Amargo y dulce.

Capitulo 13

El trato de Lasa

Eduardo Lasa llegó a la fábrica el martes, a las doce menos diez, con un ramo de rosas blancas y una sonrisa que habría derretido el cacao sin necesidad de atemperarlo.

Yo estaba en la línea uno, con la cofia puesta y las manos metidas hasta las muñecas en una cuba de avellanas, cuando Rosa se asomó a la puerta con una expresión de profunda desconfianza.

—Tienes visita —susurró—. De las que huelen a colonia cara.

—¿Quién?

—El vicepresidente de Ventura. Pregunta por ti. Solo por ti.

Me limpié las manos con un trapo. Por el cristal de la oficina vi a un hombre de unos cincuenta y cinco años, alto, delgado, de pelo plateado peinado hacia atrás y un traje gris perla que parecía hecho a medida por un sastre que lo adoraba. Hablaba con Nico, que se había quedado clavado en el sitio con las manos a la espalda, como un niño ante el director del colegio.

—Quiero que esté Mateo —dije.

—Ha salido a ver a un proveedor. Vuelve a las dos.

—Entonces esperaré a que vuelva.

Rosa asintió, con un gesto que me recordó a una gata cuando decide que alguien no le gusta. Pero el señor Lasa ya me había visto a través del cristal. Levantó una mano en un saludo elegante, y antes de que pudiera decidir qué hacer, estaba cruzando la nave hacia mí con el paso seguro de quien no ha tenido que pedir permiso a nadie en su vida.

—Señorita Arrieta. —Me tendió el ramo—. Perdone la intromisión. Soy Eduardo Lasa. Tenía muchas ganas de conocerla.

—Es el segundo hombre de Ventura que me lo dice.

—Ah. —Su sonrisa se ensanchó, sin perder un gramo de encanto—. Veo que le han hablado de nosotros. Espero que no mal del todo.

—De usted, poco.

—Entonces voy ganando. —Hizo un gesto con la mano, como invitándome a aceptar las rosas—. No se asuste. No vengo a pelear. Sé que mi compañero Bellido ha sido… poco elegante. Y que la señora Ventura, con toda su buena voluntad, tiene una forma muy suya de ver las cosas. Yo solo quería presentarme y, si me lo permite, invitarla a comer. Sin compromiso. Quiero que sepa que no todos en Ventura somos iguales.

Cogí las rosas por no hacer una escena. Olían a perfume caro y a nada más.

—Tengo que consultarlo con mi socio.

—Por supuesto. —Lasa inclinó la cabeza con elegancia—. Pero le ruego que no se demore. El restaurante cierra las reservas a la una. Estaré esperándola.

Dejó una tarjeta sobre la mesa de acero, se despidió de Rosa y de Nico con una inclinación de cabeza y se marchó sin hacer ruido.

Rosa me miró.

—Eso ha sido lo más educado que me ha pasado en la vida —murmuró—. Y me ha dado un repelús tremendo.

* * *

Mateo regresó a la una menos veinte, con un fajo de albaranes bajo el brazo y las mangas arremangadas. Me encontró sentada en el borde de la mesa de la oficina, con el ramo de rosas blancas en el regazo y una expresión que debió de ser bastante elocuente.

—¿De quién son? —preguntó.

—De Eduardo Lasa.

Soltó los albaranes sobre la mesa.

—¿Ha estado aquí?

—Hace una hora. Me ha invitado a comer.

—Ni hablar.

—Mateo.

—Es un hombre peligroso, Inés. Es el que tiene mayoría en el consejo. Es el que quiere destituir a Beatriz. Es…

—Es el que quiere hablar conmigo a solas, porque cree que soy el eslabón débil. —Dejé las rosas sobre la mesa—. Y tiene razón en una cosa: yo soy la que menos pinta en este tablero. La empleada que heredó por sorpresa. A mí me tratarán con guante de seda, y a ti te tratarán con un cuchillo.

Se pasó una mano por el pelo, con un gesto de frustración que ya empezaba a conocer.

—No me gusta.

—A mí tampoco. Pero quiero ir.

—¿Por qué?

—Porque necesitamos saber qué ofrece. Y porque lo prometí. —Lo miré a los ojos—. Nada de secretos. Te cuento todo antes y todo después. Tú me cuentas todo a mí. ¿Trato?

Mateo me observó un largo rato. Después, despacio, la tensión de sus hombros se fue aflojando.

—Trato —dijo—. Pero con una condición.

—Dime.

—Llevas un micrófono. Nico tiene un bolígrafo que graba, lo he visto. Y Gonzalo se queda en la calle, dentro del taxi, a dos esquinas.

—Pensaba proponértelo yo.

—Lo sé. —Una sonrisa breve, torcida—. Por eso me gusta tanto trabajar contigo.

Se me encendieron las mejillas. Me levanté a toda prisa y fingí buscar algo en un cajón.

* * *

El restaurante era uno de esos locales de mantel almidonado y carta sin precios, donde los camareros parecen bailarines y los clientes hablan en voz baja. Lasa me esperaba en una mesa junto a la ventana, con una botella de agua mineral y una cesta de pan caliente.

—Ha venido —dijo, levantándose—. Qué alegría.

—Tenía hambre.

—Una virtud muy infravalorada. —Retiró mi silla con un gesto impecable—. Pida lo que quiera. Aquí hacen un lenguado excepcional.

Pedí una sopa. Él, el lenguado. Durante veinte minutos conversó con una soltura asombrosa de la industria del cacao, de la historia de la fábrica, de la admiración que Ventura había sentido siempre por los artesanos como Aurelio. Me hizo preguntas inteligentes sobre mi trabajo. Escuchó las respuestas con atención genuina. Si no hubiera sabido quién era, me habría parecido un hombre encantador.

—Voy a ser franco, señorita Arrieta, porque creo que es usted de las que agradecen la franqueza —dijo por fin, dejando los cubiertos—. Lo que ocurrió con Bellido me avergüenza. Fue un error de la empresa, y me gustaría repararlo.

—¿Cómo?

—Con una propuesta. —Cruzó las manos sobre el mantel—. Usted y el señor Salgado son socios. Pero seamos realistas: él es hijo de la casa, un hombre educado en el extranjero, con una carrera brillante en el sector inmobiliario. Usted es una profesional del chocolate que ha dedicado su vida a esta fábrica. Son dos mundos distintos.

—Sigue.

—Ventura está dispuesta a comprarle a Mateo su sesenta por ciento. A un precio muy generoso. Lo suficiente para que él pueda marcharse a donde quiera y empezar de cero. —Sonrió con calidez—. Usted conservaría su cuarenta. Y Ventura le ofrecería la dirección general, con plena autonomía sobre la producción. La fábrica seguiría siendo suya, señorita Arrieta. Solo que con respaldo.



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En el texto hay: misterio, amor, amor odio

Editado: 01.11.2026

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