La habitación de Carmen
El hospital olía a desinfectante y a café quemado, y cada pasillo parecía diseñado para que uno se sintiera más pequeño de lo que era.
Fontana estaba en la unidad de cuidados intermedios, conectado a una máquina que emitía un pitido suave y regular, con el rostro más pequeño que nunca contra la almohada. Le habían quitado las gafas. Sin ellas parecía un hombre que ya había dejado de defenderse.
—Un traumatismo craneal —nos explicó la doctora, una mujer menuda de ojeras profundas—. Cayó por las escaleras, o eso parece. No ha recuperado la conciencia desde que llegó. Es pronto para saber nada más.
—¿Ha venido alguien a verlo? —preguntó Mateo.
—Un caballero elegante, esta tarde. Dejó un ramo de flores y preguntó por las pertenencias del paciente. Se las dimos a la portera, que fue quien lo trajo. —Frunció el ceño—. ¿Hay algún problema?
Mateo y yo nos miramos. No hizo falta decir el nombre.
Salimos al pasillo. Mateo caminaba muy rígido, con los puños cerrados en los bolsillos. Yo le rocé la manga con los dedos, un gesto mínimo, y él inclinó la cabeza hacia mí sin mirarme, como un animal que reconoce una mano.
—Carmen —dijo en voz baja—. Fue lo último que dijo. ¿Qué tiene que ver mi madre con todo esto, además de lo evidente?
—No creo que hablara de tu madre.
—¿Y de quién, si no?
—De una contraseña.
Mateo se detuvo.
—Fontana tenía una caja fuerte en su despacho —continué, aceleradamente, las ideas encajándose a mi paso—. Lo vi anoche, detrás de un cuadro con un barco. Pensé que era decoración. Pero si alguien en su estado dice un nombre propio, y no pide ayuda ni da el nombre de quien lo empujó…
—Es la única forma de decir dónde está algo sin que nadie más lo entienda.
—Exacto.
Me miró. Y por primera vez desde que lo conocía vi en su cara algo parecido a la esperanza, ese tipo de esperanza que duele porque ya no se espera.
* * *
La portera del edificio, una señora de bata de flores llamada doña Lupe, nos entregó sin protestar el manojo de llaves de Fontana, que había recogido de la escalera. Por lo visto, Mateo tenía una forma de pedir las cosas, serena y casi triste, que desarmaba a cualquiera.
El despacho estaba exactamente como lo había dejado yo, o peor. Las carpetas del suelo habían sido removidas con furia. Los cajones, sacados y vueltos del revés. Alguien había buscado algo con prisa y sin delicadeza.
—Han estado aquí —dije.
—Y no lo han encontrado.
Mateo ya estaba junto a la pared. Descolgó con cuidado el cuadro del barco, un óleo oscuro y feo de un velero en plena tormenta, y detrás apareció una caja fuerte empotrada, vieja, de acero verde, con una cerradura que me sorprendió: en lugar de números, cinco anillas con letras grabadas, de esas que se giran hasta formar una palabra.
Seis anillas, en realidad. Conté dos veces.
—Seis letras —murmuré.
—C, A, R, M, E, N. —Mateo ya estaba girándolas con los dedos temblorosos—. Seis.
Cada anilla encajó con un clic seco y satisfactorio. Al llegar a la última, se oyó un chasquido más hondo, y la puerta de acero se abrió un par de centímetros.
Nos quedamos mirándola un segundo, como si no nos atreviéramos a tocarla. Después Mateo tiró de ella.
Dentro había poco. Un sobre grueso y amarillento, sellado con lacre, en el que alguien había escrito con tinta azul: Para Mateo. A la muerte de A. S. Y debajo del sobre, una fotografía antigua, algo borrosa, con los bordes comidos por la humedad.
Tomé la foto primero. Era una instantánea de tres personas, tomada en la nave de la fábrica, hacía mucho tiempo: una mujer morena y alegre de risa franca, con un delantal blanco y las manos manchadas de cacao. A su lado, un hombre alto y joven, de bigote negro, que debía de ser don Aurelio. Y detrás de ambos, con un vaso en la mano y la sonrisa de quien está muy a gusto, un chico de veintitantos años, delgado, de pelo oscuro y ojos muy atentos.
Lo reconocí en cuanto lo miré. Los años le habían ensanchado la espalda y espesado la barba, pero la sonrisa era la misma.
—Bellido —dije.
Mateo se inclinó sobre la foto. No dijo nada durante un largo rato.
—Eran amigos —susurró al fin—. Mi padre y él eran amigos.
Le di la vuelta. En el reverso, con la letra firme de don Aurelio, había una sola línea: Brindis por la Tinta. Antes de que todo se torciera.
Mateo rompió el lacre del sobre con el pulgar.
Leyó en silencio, y yo vi cómo se le iba descomponiendo el rostro, línea a línea, como una pared que cede. Cuando terminó, me tendió la carta sin una palabra. Tenía las manos heladas.
Mateo:
Si lees esto, Fontana ha cumplido su promesa y yo no he cumplido la mía. Perdóname por el silencio. Perdóname por haberte hecho jurar que no habías estado allí. Esa noche viste algo que no debías ver, y la única manera de mantenerte con vida fue que nadie supiera que habías estado en la fábrica.
Tu madre no murió por un cortocircuito. Murió por lo que sabía hacer. Hay quien lleva veintiséis años queriendo la Tinta, y lo único que ha impedido que la consigan es que las dos mitades de la receta jamás han estado en el mismo lugar.
No abras la sala solo. Ábrela con alguien en quien confíes sin dudar. Tu madre sabía elegir a las personas, y yo he aprendido a hacerlo tarde.
La nana es para ti. Siempre fue para ti.
Tu padre.
Levanté la vista. Mateo se había sentado en el borde del escritorio, con la cabeza gacha, y se frotaba los ojos con las dos manos como si quisiera borrarse el cansancio de veintiséis años.
—«Con alguien en quien confíes sin dudar» —repitió, sin mirarme—. Yo no confío en nadie sin dudar. No sé hacerlo.
—Lo sé.
—Pero anoche…
No terminó. Yo me acerqué, me arrodillé frente a él y le cogí las manos. Estaban húmedas.
—Mateo. Mírame.
Levantó los ojos.
—No hace falta que confíes en mí sin dudar —dije—. Hace falta que no entres solo.