resbaló hasta apoyarse en mi hombro con un peso cálido y tranquilo que yo no había pedido y no fui capaz de apartar. Me quedé quieta, rígida, con el corazón haciendo ruido en el pecho, mirando cómo la rendija de luz del alba se colaba por una grieta de la pared y le dibujaba una línea pálida en el cuello.
No te fíes de él, decía el mensaje.
Pero la noche entera había sido una larga demostración de lo contrario, y yo, que sabía contar cada gramo de cacao de una receta, no sabía medir lo que me estaba pasando.
* * *
A las diez de la mañana, Rosa apareció en la puerta de mi despacho con una nota en la mano y una expresión de profunda desaprobación.
—Ha llamado el señor Bellido. Quiere invitarte a comer. A ti sola.
—¿A mí?
—Dice que quiere hablar de tu futuro profesional. —Rosa arrugó la nariz—. Eso suena a «voy a ofrecerte algo que no te conviene».
—Probablemente.
—¿Vas a ir?
No respondí a tiempo, porque Mateo entró en ese momento. Se había cambiado de camisa, pero seguía con las ojeras de la noche en vela y el pelo revuelto de un modo que me costó mucho no mirar.
—¿Qué quiere Bellido? —preguntó.
—Invitarme a comer.
—No vas.
—Voy.
—Inés…
—Tú mismo dijiste que necesitamos saber qué quiere. —Me puse en pie, apoyando las manos en la mesa—. Y nadie se confía más fácilmente que alguien que cree que está seduciendo a otro.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Había algo en su voz que no era solo prudencia. Algo más áspero, más cerca de la piel. Rosa, con la delicadeza de una gata que se retira cuando huele problemas, murmuró «os dejo» y desapareció.
Quedamos solos. Mateo cerró la puerta, y de pronto la habitación se volvió más pequeña.
—No me fío de él —dijo.
—Ni yo. Ni de ti, si vamos a ser sinceros. Alguien me mandó un mensaje diciéndome que no lo hiciera.
—Y aun así, anoche…
—Anoche fue anoche.
Dio un paso hacia mí. Yo no retrocedí. Nos separaba la mesa, o lo que quedaba de ella, y entre los dos flotaba algo tenso e imposible de nombrar, como un hilo estirado hasta el límite.
—Ten cuidado —dijo en voz baja—. Por favor.
—Siempre lo tengo.
—No. —Sus ojos bajaron un instante a mi boca y volvieron a subir con una rapidez culpable—. No lo tienes.
Salí del despacho con el pulso desbocado y la certeza de que acababa de perder una discusión que ni siquiera habíamos tenido.
* * *
Bellido había reservado una mesa en un restaurante del centro, de mantel blanco, cubertería pesada y camareros que se movían sin hacer ruido. Se levantó al verme llegar y me retiró la silla con una cortesía de otro siglo.
—Señorita Arrieta. Qué detalle que haya venido.
—Tenía curiosidad.
—La curiosidad es una virtud muy poco apreciada. —Sonrió—. Pida lo que quiera, por favor. Hoy invita Ventura.
Pedí agua. Él pidió vino y un plato que no probó. Durante veinte minutos habló de generalidades: de la industria del chocolate, de los grandes grupos, de la presión de los mercados. Lo hacía bien. Tenía esa soltura de quien ha repetido muchas veces el mismo discurso y sabe en qué momento bajar la voz.
—Voy a ser claro, porque creo que usted aprecia la claridad —dijo al fin, apoyando los codos sobre la mesa—. Grupo Ventura necesita a alguien que conozca esa fábrica por dentro. Alguien capaz de dirigir la producción con la misma excelencia con la que usted lo hace ahora. Le ofrezco la dirección de operaciones. Triple de salario. Plena autonomía.
—¿A cambio de qué?
—De nada. Solo de que ayude a su jefe a tomar la decisión correcta.
—Es decir, de que convenza a Mateo de que venda.
—Lo que usted haga con su influencia es cosa suya.
Dejé el vaso sobre el mantel con mucho cuidado.
—¿Por qué le pagaba Ventura a don Aurelio todos los meses?
La sonrisa de Bellido no se movió. Pero algo en sus ojos se endureció durante un parpadeo.
—Veo que ha estado revisando papeles.
—Es mi trabajo.
—Un acuerdo antiguo. Confidencial. —Recogió la servilleta y la dobló en dos—. Don Aurelio y yo nos conocimos hace mucho, mucho antes de que usted naciera. Éramos jóvenes. Hicimos cosas que hoy no se hacen. Entre ellas, un informe.