Socios
El lunes por la mañana, a las ocho, los veintidós trabajadores de la fábrica se reunieron en la nave, con las cofias en la mano y esa expresión de quien lleva tres días leyendo rumores en los pasillos.
Mateo y yo nos subimos a dos cajas de madera, junto a la Carmen. Era la primera vez en mi vida que me subía a una caja para hablar delante de todos, y descubrí que las piernas me temblaban de un modo muy poco profesional.
—Gracias por venir —empezó Mateo—. Voy a ser breve, como la vez anterior. Pero esta vez traigo mejores noticias.
Se oyó un murmullo. Rosa, en primera fila, se ajustó las gafas con una sonrisa apenas contenida. Nico, a su lado, no dejaba de retorcerse las manos.
—La fábrica no se vende —dijo Mateo.
El silencio duró un segundo. Después estalló algo parecido a un trueno: gritos, aplausos, alguien que silbaba con dos dedos, una mujer que se echó a llorar. Rosa se tapó la cara con las dos manos. Nico dio un salto y abrazó a quien tenía más cerca, que resultó ser un operario de cincuenta años, el cual se quedó rígido como un palo.
Mateo levantó una mano y esperó a que se calmaran.
—Hay más. Mi padre dejó un testamento. Ahora la fábrica pertenece a dos personas, no a una. —Me miró de reojo—. A mí, en un sesenta por ciento. Y a Inés Arrieta, en un cuarenta.
Esta vez el silencio fue distinto. No frío, sino de asombro. Sentí veintidós pares de ojos clavados en mí. Alguien tosió.
Me tocaba hablar. Respiré hondo.
—No sé hacer discursos —dije, con una voz que sonó ridículamente pequeña en aquella nave inmensa—. Solo sé hacer chocolate. Hace catorce años entré aquí a limpiar moldes y don Aurelio me dio algo que no me han dado en ningún otro sitio: confianza sin pedir nada a cambio. Hoy me toca devolverla. —Miré a Mateo y a todos—. Os prometo que no voy a cambiar quién soy. Seguiré en la línea, con las manos en la masa. Pero ahora, además, tengo la responsabilidad de que esta casa siga en pie. Y para eso os necesito a todos.
Rosa empezó a aplaudir. Después Nico. Después los demás, uno tras otro, hasta que el sonido me llenó el pecho y tuve que mirar al techo para que no se me notara lo que estaba pasando en mis ojos.
Casi todos, al menos. Desde el fondo de la nave, junto al cuadro eléctrico, un hombre de unos sesenta años, ancho, de cejas pobladas y manos como palas, no aplaudía. Miraba al suelo con los brazos cruzados. Cuando el ruido empezó a menguar, se dio la vuelta y se marchó por la puerta lateral sin decir palabra.
—Gaspar —murmuró Rosa, a mi lado, con un suspiro—. Era de esperar.
* * *
Gaspar Ibarra llevaba treinta y dos años como jefe de mantenimiento. Había instalado con sus propias manos la mitad de la maquinaria, conocía cada tubería y cada fusible como quien conoce las arrugas de su cara, y don Aurelio, decían, lo consideraba casi un hermano. Era también un hombre de pocas palabras y muchos silencios, de esos que se pasan la vida mirando por encima del hombro de los demás.
Fui a buscarlo al taller de mantenimiento a media mañana. Estaba de espaldas a la puerta, inclinado sobre un motor desmontado, con una llave inglesa en la mano. Olía a grasa, a metal y, curiosamente, a almendras dulces. Lo noté sin pensarlo, porque el aroma era demasiado delicado para un lugar así.
—Gaspar.
No se volvió.
—Quería hablar contigo.
—Estoy ocupado.
—Solo unos minutos.
Dejó la llave sobre la mesa con un golpe seco y se giró. Tenía los ojos pequeños y oscuros, de esos que no se dejan leer.
—Si va a decirme que ahora manda usted, ahórrese el discurso.
—No iba a decirte eso.
—Mejor. —Se limpió las manos con un trapo—. Porque llevo treinta y dos años en esta casa. Don Aurelio me prometió una vez que la fábrica sería para su hijo y para su gente. —Hizo una pausa—. Usted es gente, no digo que no. Pero no es de la familia.
Sentí un pinchazo, porque había algo de verdad en lo que decía. Y porque yo misma me lo había preguntado, de madrugada, mirando el techo de casa de Remedios.
—Tienes razón —dije.
Parpadeó, desconcertado.
—No soy de la familia. Soy la chica que entró a limpiar moldes. Y lo único que puedo prometerte es que haré todo lo posible por no defraudar a don Aurelio. No te pido que me aprecies. Te pido que trabajes conmigo, aunque sea de mala gana.
Gaspar me miró un largo momento. Después, con un gruñido, se volvió hacia el motor.
—Tengo una atemperadora atascada desde hace una semana —dijo—. Si es tan buena como dicen, arréglela.
Era un desafío, y los dos lo sabíamos.
* * *
La atemperadora número dos era una máquina de acero inoxidable, del tamaño de un frigorífico, que se encargaba de enfriar y recalentar el chocolate a la temperatura exacta para que quedara brillante y firme. Llevaba una semana parada, con el chocolate cuajado dentro como cemento. Nadie había conseguido arrancarla.
Me quité el delantal, me remangué hasta los codos y me metí debajo con una linterna.
—¿Qué hace? —preguntó Nico, asomando la cabeza con los ojos como platos.
—Averiguar por qué no funciona.
—Gaspar dice que es el motor.
—Gaspar dice muchas cosas.
Tardé cuarenta minutos. Tenía las manos negras de grasa, el pelo pegado a la frente y la espalda hecha polvo cuando, por fin, di con el problema: una resistencia térmica fundida, escondida tras un panel que nadie había mirado, probablemente porque nadie se había atrevido a desmontarlo. La cambié con una pieza de repuesto del armario, apreté los tornillos, y pulsé el botón de arranque.
La máquina tosió. Tosió otra vez. Y luego empezó a zumbar con un ronroneo constante, regular y feliz.
Nico dio un grito que debió de oírse en el tercer piso.
Gaspar apareció en la puerta con los brazos cruzados. Miró la máquina. Miró mis manos negras. Miró otra vez la máquina.
—La resistencia —dijo.
—La resistencia.