El plan de la Carmen
A las nueve de la mañana, el comedor de doña Remedios se había convertido en un cuartel general.
Alguien había retirado el mantel de ganchillo y extendido sobre la mesa un plano de la fábrica, dibujado a mano por la propia Remedios en una cartulina que guardaba, por lo visto, desde hacía cuarenta años. Alrededor, como los generales de una guerra muy pequeña, nos habíamos sentado seis personas: Mateo, yo, Remedios en la cabecera, Gonzalo de pie junto a la ventana con los brazos cruzados, y los dos recién llegados, Rosa y Nico, que todavía miraban a Mateo con una mezcla de lealtad y espanto.
—Los bomberos dicen que la tercera planta está destrozada —informó Nico, retorciéndose la gorra entre las manos—. El resto del edificio se ha librado. Alguien avisó muy deprisa, dijeron. Hubo suerte.
—No fue suerte —dijo Remedios—. Fue una señora con muy mal genio y un teléfono público.
—Y han venido dos inspectores de policía. —Rosa dejó un sobre sobre la mesa—. Hablan de un incendio provocado, aunque no tienen pruebas. Yo les he dicho que Inés y Mateo se fueron a media tarde, que no los vi, que no sé nada. —Alzó la barbilla—. Me han creído. Creo.
—Eres una mentirosa magnífica —murmuró Mateo, con un afecto tan evidente que Rosa se puso colorada.
—Aprendí del mejor —respondió ella, y me dirigió una mirada de reojo que me hizo sonreír.
Remedios dio un golpecito en la mesa con la cucharilla del azúcar.
—Orden, que esto no es un baile de salón. Lo que sabemos y lo que nos falta. Hijo, empieza tú.
Mateo se puso en pie. Tenía la camisa limpia de Gonzalo, un poco ancha en los hombros, y la mirada de alguien que lleva toda la noche pensando y ha llegado, por fin, a algún sitio.
—Sabemos que Ramiro Bellido firmó un informe falso sobre el incendio de hace veintiséis años —dijo, contando con los dedos—. Sabemos que Remedios lo vio salir por la puerta trasera con un mechero dorado. Sabemos que Ventura le ha pagado a mi padre durante once años por algo que no se explica, y que mi padre le dejó dicho a Remedios que Bellido tenía «algo del niño». Sabemos que alguien intentó matarnos anoche en esa sala. Y sabemos que Bellido quiere mi voz.
—¿Y lo que no sabemos? —pregunté.
—Qué tiene de mí. Quién nos manda los mensajes. Y cómo demostrar nada de esto sin que parezca la historia de un loco con problemas de herencia.
—Pruebas —dijo Gonzalo.
Fue la primera palabra que le oí pronunciar. Tenía una voz grave, tranquila, con un deje de cansancio. Todos nos volvimos hacia él.
—Veintiún años de policía —explicó con sequedad, sin descruzar los brazos—. Sargento de homicidios hasta que me cansé. Una acusación sin pruebas no sirve de nada. Una confesión grabada, sí. Y un testigo de peso que la oiga.
Nico se quedó con la boca abierta.
—¿Usted era policía? Pero si conduce un taxi.
—Los taxistas ven más cosas que los policías —replicó Gonzalo, y creo que fue lo más parecido a una broma que he visto hacer a ese hombre.
Remedios sonrió con orgullo de tía.
—Os dije que os caería bien.
* * *
El plan nació despacio, entre café, galletas de mantequilla y cuatro horas de discusión.
Al principio fue Mateo quien propuso lo más sencillo: llamar a Bellido, aceptar su oferta, y acudir a la firma con un micrófono escondido. Gonzalo lo descartó con un gesto.
—Es demasiado fácil. Desconfiará. Ese hombre lleva veintiséis años escondido bajo una sonrisa. No va a confesar nada solo porque tú le pongas delante un contrato.
—Entonces hay que darle algo que no pueda resistir —dije yo.
Todos me miraron.
—Hasta ahora ha mostrado dos obsesiones —continué, hablando despacio, a medida que se me iban ordenando las ideas—. La receta y el control. Quiere la Tinta. Y quiere asegurarse de que Mateo no se le escape. Nos ofreció un trabajo para convencerme a mí. Dijo que a la fábrica le quedaba poco. Pero lo que de verdad le importa no es el chocolate, sino tenerlo a él dócil y cantando.
—Sigue —dijo Gonzalo.
—Si yo parezco aceptar la oferta, si él cree que me estoy poniendo de su lado, bajará la guardia. Y si, además, cree que Mateo está acorralado…
—El informe —murmuró Remedios—. «Algo del niño».
—Exacto. Lo que sea que tenga de Mateo, lo usará en el momento en que crea que lo necesita para ganar. Y tiene que llevarlo encima. Para enseñárselo a Mateo, para amenazarlo, para sellar el trato. Es su carta final, y los hombres como él no pueden evitar mostrar la carta final.
Mateo se quedó mirándome.
—Quieres que finja traicionarme.
—Quiero que Bellido lo crea. —Me incliné hacia él, apoyando las manos en la mesa—. Quiero que nos vea enemigos otra vez. Como en la primera semana.
Hubo un silencio. Rosa tosió. Nico se puso a estudiar con enorme interés el plano.
—Podría ser divertido —dijo Mateo por fin, con una chispa en los ojos que no estaba ahí un minuto antes—. Ya tengo práctica odiándote.
—Y yo tengo práctica detestándote a ti.
—Creo que se os da demasiado bien —comentó Remedios, con las cejas arqueadas.
* * *
Pasamos la tarde repartiendo piezas.
Gonzalo se encargó de la parte legal. Llamó por teléfono, con la calma de quien ha hecho muchas llamadas parecidas, a una antigua compañera de brigada, la inspectora Lidia Cañas, y le expuso, sin más adornos, que había cosas que olían mal en un incendio de hacía un cuarto de siglo y que quizá, solo quizá, estaba a punto de ocurrir algo que valiera la pena vigilar. Colgó con un gruñido. «Estará en la calle de atrás con dos agentes», informó. «Entrará solo si grabamos algo que lo justifique».
A Nico, que de joven había montado radios y alarmas caseras en el garaje de su padre, le tocó el trabajo más delicado: esconder tres micrófonos en la sala de juntas, uno de ellos en el marco de la foto de don Aurelio. Se puso tan serio que Rosa tuvo que decirle que respirase.