Bruselas
Salimos el martes al amanecer, con una maleta pequeña, una carpeta de cartón y la sensación de ir a una cita con alguien a quien llevábamos toda la vida esperando.
La fábrica entera se había presentado en el aparcamiento para despedirnos. Rosa me puso entre las manos una bolsa de papel llena de bocadillos que habría alimentado a un regimiento. Nico, con los ojos enrojecidos, nos abrazó a los dos a la vez, con tanta fuerza que me crujieron las costillas. Gonzalo, apoyado en el taxi, se limitó a asentir con la barbilla, que en su idioma equivale a un discurso de media hora. Y Gaspar, que se había quedado el último, se acercó a Mateo con paso lento y le puso en la mano un termo de acero abollado.
—Era de tu padre —dijo—. Siempre lo llevaba en los viajes. Dice que el café sabe mejor cuando uno vuelve a casa.
Mateo apretó el termo contra el pecho. No pudo decir nada.
—Cuídala —añadió el viejo, mirándome de reojo con una sonrisa casi invisible—. Y que te cuide. Que no se os olvide a ninguno de los dos.
—No se nos olvidará —dije.
Remedios fue la última. No dijo palabra. Se acercó, nos tomó las caras entre sus manos de raíz, nos besó una mejilla a cada uno, y se dio la vuelta para que no la viéramos llorando.
No me había subido nunca a un avión.
Se lo confesé a Mateo cuando ya estábamos sentados, con el cinturón puesto y la cabina llena de gente guardando bolsas en los compartimentos. Él me miró con una ceja arqueada.
—¿Nunca?
—Nunca. Catorce años en una fábrica, ¿para qué iba a viajar?
—Para ver mundo.
—El mundo, para mí, llegaba en sacos de cacao.
Se rio, bajito, y me tomó la mano. La apoyó en su rodilla y la cubrió con la suya, grande y cálida, como se tapa a un pájaro asustado.
—Respira —dijo—. Es como una atemperadora. Hay un momento de sacudida, pero luego todo se estabiliza.
—Qué comparación tan poco científica.
—Pero eficaz.
Cuando el avión empezó a rodar por la pista, me aferré a su mano con las uñas. Cuando despegó, cerré los ojos y noté cómo me hundía en el asiento. Mateo no dijo nada. Se limitó a acariciarme el dorso de la mano con el pulgar, despacio, siguiendo una línea invisible desde los nudillos hasta la muñeca, una y otra vez. Y poco a poco, sin saber cómo, el miedo se fue disolviendo en algo más tibio y más peligroso.
A mitad del vuelo me quedé dormida. Desperté con la cabeza apoyada en su hombro y su chaqueta sobre mis rodillas. Mateo tenía los ojos fijos en la ventanilla, con una expresión distraída, y la mano libre jugueteando con un mechón de mi pelo.
—Estás despierta —murmuró, sin volverse.
—Un poco.
—Roncas muy bajito.
—Mentira.
—Es la cosa más tierna que he oído en mi vida.
Me incorporé, colorada hasta las orejas, y él se rio sin hacer ruido, con la cara vuelta hacia mí. Había una luz nueva en sus ojos, una ligereza que yo no le había visto nunca. Nos miramos un segundo de más. Después el altavoz anunció el descenso, y los dos fingimos una enorme atención por el cinturón.
Bruselas nos recibió con una llovizna fina, gris y persistente, que empapaba las aceras de adoquines y hacía brillar las fachadas estrechas y altas de las casas antiguas. Había tranvías, una niebla suave sobre los tejados y un olor tibio a gofres y a lluvia.
—Es igual que en la foto —murmuró Mateo, mirando por la ventanilla del taxi—. Casi igual.
El hotel era un edificio pequeño y viejo, de fachada de piedra, a diez minutos a pie de la tienda de Odile. Beatriz nos había reservado dos habitaciones. Pero el recepcionista, un joven de bigote fino y expresión angustiada, nos recibió con una disculpa en tres idiomas.
—Un congreso de pastelería —explicó, retorciéndose las manos—. Ha habido una confusión con las reservas. Solo me queda una habitación libre. Con dos camas, naturalmente.
Mateo y yo nos miramos.
—No hay ningún problema —dijo él, con una dignidad impecable.
—Ninguno —confirmé yo, con la voz un poco aguda.
La habitación estaba en el último piso, bajo un techo inclinado de vigas oscuras. Tenía una ventana pequeña con vistas a los tejados mojados, una alfombra gastada y dos camas individuales separadas por una mesilla de madera, con una lámpara de pantalla verde. Me quedé de pie en la puerta, con la maleta en la mano, sin saber qué hacer.
—Yo puedo dormir en el sillón —dijo Mateo.
—No hay sillón.
—Entonces en el suelo.
—Mateo. —Solté una risa nerviosa—. Somos adultos.
—Eso dicen.
Dejé la maleta sobre la cama de la derecha. Él puso la suya en la de la izquierda. Durante unos minutos, los dos nos movimos por la habitación con una cortesía exagerada, desempacando en silencio, como dos desconocidos que comparten vagón de tren. Cuando por fin me metí en el baño para cambiarme, apoyé la frente contra la puerta cerrada y respiré hondo.
Un día, me dije. Solo un día.
Cenamos en un pequeño restaurante de la esquina, donde nos sirvieron una sopa de pescado y una cerveza oscura que me hizo cosquillas en la nariz. Hablamos de todo menos de lo que realmente nos ocupaba: de la fábrica, de Remedios, de lo que diría Rosa cuando le contáramos lo del congreso de pastelería. Cuando volvimos al hotel, la lluvia había arreciado.
Nos acostamos con la luz del techo apagada, cada uno en su cama, a poco más de un metro de distancia. La lamparita verde de la mesilla seguía encendida, dejando un círculo suave de luz entre los dos.
—¿Duermes? —susurró Mateo.
—No.
—Yo tampoco.
El silencio se espesó. Fuera, el agua repiqueteaba sobre los tejados. Oía su respiración, a pocos metros, y era como si el aire de la habitación estuviera hecho de hilos que nos unieran sin tocarnos.
—Estoy nervioso —dijo.
—Lo sé.
—Mañana voy a ver a la madre de mi madre. Y no sé qué decirle.
—No hace falta que digas nada. —Me volví hacia él. Su perfil se dibujaba contra la luz verde, con el pelo revuelto sobre la almohada—. Basta con que cantes.