La cajita de latón
—Baja la mano, Gaspar.
Lo dije con una voz más firme de lo que sentía. Él la tenía todavía extendida hacia mí, con la palma abierta, como quien intenta calmar a un animal. Se la miró, como si no recordara que la había levantado, y la dejó caer despacio.
—Solo he venido a recoger una cosa —dijo—. Se lo juro. Iba a dejarlo todo como estaba.
—¿Qué es eso?
Me agaché y recogí del suelo el contenido de la cajita: unos sobres atados con una cinta descolorida, una llave pequeña de hierro y una fotografía antigua. Gaspar dio un paso para impedírmelo, pero se detuvo. Tenía los ojos húmedos.
—Mire, señorita Arrieta…
—Inés. Después de lo de la atemperadora, creo que me he ganado que me llames por mi nombre.
Gaspar tragó saliva. Después, con un suspiro hondo que le sacudió los hombros anchos, se dejó caer sobre una de las banquetas de trabajo.
—Inés —dijo, como probando el sonido—. La noche del fuego, yo estaba en mi casa. Me llamó Rosa a las doce y media para decirme que había humo. Corrí hasta aquí en pijama. Vi a los bomberos sacar la manguera. Y lo primero que pensé, antes que en vosotros, antes que en nadie, fue en esto.
Señaló la cajita.
—Don Aurelio me la dio hace seis años. Me dijo: «Si algún día pasa algo en esa sala, quiero que esto se salve». La escondí detrás de un ladrillo suelto, junto a la ventana, y nunca la abrí. Esta noche los albañiles ya habían revocado la pared y pensé que, si no lo recuperaba ahora, quedaría sepultada para siempre.
—¿Por qué no se lo dijiste a nadie?
—Porque se lo prometí. —Se encogió de hombros con un gesto de infinita fatiga—. Y porque soy un viejo cabezota que no sabe hablar.
Me senté a su lado en la banqueta. Le tendí la mano con la fotografía. Él la miró sin cogerla.
—¿Y el olor a almendra? —pregunté.
Gaspar se quedó desconcertado un segundo. Después levantó las manos, ásperas y agrietadas, enrojecidas por años de disolventes.
—Una crema de farmacia. Para los eczemas. Me la receta el médico desde hace diez años, y huele a almendras dulces. —Soltó una risa breve y seca—. Mi mujer dice que parezco una pastelería.
—¿Y el anillo?
Se miró el dedo. Era una alianza sencilla, de plata gastada, sin sellos ni iniciales. La giró con el pulgar, y vi que por dentro llevaba grabado un nombre diminuto.
—Marisa —leyó en voz baja—. Falleció hace cuatro años. No me lo he quitado desde entonces.
Sentí que me ardía la cara de vergüenza. Había sospechado de este hombre durante toda una cena, delante de todos, y él llevaba el nombre de su esposa muerta en el dedo.
—Perdóname —dije.
—No hay nada que perdonar. —Me miró con una media sonrisa—. Si yo hubiera visto a un viejo malencarado rondando por una sala quemada en plena noche, también habría sospechado.
* * *
Mateo llegó veinte minutos después, jadeando, con la camisa fuera del pantalón y el teléfono todavía en la mano. Rosa, que había oído algo y le había avisado, lo seguía de cerca con cara de culpa.
—¿Qué pasa? Me ha dicho Rosa que… —Se detuvo al vernos a los dos sentados en la penumbra, y miró a Gaspar con una mezcla de inquietud y respeto—. ¿Estáis bien?
—Estamos bien —respondí—. Gaspar tiene algo que contarte.
El viejo se puso en pie con un gruñido, se alisó la camisa y se plantó ante Mateo con las manos a la espalda, como un soldado en formación.
—Tu padre me hizo prometer que te lo diría el día que volvieras —dijo, con una voz que me sorprendió por lo grave—. He tardado en cumplirlo. Perdóname.
—¿Qué es?
—Primero, déjame hablar de la noche del incendio.
Mateo se puso muy quieto.
—Tu madre me pidió, unas semanas antes, que cuidara de ti si algún día le pasaba algo. Yo era joven, estaba recién casado, trabajaba en turnos de noche. Aquel día, el veintiuno de febrero, tenía que haberme quedado hasta las cuatro. —Apretó los puños—. Pero Marisa se encontraba mal y pedí permiso a Aurelio para irme a las doce. Me fui. Y a las tres, cuando todo ardía, yo estaba durmiendo en mi cama como un lirón.
—No fue culpa tuya.
—Llevo veintiséis años diciéndome que sí.
Se hizo un silencio. Mateo avanzó un paso y, con una torpeza que me llegó al corazón, le puso una mano en el hombro.
—Gaspar. Mi padre jamás te culpó. Lo sé porque, si lo hubiera hecho, no te habría dado esa caja.
El viejo levantó la vista, con los ojos llenos de lágrimas.
—No —murmuró—. No me culpó nunca.
—¿Qué hay dentro? —pregunté con suavidad.
Gaspar se limpió la cara con el dorso de la mano y señaló los objetos que yo seguía sosteniendo.
—Las cartas, yo no las he leído. Eso lo juré. La llave es de un cajón del despacho de don Aurelio, creo; nunca la he usado. Y la foto…
No terminó. Me miró y asintió con la barbilla.
—Mírela.
* * *
Era una fotografía en blanco y negro, pequeña, con los bordes amarillentos. Mostraba a dos mujeres de pie ante el escaparate de una tienda de dulces, en una calle empedrada, con edificios altos de fachadas estrechas al fondo. Una era una muchacha de veinte años, morena, alegre, de risa franca, con un abrigo oscuro y las manos metidas en los bolsillos. La reconocí en seguida.
—Carmen —susurré.
La otra era una mujer mayor, de pelo gris recogido, nariz fina y mirada intensa, que sonreía con timidez y le había pasado un brazo por los hombros a la chica. Y sobre su cabeza, en letras doradas sobre fondo verde oscuro, el rótulo del escaparate.
Verhoeven — Chocolatier — Bruxelles.
Me quedé sin aire.
Mateo se inclinó sobre la foto. Lo vi palidecer lentamente, mientras su mirada pasaba del rótulo a las dos caras y de vuelta al rótulo.
—Dale la vuelta —dijo con la voz estrangulada.
Lo hice. En el reverso, con la letra firme y redonda de Carmen:
Bruselas, 1979. Mamá y yo, el último día.
Nadie dijo nada. En la nave sonó, muy lejos, el goteo de una tubería.