Amargo y dulce.

Capitulo 15

Las llaves

La colilla estaba en el centro de la bandeja de acero, aplastada con una pulcritud casi insultante, como si alguien hubiera querido firmar el robo.

Rosa se retorcía las manos junto a la puerta. Detrás de ella, la nave entera había dejado de trabajar: veintidós personas asomadas a los pasillos, mudas, con las cofias en la mano y el murmullo del rumor corriendo de boca en boca.

—Nadie ha entrado —susurró Rosa—. Yo he abierto a las ocho y media, como siempre. La cámara estaba cerrada con llave. No había ni un rasguño. Solo… esto.

—¿Quién tiene llave de la cámara? —pregunté.

—Tú. Mateo. Y Gaspar, que tiene la llave maestra.

—¿Y nadie más?

—Nadie.

Me incliné sobre la bandeja. Los treinta y dos bombones, esos treinta y dos pequeños círculos oscuros que habíamos moldeado con la voz y el sudor de toda una noche, habían desaparecido sin dejar ni una migaja. Sentí una rabia seca, helada, que me subía desde el estómago.

—Llama a Mateo —dije.

—Ya viene. Lo he llamado antes que a ti.

Oímos sus pasos por el pasillo antes de verlo. Entró en la cámara con la camisa mal abrochada y el pelo revuelto, y se quedó mirando la bandeja vacía. Luego miró la colilla. Luego a mí. Y en sus ojos, durante un segundo, vi pasar algo que no me gustó nada: una sombra dura, desconfiada, que no había visto desde la primera semana.

—Está cerrada con llave —dijo despacio.

—Lo sé.

—Entonces tiene que ser alguien con llave.

—O alguien que ha copiado una.

—O alguien de dentro.

El aire de la cámara se heló un grado más. Rosa dio un paso atrás.

—Mateo —dije, bajo—, no digas eso aquí.

—Alguien ha entrado, Inés. —Su voz era seca, controlada, la de un hombre que se aferra a la razón como a un pasamanos—. Hemos cerrado esta puerta a las seis. A las nueve y media estaba vacía. Esto no es un robo de aficionado. Y quien lo haya hecho conocía lo que había aquí dentro.

—¿Y qué propones?

—Cambiar todas las cerraduras hoy mismo. Instalar cámaras en la nave y en el almacén. Y pedirle a cada empleado que entregue sus llaves, una por una, para revisarlas.

Me quedé sin aire.

—¿Todas las llaves?

—Todas.

—¿A veintidós personas que llevan años aquí?

—A las veintidós que podrían haberse dejado convencer por alguien.

Rosa soltó un sonido ahogado y salió de la cámara sin decir palabra. Yo oí sus pasos alejándose rápidos por el pasillo y sentí que algo se me rompía por dentro.

—Mateo —dije, despacio—, vamos a hablarlo en el despacho.

* * *

Cerré la puerta del despacho con más fuerza de la necesaria. Mateo se quedó de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos. Yo me apoyé contra la mesa, cruzada de brazos.

—No vas a pedirles las llaves a mis compañeros —dije.

—Nuestros empleados.

—Mi gente.

—Tu gente —repitió, con un deje amargo que no le conocía— es una lista de sospechosos con acceso. Eso es lo que son ahora mismo. Eso es lo que son, mientras no sepamos quién ha sido.

—Rosa lleva catorce años aquí. Nico tiene veintitrés y ha pasado las últimas noches escondiendo micrófonos para salvar esta fábrica. Gaspar…

—Gaspar tiene la llave maestra de todo el edificio.

—¡Gaspar es de los nuestros!

—¡Todos eran de los nuestros, Inés! —Alzó la voz por primera vez—. ¡Nos incendiaron en una sala! ¡Alguien se coló en mi coche para ponerle un micrófono! ¡Y hoy ha entrado alguien en una cámara cerrada con llave! ¿Todavía vas a decirme que no se puede dudar de nadie?

—Se puede dudar sin humillar.

—Se puede dudar sin cerrar los ojos.

—¡No estoy cerrando los ojos! Estoy diciendo que, si empiezas a tratar a esta gente como a criminales, vas a conseguir exactamente lo que Lasa quiere: que esta fábrica se pudra por dentro.

Mateo se pasó una mano por la cara con un gesto de agotamiento.

—Confiar sin dudar nos costó un incendio —dijo, bajo.

—Y dudar de todos nos va a costar la fábrica.

—Eres demasiado sentimental.

La frase quedó suspendida en el aire.

Lo dijo sin pensar, lo vi en su cara; fue un arrebato, uno de esos desafortunados que se escapan cuando uno está cansado y asustado. Pero yo me quedé muy quieta, con la sensación de que el suelo se hubiera movido un centímetro bajo mis pies.

—Se te pasará —añadió, y entonces sí se dio cuenta.

Lo vi cambiar. Se le descolgó la mandíbula. Abrió la boca, la cerró, dio un paso hacia mí.

—Inés, no quería…

—Eso ya lo había leído —dije, muy despacio, con una voz que no reconocí como mía—. En un sobre blanco. Sobre un mantel almidonado.

—No es lo que…

—No hace falta. —Me enderecé, con el corazón martilleándome—. Puedes cambiar las cerraduras. Puedes poner cámaras. Eres dueño del sesenta por ciento y tienes derecho. Pero no voy a pedirle las llaves a Rosa. Ni a nadie. Y si lo haces tú, quiero que lo hagas sabiendo lo que cuesta.

—Inés…

Salí del despacho antes de que pudiera terminar.

* * *

Caminé sin rumbo por la nave, con los puños apretados y la vista nublada, mientras la gente me miraba de reojo y bajaba la cabeza. Pasé junto a la Carmen, que seguía tibia y en silencio, y no pude mirarla. Acabé, sin saber cómo, en el taller de mantenimiento, donde Gaspar estaba sentado en una banqueta con la cabeza entre las manos.

Levantó la vista al oírme. Tenía los ojos rojos.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—Nada. Una discusión. —Me dejé caer en una caja de herramientas—. No quiero hablar de ello.

—Ya.

Hubo un silencio largo, de esos que Gaspar maneja mejor que nadie. Se limpió las palmas en el pantalón, miró hacia la puerta, y bajó la voz.

—Tengo que decirte una cosa, Inés. Y no sé cómo.

Me enderecé de golpe.

—La llave maestra —dijo—. La que abre todas las puertas de la fábrica. La he perdido.

—¿Cuándo?

—Hace cinco días, creo. —Se frotó la cara—. No me di cuenta hasta el lunes por la noche, cuando fui a recoger la cajita. La llevaba en el llavero, junto a las demás. Me faltaba. Pensé que se me habría caído en alguna parte, y no dije nada porque me daba vergüenza. Llevo treinta y dos años cuidando esas llaves como si fueran mis hijos.



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En el texto hay: misterio, amor, amor odio

Editado: 01.11.2026

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