El tercer hombre
Mateo habló con la lámpara.
Fue algo tan absurdo que, al principio, ninguno de los presentes entendió lo que ocurría. Estábamos los siete en el despacho, con las persianas bajadas: Cañas, Gonzalo, Nico, Gaspar, Rosa, él y yo. Nico había sacado con delicadeza el disco metálico de la base de la lámpara y lo había dejado sobre la mesa, sin apagarlo, con su minúsculo punto rojo parpadeando como un ojo.
Mateo se inclinó hacia él, apoyó las manos en el borde del escritorio y habló en voz clara y tranquila.
—Sé que me oyes. Sé que llevas semanas oyéndome. Sé que dejaste esto encendido porque querías saber si lo encontrábamos. —Hizo una pausa—. Pues lo hemos encontrado.
Rosa se llevó una mano a la boca. Gonzalo, apoyado en la pared, cruzó los brazos con una sonrisa casi imperceptible.
—El sábado por la noche, a las diez, mi socia y yo vamos a preparar una nueva tanda de Tinta —continuó Mateo—. Aquí. En la nave. Solos. Con la Carmen. Treinta y dos bombones más, para la cata del lunes. Los guardaremos en la cámara de frío y no habrá nadie más en el edificio hasta el amanecer. —Sonrió con una frialdad que me heló la sangre—. Si quieres volver a llevártelos, ya sabes dónde estamos. Ven a buscarlos.
Se enderezó. Nico se acercó de puntillas, apagó el disco con la punta de un destornillador y lo guardó en una bolsa de plástico. Nadie dijo nada. Cañas lo miraba con los ojos entornados, entre el reproche y la admiración.
—Es el plan más imprudente que he oído en veinte años de servicio —dijo por fin.
—¿Funciona?
—Probablemente. —Se frotó la sien—. Pero tengo que organizarlo de forma que nadie salga herido.
—Por eso estáis aquí.
Gonzalo se separó de la pared, ya con el gesto serio de un sargento a punto de repartir posiciones.
—Hay que pensar como él —dijo—. Un hombre que deja un micrófono encendido para oíros buscarlo es un hombre que se cree más listo que los demás. Y que disfruta con ello. Vendrá. Y vendrá armado.
Sentí cómo se me cerraba la garganta. Mateo me buscó con la mirada y yo asentí, despacio, con el pulso en los oídos.
—Entonces que venga —dije.
* * *
Pasamos el viernes entero preparándolo todo.
Cañas colocó a dos agentes en el archivo contiguo a la sala de juntas, otros dos en la entrada trasera, y reservó un vehículo camuflado en la calle de atrás. Gonzalo se instaló en la cámara de frío, entre las bandejas vacías, con una linterna apagada y una silla plegable. «Allí es donde vendrá a buscar», dijo. «Y allí es donde me va a encontrar». Nico fue conectando, con manos temblorosas y ojos brillantes, tres minúsculas cámaras que había improvisado con piezas de su garaje, para que Gaspar y Rosa pudieran seguirlo todo desde el viejo archivo del sótano, lejos de cualquier micrófono.
Gaspar, por su parte, cambió él mismo las cerraduras del edificio, una por una, con una concentración casi religiosa, todas menos la de la puerta trasera. «Que entre con su llave», había dicho Gonzalo. Mateo le había pedido perdón en persona el jueves por la noche, a puerta cerrada, y no sé qué se dijeron, pero el viejo salió con los ojos enrojecidos y una expresión extrañamente ligera, como si se hubiera quitado de encima un peso de veintiséis años.
—Que no se te olvide una cosa —me dijo, antes de irse a casa a descansar—. Los hombres educados son los más peligrosos. Porque nunca les parece que hacen nada malo.
—Lo tendré presente.
—Y tú, hija, no dejes de cantar. Pase lo que pase.
El sábado, a las seis de la tarde, la fábrica estaba vacía. Remedios había organizado una cena para todo el equipo en su casa, con empanadas, vino tinto y una promesa de lotería que nadie se tomó en serio, pero que sirvió de coartada perfecta para que no quedara nadie en el edificio. Nico, Rosa y Gaspar se quedaron en el archivo del sótano, con los monitores, y Gonzalo se metió en la cámara de frío a las siete en punto, con un termo de café y una mirada impenetrable.
Mateo y yo nos quedamos solos, de pie ante la Carmen, con los delantales puestos y la nave inmensa, silenciosa y casi hueca a nuestro alrededor.
—Tengo miedo —dije, bajito.
—Yo también.
—¿Y si no viene?
—Vendrá. —Me tomó la mano y la apretó—. Es lo que hacen los hombres que están seguros de ganar. No pueden resistir el último movimiento.
—¿Y si trae a alguien más?
—Entonces tendremos a Cañas.
—¿Y si…?
—Inés. —Me puso una mano en la mejilla—. Mírame. Vamos a cantar. Vamos a hacer el mejor chocolate que hayamos hecho nunca. Y vamos a atrapar a ese hombre. Y después, cuando todo esto termine, voy a cumplir mi parte del trato.
—¿Cuál?
—No portarme bien.
Se me escapó una risa temblorosa. Me puse de puntillas y le di un beso corto en la comisura de los labios, tan rápido que no le dio tiempo a reaccionar.
—Eso es por si acaso —murmuré.
—Voy a empezar a hacerme el valiente más a menudo —dijo él, medio mareado.
* * *
A las diez en punto, encendimos la Carmen.
La conchadora arrancó con su ronroneo familiar, y la nave se llenó poco a poco de ese olor denso, oscuro, que ya me resultaba imposible separar de la idea de hogar. Pesamos los granos, ajustamos las temperaturas, y nos pusimos uno junto al otro, con los hombros rozándose, ante el depósito de cobre.
Mateo empezó a cantar. Yo, al segundo compás, me uní.
Corre, caballito, corre, que la luna te va a guiar.
Nuestras voces sonaron más firmes que otras veces, quizá porque el miedo las tensaba, o quizá porque ya empezábamos a conocernos. Mateo me miraba de reojo, y yo a él, y en cada verso aparecía una especie de promesa silenciosa, una certidumbre que no necesitaba nombre. Cantamos durante una hora, y luego otra. El tiempo se estiró. En los monitores del sótano, según me contó Nico después, Rosa lloró dos veces.
A las doce y media, cuando el chocolate empezaba a adquirir su brillo oscuro y la nave se había vuelto tibia y densa como una caja de música, lo oí.