La primera Tinta
Mateo me enseñó la letra de la nana el miércoles por la tarde, con la puerta del despacho cerrada y las persianas medio bajadas, como si estuviéramos cometiendo un delito.
—Tienes que saberla entera —dijo—. Mi madre decía que la melodía es el cuerpo, pero la letra es lo que la hace latir.
—Llevo tarareándola desde hace una semana.
—Tarareando no es cantar.
Se sentó a mi lado en el sofá viejo de la oficina, el mismo donde de niño se quedaba dormido esperando a sus padres, con los codos sobre las rodillas y una libreta abierta entre los dos. Había copiado la letra de memoria, con una caligrafía apresurada y torcida. Yo la leí en silencio. Era sencilla y antigua, de esas que parecen escritas por alguien que no quería que nadie las encontrara bonitas.
—Empieza tú —dije.
—Mejor tú. Yo te sigo.
Carraspeé, me concentré, y canté:
Corre, caballito, corre, que la luna te va a guiar. Si te pierdes en la noche, yo te sabré encontrar.
Mateo me miraba. No con los ojos de un profesor que corrige, sino con otra cosa, una atención tan fija y tan silenciosa que a la mitad de la segunda estrofa se me olvidó cómo seguía.
—Que la sombra… —murmuré—. Que la sombra no…
—Que la sombra no te asuste —continuó él, bajito—. Que mi voz…
—Que mi voz te acompañará.
Nuestras voces se encontraron en el último verso, la suya grave y rasposa, la mía algo más aguda y temblorosa. Fue un acorde pequeño, apenas un suspiro, pero algo me vibró en el pecho, justo detrás del esternón, y tuve que callarme para respirar.
—Otra vez —dijo él.
—¿Otra vez?
—Mi madre decía que hay que cantarla veinte veces antes de que se te quede dentro.
Cantamos veinte. Quizá más. En algún punto, sin darnos cuenta, el sofá se nos fue quedando pequeño: su hombro contra el mío, su rodilla rozándome la pierna, el calor de su brazo a través de la tela de la camisa. Cuando me equivocaba, él me corregía muy cerca del oído. Cuando él se perdía, yo le tocaba la mano para devolverlo a la melodía, y la dejaba allí un segundo más de lo necesario.
A la decimoctava vez, Mateo dejó de cantar a media estrofa.
—No puedo —dijo.
—¿Qué?
—Concentrarme. —Soltó el aire en una risa corta—. Estás muy cerca, tienes esa manera de fruncir la nariz cuando buscas la palabra, y me estoy portando muy bien, Inés, pero tengo un límite.
Se me encendieron las mejillas hasta las orejas.
—Soy muy buena maestra —dije, sin voz.
—Eres una amenaza para la salud pública.
Me levanté de golpe, alisando la falda del delantal con manos que no sabían qué hacer, y le dije con una dignidad ridícula que íbamos a continuar en la nave, que allí había más ventilación. Detrás de mí, oí cómo Mateo se hundía en el sofá, riéndose en silencio, con la cabeza echada hacia atrás.
* * *
Los demás se fueron marchando a lo largo de la tarde, con una discreción tan poco disimulada que habría resultado cómica en otras circunstancias.
Rosa recogió su bolso a las ocho, y al pasar a mi lado me susurró «hay agua fría en la nevera» con una mirada tan elocuente que tuve que fingir que revisaba un albarán. Nico apagó las líneas con una eficacia sospechosa y desapareció silbando. Gaspar fue el último. Se quedó un rato junto a la Carmen, ajustando el termostato con manos de relojero, y luego se enderezó, se limpió las palmas en el pantalón y nos miró a los dos.
—La máquina está a punto —gruñó—. No la hagáis sufrir.
—Prometido —dijo Mateo.
—Y vosotros, tampoco. —El viejo carraspeó, incómodo, y se encaminó a la puerta sin mirar atrás—. Buenas noches.
Cuando cerró la puerta de la nave, hubo un silencio largo.
—¿Eso ha sido…? —empecé.
—Creo que sí —dijo Mateo.
—¿Gaspar nos ha dado la bendición?
—Gaspar nos ha dado un aviso de protección civil. —Se arremangó la camisa hasta los codos—. Venga. Tenemos treinta bombones que preparar antes del lunes.
* * *
Beatriz había conseguido que dos miembros del consejo de Ventura aceptaran venir a la fábrica el lunes por la tarde, la víspera de la votación: doña Pilar Montero, una antigua directora de calidad con fama de incorruptible, y don Álvaro Rey, un hombre de setenta años al que Lasa daba por seguro y que, según Beatriz, «dudaba más de lo que dejaba ver». Eran los dos votos que podían inclinar la balanza. Y la única manera de convencerlos, había dicho Beatriz, era que probaran la Tinta.
Tenía que estar lista en cinco días. Y para hacerla, nosotros dos teníamos que pasar una noche entera junto a la conchadora, remojando el cacao, vigilando la temperatura, cantando.
Era una idea magnífica. Era también, comprendí cuando por fin nos quedamos solos, una idea muy peligrosa.
La nave estaba vacía, con la luz tenue de las lámparas de trabajo y el zumbido hondo de la Carmen, que llevaba horas calentándose. El aire olía a cacao tostado, a cobre tibio y a madera vieja. Me recogí el pelo con una pinza, me até el delantal, y me puse a pesar los granos con un cuidado casi religioso. Mateo, a mi lado, vertía la masa en el depósito con movimientos lentos y seguros.
—Más despacio —dije.
—Voy despacio.
—Más.
—Estás muy mandona.
—Es mi línea. Mi máquina. Mi casa.
—Nuestra —corrigió él, con una sonrisa ladeada, y me puso la mano sobre la mía en el borde del depósito.
No hizo falta nada más. Fue solo un segundo, su palma cálida cubriendo el dorso de mi mano, los dedos largos y callosos sobre los míos. Pero el aire se me quedó atascado en la garganta, y noté cómo la piel de la nuca se me erizaba bajo el calor de la nave. Ninguno de los dos se movió.
—La válvula —murmuré, apenas audible.
—La válvula.
Me guio la mano hacia la palanca, sin soltarme, y los dos la giramos juntos, despacio, hasta que las aspas de la Carmen empezaron a moverse con su ronroneo antiguo. Notaba su respiración contra mi sien. Notaba el calor de su pecho a un palmo de mi espalda, sin llegar a tocarme. Y el chocolate, ese chocolate oscuro y espeso, giraba y giraba en el depósito, y subía de él un aroma tan hondo que me mareaba.