El consejo
Me desperté con su respiración en la nuca.
Durante unos segundos no supe dónde estaba. Había una manta que olía a lavanda, el borde áspero de un sofá viejo contra la espalda, una luz gris colándose entre las lamas de una persiana. Y un brazo, pesado y cálido, rodeándome la cintura, con la mano abierta sobre mi costado y los dedos apenas rozándome las costillas.
Mateo dormía pegado a mí. Tenía la cara hundida en mi pelo y respiraba despacio, con ese ritmo hondo y regular de quien por fin se ha rendido al cansancio. Su pecho subía y bajaba contra mi espalda. Notaba el latido de su corazón, lento, tranquilo, justo a la altura de mis omóplatos.
No me moví. No quería.
Siete horas, había dicho Cañas. Habían pasado dos. Todavía quedaban cinco. Cinco horas para un consejo, para una votación, para el final de todo. Y yo, en ese sofá, con el brazo de un hombre alrededor de la cintura, me permití pensar que cinco horas eran muchísimas.
—¿Llevas mucho despierta? —murmuró Mateo contra mi pelo.
Di un respingo.
—Un rato.
—¿Y no me has despertado?
—Estabas… cómodo.
Sentí cómo sonreía contra mi nuca. Fue un gesto minúsculo, una curva en su boca que me recorrió la piel hasta la base de la espalda. Su brazo se apretó un poco más a mi alrededor, y su pulgar, muy despacio, trazó un círculo en mi costado a través de la tela del delantal.
—Hasta el consejo —dijo, con la voz todavía ronca de sueño.
—Hasta el consejo.
—Es en cinco horas.
—Lo sé.
—Y falta mucho para…
—Mateo.
—Perdón. —Soltó una risa baja, y su aliento me hizo cosquillas bajo la oreja—. Es que me está costando muchísimo ser un hombre de palabra.
Me giré entre sus brazos. Quedamos frente a frente, a un palmo de distancia, con la manta enredada entre los dos y la luz del amanecer dibujándole sombras bajo los ojos. Tenía el pelo revuelto, la camisa abierta en el cuello, un rastro de cacao seco en la mejilla. Alargué la mano y se lo quité con el pulgar, despacio.
Cerró los ojos. Le temblaron las pestañas.
—Cinco horas —susurré— no son nada.
—Cinco horas —repitió él, con una media sonrisa— son una eternidad.
La puerta del despacho se abrió de golpe.
—¡Buenos días, buenos días! —entró Remedios, cargada con una bolsa de tela en cada brazo, una percha colgada de un dedo y un termo bajo la axila—. Os he traído ropa decente y café de verdad, que no aguanto vuestro brebaje de máquina. Arriba, arriba, que hay un mundo que salvar.
Nos separamos como si nos hubieran pillado robando. Mateo se incorporó de golpe y se pasó las dos manos por el pelo. Yo me puse en pie con las mejillas ardiendo y busqué con desesperación algo que hacer con las manos.
Remedios nos miró a los dos, con las cejas arqueadas y una sonrisa tan inocente que daba miedo.
—Qué cansados parecéis —dijo—. Habéis debido de dormir fatal.
—Fatal —dijimos los dos a la vez.
El vestido que Remedios había elegido para mí era verde oscuro, de manga larga, con un escote discreto y un corte sencillo que me llegaba por debajo de la rodilla. No sé de dónde lo había sacado. Me quedaba como si me lo hubieran hecho a medida.
Me miré en el espejo del baño de la oficina durante un largo rato. La mujer que me devolvía la mirada tenía las ojeras maquilladas, el pelo recogido en un moño bajo y una mancha de ansiedad en los ojos que ninguna máquina de café iba a quitar. No parecía la jefa de producción. Parecía alguien a punto de entrar en un tribunal.
Cuando salí, Mateo estaba de pie junto al escritorio, de espaldas, atándose la corbata ante la ventana. Llevaba un traje gris oscuro, camisa blanca, el pelo peinado hacia atrás con las manos mojadas. Se volvió al oírme.
Se quedó inmóvil.
No dijo nada. Ni una palabra. Solo me miró, con la corbata a medio hacer entre los dedos y una expresión tan abierta, tan desprotegida, que sentí que la sangre me subía hasta las orejas. Sus ojos bajaron despacio por el vestido, subieron hasta mi cara, y se quedaron allí.
—Tienes la corbata torcida —dije al fin, sin voz.
—Sí. —No se movió—. Es posible.
—¿Quieres que…?
—Por favor.
Me acerqué. Me puse frente a él, tan cerca que podía contar los botones de su camisa, y le tomé los dos extremos de la corbata. Mis dedos temblaban un poco. Hice el nudo despacio, con una concentración ridícula, mientras notaba su aliento en mi frente y el calor de su cuerpo a través de la tela. Cuando terminé, alisé la corbata contra su pecho con la palma abierta.
Y no la retiré.
Debajo de mi mano, su corazón latía a una velocidad que no tenía nada que ver con el sueño.
—Inés —dijo, casi sin aire.
—Tenemos un consejo —susurré.
—Lo sé.
—Y una inspectora.
—Lo sé.
—Y Remedios al otro lado de la puerta.
—Lo sé. —Se inclinó, apenas, hasta que su frente tocó la mía—. Y después de eso… se acaba el trato.
—Después de eso —dije, y las palabras me salieron temblando— te cobro lo que me debes.
Cerró los ojos. Soltó el aire de golpe, entre una risa y un gemido.
—Vas a matarme —murmuró.
—Todavía no. Primero, el consejo.
El edificio de Ventura era una torre de cristal y acero en el centro financiero, con un vestíbulo de mármol blanco, recepcionistas de traje oscuro y un ascensor panorámico que subía por el exterior como una burbuja suspendida sobre la ciudad.
Gonzalo nos había llevado en el taxi, con Remedios en el asiento delantero, silenciosa y tiesa con su mejor bolso. Mateo y yo habíamos viajado atrás, con la caja de acero de los bombones sobre las rodillas, envuelta en un paño blanco. Él había entrelazado los dedos con los míos nada más sentarnos, y no los había soltado en todo el trayecto. A mitad de camino, su pulgar había empezado a trazar círculos lentos en el interior de mi muñeca, justo sobre el pulso, y yo había tenido que mirar fijamente por la ventanilla para no hacer ninguna tontería.