EL PRECIO DEL AMOR
Cami
Fuera de la habitación había caos. Tapé mi boca, sorprendida, mientras mis ojos recorrían lo que parecía una escena sacada de una pesadilla.
Carla estaba encima de mi madrastra, tirándole del pelo como si pudiera arrancarle el alma, mientras le daba cachetazos una y otra vez. Miguel y Laureano se estaban golpeando con furia. No era una pelea común; era brutal, salvaje. Un torbellino de gritos, golpes y odio lo envolvía todo.
Del otro lado, la abuela y Emma se refugiaban una en la otra, temblando, mientras Roque las hacía entrar a mi cuarto para protegerlas.
Nuestros amigos nos miraron a Leo y a mí. Al verlos, soltamos nuestras manos. La realidad nos golpeaba de frente.
—Te vas a arrepentir por lo que le hiciste a mi amiga, perra.—Escupió Carla de manera despectiva. Su mano seguía aferrada al pelo de Carina mientras le tiraba la cabeza hacia atrás.
—¡¿Qué está pasando?!—Gritó mi papá, entrando alterado por el escándalo. Todos giramos hacia él. Yo me escondí detrás de Leo.
No estaba lista para esto.
Carina se levantó del suelo y corrió hacia mi papá, buscando refugio en sus brazos, pero él no la recibió.
—¡Mi amor! ¡Son delincuentes juveniles! ¡Nos quieren matar!—Gimoteó desesperada.
—Tranquila.—Dijo Carla, segura de sí misma—. Ya le expliqué todo por teléfono. Además, le mandamos las grabaciones de las cámaras de seguridad.
—¿Cámaras...?—Murmuró Carina, jadeante, visiblemente alterada.
Carla asintió con una sonrisa triunfal. El aire se volvió más denso.
—Vas a pagar, basura.—La voz de Leo me hizo mirarlo.
Su mirada no se apartaba de Laureano. Caminó decidido, empujó a Miguel a un costado y se abalanzó sobre él. Traté de frenarlo antes de que mi hermanastro lo lastimara, pero Miguel me agarró.
—No, Cami. Te van a lastimar. No te metas entre ellos.—Me sostuvo de las muñecas, firme.
Yo tironeaba, desesperada, buscando liberarme.
—Miguel, por favor...—Musité con la voz quebrada para que solo él me escuchara. Mis ojos iban de él a Leo, suplicantes.
—Basta, ustedes dos.—Mi papá y Roque intentaban separarlos sin éxito.
—Miguel, tenemos que frenarlos. Laureano sabe pelear, Leo no.—Las lágrimas caían sin control mientras le rogaba.
—¿Por qué no nos dijiste lo del embarazo?—Esquivó mi súplica.
Mis pupilas se movían desesperadas y viajaban de él a Leo. No entendía por qué preguntaba eso ahora. Estaba aterrada.
—Leo...—Deduje con voz temblorosa.
—Sí. Por eso dejo que se descargue. Él sabe todo lo que te hizo. Quiere vengarte. Si no lo hubiese frenado antes, ya habría terminado con esto desde que se enteró.
Negué con fuerza.
No lo vale. Está arriesgando su vida por mí y no lo vale. Laureano está loco. No le importa nadie más que él mismo.
—No lo vale...—Le repetí entre susurros, la voz hecha cenizas.
Volví a mirar a Leo… y mi corazón se detuvo.
En la mano de Laureano brillaba un cuchillo.
No lo pensé. Empujé a Miguel con fuerza y me lancé hacia ellos. Agarré la muñeca de mi hermanastro con firmeza, deteniéndolo en seco. Él me miró. Todos lo hicieron. Sentí cada mirada.
—Que ni se te ocurra.—Le dije, mirándolo directo a los ojos. Sin miedo. Yo soné fuerte, mi voz por primera vez salió al mundo, y no tembló.
Intentó soltarse, pero no se lo permití. Nunca supe cuánta fuerza llevaba dentro hasta ese momento.
—Soltame.—Dijo, tratando de esconder su desesperación. Me escaneó con la mirada, después sonrió, cínico—. Creo que te subestimé. Siempre pensé que el amor volvía débiles a los humanos… pero este bastardo parece hacerte fuerte.
Trató de zafarse. Yo apreté más.
—Te lo advertí, perra.—Levantó su mano libre para golpearme, pero Leo lo frenó justo a tiempo.
—Ni se te ocurra tocarla.—Le escupió, amenazante.
Laureano soltó una risa burlona.
—¿Y por qué no? No sería la primera vez.
Lo solté de golpe, como si me hubiera quemado. Leo se le fue encima.
Mi papá adoptivo me agarró la cara entre las manos.
—Cami, ¿estás bien?
—Papá...—Fue lo único que pude decir. La palabra me ardió en la garganta, pero salió.
Y entonces, volví a la realidad. El cuchillo. No lo había soltado.
Me solté de mi papá y centré mi atención en ellos, tratando de encontrar el cuchillo. Un quejido se escuchó. Después vi a Leo caer a un costado.
Laureano le había clavado el arma en el estómago.
Tapé mi boca. Sentí el pecho a punto de estallar.
—Te lo dije.—Recalcó con satisfacción al levantarse—. El amor hace a los humanos débiles.
Se me acercó, con esa maldita sonrisa.
—Jaque mate al rey.
La sangre me hervía.
Cuando mi papá fue a tomarlo del cuello, me adelanté. Lo empujé con tanta fuerza que su espalda golpeó contra la puerta de una habitación.
—Te voy a dar jaque mate.—Le dije entre dientes.
—Guau...—Jadeó—. Creo que sí te subestimé.
Rió, cansado. Burlón. Me estaba haciendo perder la cabeza.
Mis padres intentaron separarme, pero no los dejé. Mis lágrimas ardían, pero mis manos seguían firmes contra su pecho.
—Cami...—La voz de Leo me atravesó en medio del caos. No lo solté, pero ya no escuchaba a nadie más—. No vale la pena.—Musitó, y por un segundo, supe que tenía razón.
Miguel se levantó del suelo y vino hacia mí.
—Hey... solo tenemos que llevarlo al hospital. Carla ya llamó a la ambulancia. Vos también necesitás atención médica. Por favor, dejá que la policía se encargue. Ya vienen.
Apreté los labios. La rabia me quemaba por dentro.
Aunque resignada, al final les hice caso.
Pero antes de alejarme completamente de él, me acerqué y le di un cabezazo. Laureano cayó al suelo.
La cabeza me dolía.
—¿Te volviste loca?—Me reprendió Miguel.
Corrí sus brazos de mis hombros y me agaché en el suelo, empecé a presionar la herida de Leo, traté de sacar el cuchillo.
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Editado: 17.08.2025