Letra pequeña
Beatriz Ventura llegó a las cinco y media, media hora antes de lo que Bellido creía.
Bajó de un taxi blanco que conducía Gonzalo, apoyada en un bastón de madera oscura, con un abrigo gris perla y el pelo blanco recogido en un moño tan firme que parecía tallado. Tenía sesenta y ocho años y la espalda de quien no se ha encorvado nunca ante nadie. Se detuvo en mitad del patio, miró la fachada de la fábrica, la ventana quemada del tercer piso y, después, a nosotros.
—Recibí una carta —dijo— con una letra que no veía desde que yo tenía ocho años.
Remedios, que esperaba junto a la puerta con su mejor abrigo y las manos cruzadas, se adelantó un paso.
—Hola, Beatriz.
—Hola, Remedios. —La presidenta de Ventura sonrió, y esa sonrisa le rejuveneció diez años—. Mi padre decía que tus trufas eran un pecado mortal.
—Tu padre no sabía nada de pecados.
Se abrazaron un instante, torpes, tiernas, como dos mujeres a las que la vida ha puesto a prueba en lados distintos de la misma calle. Luego Beatriz se separó y se volvió hacia Mateo y hacia mí.
—Tengo que haceros una confesión antes de que empiece todo —dijo, con voz seca—. Los mensajes los envié yo.
Me quedé inmóvil.
—¿Usted?
—Con un móvil de tarjeta que compré en una tienda de barrio. Contraté a un investigador hace dos meses, porque algo en las cuentas de Ramiro no me cuadraba: once años de pagos mensuales a un fabricante pequeño, sin factura que lo justificara. —Se apoyó en el bastón—. Cuando Ramiro me dijo que el heredero estaba dispuesto a vender, mi investigador me envió esa fotografía de vosotros dos en la nave. Pensé que erais cómplices. Que la empleada y el hijo estaban de acuerdo con él. —Me miró a los ojos, y no desvió la mirada—. Me equivoqué. Y os pido perdón por haber dudado.
—¿Y el segundo mensaje? —preguntó Mateo despacio—. ¿Lo del aviso?
—Ese era cierto. Mi investigador descubrió un aparato de escucha en el coche de usted, señor Salgado, instalado hace tres semanas. Ramiro sabía dónde estabais, qué decíais y adónde ibais. Por eso estaba esperándoos la noche del incendio. —Una arruga le cruzó la frente—. No hay ningún traidor entre vuestros amigos. Solo un hombre con mucha paciencia y un micrófono.
Sentí que me quitaban un peso del pecho. Miré a Mateo y vi en su rostro el mismo alivio, tan hondo que casi dolía.
—Gracias —dijo.
—No me deis las gracias todavía. —Beatriz levantó el bastón y señaló la puerta—. ¿Dónde me siento?
* * *
La sala del archivo contiguo a la sala de juntas tenía una pared fina, un ventanuco de cristal esmerilado y una mesa de metal con un altavoz que Nico había conectado a los micrófonos escondidos antes de marcharse. Allí se sentaron Beatriz, la inspectora Lidia Cañas, una mujer de cuarenta y tantos años con el pelo muy corto y cara de no haber dormido desde 2019, y dos agentes de uniforme. Gonzalo se quedó de pie en la puerta, con los brazos cruzados.
—Cuando yo diga, entráis —dijo Cañas—. No antes. Necesito que hable.
—Hablará —prometió Mateo.
—Los hombres como él siempre hablan —murmuró Gonzalo—. Es cuestión de dejarles sitio.
Nos fuimos a la sala de juntas. Yo me alisé el delantal, que había elegido a propósito manchado. Mateo se arregló la corbata con la mandíbula tensa. Nos miramos un segundo, y él me dedicó una sonrisa nerviosa que se me clavó en el pecho.
—¿Lista para odiarme?
—Llevo toda la semana entrenando.
—Eso me da un poco de miedo.
—Debería.
A las seis en punto, la puerta se abrió.
* * *
Ramiro Bellido llegaba impecable, con un traje azul marino, la barba recién recortada y una carpeta de cuero bajo el brazo. Detrás, en el pasillo, un hombre de cuello ancho y traje barato se quedó apoyado en la pared con las manos cruzadas.
—Señores —saludó—. Qué sala tan acogedora.
—Siéntese, Ramiro —dijo Mateo, con voz cansada—. Terminemos con esto.
—Con muchísimo gusto.
Bellido se sentó en la cabecera, abrió la carpeta y fue sacando papeles con una lentitud calculada. A mí me dedicó una sonrisa de aprobación, casi paternal.
—Me alegra ver que ha tomado una buena decisión, señorita Arrieta. Mañana mismo mi secretaria le enviará su contrato.
—Espero que incluya lo que hablamos —respondí con aire de hastío.
—Todo, y más.
—Qué conveniente —dijo Mateo, mirándome con un desprecio tan creíble que por un segundo olvidé que era fingido—. Catorce años de lealtad que se compran con un sueldo.
—No fue la lealtad lo que tú me ofreciste —contesté, y mi voz sonó más fría de lo que quería—. Fue un plazo de treinta días y una puerta cerrada.
—Basta —intervino Bellido, levantando una mano con aire conciliador—. No hace falta pelear. Todo se arregla firmando. Mateo, aquí tienes el contrato de compraventa. Y aquí…
Sacó de la carpeta un segundo documento, grapado, de tres páginas, y lo colocó sobre la mesa con delicadeza.
—…tu carta de intenciones.
Mateo se puso blanco.
No fue una palidez fingida. Lo vi con claridad, como se ve un cristal romperse. Los dedos se le crisparon sobre el borde de la mesa.
—¿Qué carta? —pregunté.
—Ah. ¿No se lo ha contado? —Bellido ladeó la cabeza con una compasión repugnante—. Hace tres semanas, el día mismo de su llegada, el señor Salgado firmó un compromiso de venta preliminar con Ventura. Antes del funeral, antes de ver las cuentas, antes de que usted le pidiera noventa días. Solo faltaban los detalles.
Me quedé inmóvil.
—Inés —dijo Mateo—. Déjame explicarte.
—Mire cómo le tiembla la voz —comentó Bellido, deleitándose—. Ya ni finge. Esto empieza a ponerse interesante.
Yo no estaba fingiendo. Esa era la cosa. Tenía la boca seca y el corazón golpeándome las costillas con un ritmo extraño, y por primera vez desde que había empezado la farsa no sabía dónde terminaba el papel y dónde empezaba yo.