Lo que prescribe
Volví a la fábrica a las ocho y media de la mañana, después de pasar la noche en el sofá de doña Remedios con el gato Cacao enroscado sobre los pies y la cabeza llena de ruido.
Mateo estaba en la puerta principal. Sostenía dos vasos de café de máquina, uno en cada mano, y tenía el aspecto de quien no ha dormido nada y ha decidido fingir que sí. Me tendió uno sin decir palabra.
—Con leche y sin azúcar —dijo.
—Gracias.
No era cortesía. Era una tregua, de esas frágiles que se hacen con las manos ocupadas para no tener que tocarse. Entramos juntos en la nave, a medio metro el uno del otro, con la distancia exacta de dos personas que se han besado y todavía no saben qué hacer con ello.
—Dormí poco —dije al fin.
—Yo no dormí.
—Se nota.
—Tú tampoco estás para anuncios de champú.
Se me escapó una media sonrisa antes de que pudiera evitarla. Él lo vio. Apartó la mirada, y se le tensó un músculo de la mandíbula, y ninguno de los dos dijo nada más hasta que llegamos a la sala de juntas.
* * *
Beatriz Ventura ya estaba allí, sentada muy recta con su bastón entre las rodillas. A su lado, la inspectora Cañas, con la misma cara de no haber visto una cama desde 2019, y Gonzalo apoyado en la pared. Rosa, en una esquina, tomaba notas con una expresión de santa mártir.
—Siento deciros esto de entrada —dijo la inspectora sin rodeos—. Ramiro Bellido salió de comisaría a las siete de la mañana.
Nadie habló.
—Lo detuvimos anoche. Pero su abogado llegó a las once con una lista de objeciones, y esta mañana el juez de guardia ha decidido que no hay motivo suficiente para mantenerlo en prisión provisional. —Se frotó los ojos—. Os explico por qué.
Se inclinó hacia delante y fue contando los puntos con los dedos, sin prisa.
—Uno. La grabación. Los micrófonos los instaló un tercero en una sala privada, sin consentimiento de Bellido. Su defensa dice que es una grabación ilícita y que no puede usarse. Yo creo que puede defenderse, porque Mateo era parte de la conversación y quien participa en una charla puede grabarla. Pero eso lo decidirá un tribunal, no yo, y llevará meses.
—¿Y lo que confesó? —preguntó Mateo.
—Dos. Lo que confesó sobre aquella noche, la muerte de tu madre, el incendio, los informes falsos, todo eso ocurrió hace veintiséis años. —Hizo una pausa—. Y ha prescrito.
La palabra cayó sobre la mesa como un martillo.
—¿Prescrito? —repitió Mateo despacio.
—Los delitos tienen plazo. Pasado ese plazo, aunque el culpable confiese delante de un notario, la ley ya no puede juzgarlo. —Cañas sostuvo su mirada, con una dureza que no era crueldad, sino cansancio—. Lo siento. De verdad. Lo único que se puede perseguir son los delitos recientes: el fraude de los pagos desviados, la vigilancia ilegal con el micrófono en tu coche, y lo que ocurrió la noche del montacargas.
—Intentaron quemarnos vivos —dije.
—Y para probarlo necesito algo más que una sospecha. El hombre del cuello ancho se llama Anselmo Corbalán. Cobra de Ventura como «seguridad». Declara que esa noche estaba en casa, y su mujer lo confirma. Bellido tiene coartada: cenó con tres directivos hasta las once y media. —Frunció el ceño—. Es decir: quien bloqueó vuestra puerta y echó la gasolina no fue ninguno de los dos.
Un frío me recorrió la espalda.
—Hay un tercero —murmuró Gonzalo desde la pared.
—Hay un tercero. —Cañas asintió—. Alguien que sabía que estabais en esa sala. Alguien que no es Bellido. Y que, de momento, no tiene nombre.
Mateo se pasó una mano por la cara. Yo bajé la vista a mis manos, que me temblaban un poco.
* * *
—Hay otra cosa —dijo Beatriz.
Hasta ese momento no había hablado. Había escuchado con los ojos entornados y las manos apoyadas en el pomo del bastón. Ahora abrió el bolso, sacó un sobre de color hueso y lo dejó sobre la mesa, con un cuidado casi reverente.
—Ayer os dije que Ramiro no había contado todo. Anoche abrí su caja fuerte personal, la que tenía en casa. Dentro había tres cosas. —Levantó un dedo—. Primero, esto.
Sacó del sobre tres hojas cuadriculadas, quebradizas, con la letra inclinada de Carmen y los bordes chamuscados.
—Las páginas arrancadas de su cuaderno. —Mateo las tomó con dedos reverentes—. Pero son tres. Faltaban cuatro, o cinco.
—Faltan dos. —Beatriz asintió con pesar—. Hay un recibo en la caja: hace quince años, Ramiro vendió dos de esas páginas a un comprador de Bruselas. Una casa de chocolate belga, de las más antiguas de Europa. Verhoeven. —Dejó que el nombre se asentara—. No sé qué hicieron con ellas. No sé si las entendieron. Pero las tienen.
—Es decir —dije despacio—, hay gente que tiene una parte de la receta desde hace quince años.
—Sin la nana, la receta es un cuerpo sin voz —murmuró Remedios, que había llegado sin que nadie se diera cuenta y se había sentado al fondo con el bolso sobre las rodillas—. Pero a veces un cuerpo sin voz tampoco se queda quieto.
Beatriz levantó el segundo dedo.
—Segundo. Una carta.
Sacó un papel doblado en cuatro, de membrete antiguo, con una firma que reconocí en seguida: Ventura. No Beatriz. Su padre.
—Fechada tres semanas antes del incendio. Mi padre le escribe a Ramiro. Dice… —Se aclaró la garganta, y por primera vez su voz tembló—. Dice: «Consigue esa receta por los medios que sean necesarios. La casa Ventura no puede esperar más».
Se hizo un silencio incómodo.
—Mi padre era un hombre duro, pero nunca creí que fuera capaz de esto. —Beatriz cerró los ojos—. No ordenó matar a nadie. Quiero creerlo, y no tengo pruebas de lo contrario. Pero ordenó conseguir la Tinta, y consiguió que un empleado suyo hiciera lo que hizo. Esa carta es una confesión, Mateo. Y lleva mi apellido.
—¿Qué va a hacer con ella? —preguntó él.
—Dártela. Es tuya. Es la prueba de que Ventura tuvo responsabilidad moral, y probablemente legal, en lo que ocurrió. Si queréis usarla contra mi empresa, tenéis todo el derecho.