Amargo y dulce.

Capitulo 7

La guardiana

—Llegáis tarde —dijo una voz cascada desde el otro lado de la luz—. Os he oído bajar desde el patio.

La linterna se bajó, y entonces la vi.

Doña Remedios Quiroga estaba plantada al pie del montacargas, en una cocina abandonada de azulejos desconchados, con un abrigo de lana abotonado hasta la barbilla, unas zapatillas de felpa y un extintor rojo colgado del brazo, como quien lleva una cesta del mercado. No parecía asustada. Parecía impaciente.

—¿Remedios? —Mateo se había quedado clavado en el suelo, con el hollín en la cara y los ojos desorbitados—. ¿Qué hace usted aquí?

—Salvaros el pellejo, hijo, que para algo tengo ochenta y dos años. —Me tendió una mano nudosa—. Venga, Inés, que el humo baja por el hueco y esto no tarda en convertirse en un horno.

Aún con las piernas flojas, le di la mano. Era sorprendentemente fuerte.

—Ya he llamado a los bomberos desde la cabina de la esquina —continuó, tirando de nosotros hacia una puerta de servicio que yo no había visto nunca en catorce años—. Llegarán en cuatro minutos. Gonzalo os espera fuera con el coche. Si os encuentran aquí, tendréis que dar explicaciones que todavía no os convienen.

—¿Gonzalo?

—Mi sobrino. No habla mucho. Os va a caer bien.

Salimos a un callejón estrecho, oliendo a basura mojada, donde un taxi blanco con el motor encendido nos esperaba con las luces apagadas. Al volante, un hombre de cuarenta y pocos con cara de piedra y gorra calada nos hizo un gesto con la barbilla, abrió el maletero y señaló el interior sin una palabra.

—Dentro no —dijo Remedios—. El cuaderno y el dibujo, en el asiento. Y vosotros, atrás, agachados, hasta que pasemos la esquina.

Obedecimos. Mientras el taxi arrancaba, vi por la ventanilla trasera cómo una columna de humo gris, espesa, subía hacia el cielo desde el tercer piso de la fábrica. Y bajo ella, en lo alto del edificio, el resplandor anaranjado y silencioso de lo que había sido la sala de Carmen.

Mateo, a mi lado, no apartaba los ojos de aquel resplandor. Le busqué la mano en la oscuridad y se la apreté, y noté que estaba helada y que seguía temblando.

* * *

El piso de Remedios olía a canela y a lavanda, y por primera vez en horas respiré sin que el aire me raspara los pulmones. Gonzalo nos dejó en la puerta, asintió sin más y se marchó con el taxi. Remedios encendió una lamparita, apartó al gato gris del sillón con un «fuera, Cacao» y nos hizo sentar a los dos en el sofá.

Después fue a la cocina, y volvió con una palangana de agua tibia, un paño, una caja de vendas y una botella de algo transparente que olía a alcohol de farmacia.

—Primero lo primero. Dame ese brazo.

Mateo se miró la manga. No se había dado cuenta de que tenía la tela chamuscada y una quemadura roja y fea en el antebrazo, desde la muñeca hasta casi el codo.

—No es nada.

—Es mucho, y te vas a callar mientras te lo curo.

Pero fui yo quien le cogió el paño de la mano. No sé por qué. Me arrodillé ante él, le sujeté la muñeca con una mano y le limpié la herida con la otra, muy despacio, mientras él me miraba con una intensidad que me dejaba sin aliento. Su piel estaba caliente y áspera por el humo, y su pulso me golpeaba bajo los dedos como un animal cautivo.

—Duele —murmuró.

—Ya lo sé.

—No me refiero a eso.

Remedios carraspeó y se levantó con una dignidad exagerada.

—Voy a poner agua para el té —anunció en voz alta, mirando al techo—. Tardaré bastante. Es una tetera muy antigua.

Cuando se marchó, nos quedamos en silencio. Yo seguía con la muñeca de Mateo entre las manos y no era capaz de soltarla.

—Podríamos haber muerto —dije al fin.

—Sí.

—Otra vez habrías estado dentro de un incendio sin poder salir.

—Pero no estaba solo. —Su voz era apenas un susurro—. Esa es la diferencia.

Alzó la mano libre y me retiró un mechón de pelo cargado de hollín de la frente. Se inclinó y apoyó su frente contra la mía, y durante unos segundos nos quedamos así, quietos, respirando el mismo aire, sin besarnos, con aquel deseo contenido que parecía una cuerda tensada a punto de romperse.

—Dime que vamos a salir de esta —dijo.

—Vamos a salir de esta.

—¿Lo prometes?

—Prometo que, pase lo que pase, no volverás a subir a una escalera sin que yo esté detrás.

Se rio, bajito, con los ojos brillantes, y me besó en la sien.

Desde la cocina, Remedios gritó: «¡El té!», con una prisa muy sospechosa.

* * *

Bebimos el té en silencio. Estaba hirviendo, y era dulce y espeso, y me supo a gloria. Remedios se sentó frente a nosotros con las manos sobre el regazo, y por primera vez pareció su edad real, ochenta y dos años pesándole en los hombros.

—Supongo que os debo una explicación —dijo.

—Supone bien —respondió Mateo, sin hostilidad pero sin ceder.

—Aurelio me pidió que cuidara la sala. —Alzó la vista—. Hace años, después de la muerte de Carmen. Él no podía subir. Le dolía demasiado. Pero tampoco soportaba que se llenara de polvo. Así que me dio una llave de la cocina vieja, la de abajo, y me enseñó el montacargas. Una vez por semana, los jueves, subía a barrer, a engrasar los mecanismos, a darle cuerda a la cajita. Y le preparaba café en esa taza azul por si él se animaba a venir.

—¿Y venía?

—Alguna vez. —Su voz se quebró—. Sobre todo el último año, cuando ya estaba enfermo. Subía en el montacargas como un niño, tosiendo, y se quedaba horas sentado frente al dibujo del caballo. A veces hablaba solo. A veces le hablaba a ella.

Mateo bajó la cabeza. Yo le acaricié la espalda.

—¿Por qué no me dijo nada? —pregunté—. Cuando fui a verla. Le pregunté por la receta y por el incendio, y usted…

—Te dije lo que pude. —Remedios me sostuvo la mirada—. Te advertí que tuvieras cuidado con quién te acompañaba cuando abrieras esa puerta. Y lo dije con toda la intención. Porque yo no sabía quién eras en realidad, hija, hasta hoy.



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En el texto hay: misterio, amor, amor odio

Editado: 01.11.2026

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