Cómo empezó todo
Elanith
Hola, mi nombre es Elanith. Tengo 18 años, soy de Estados Unidos, y vine a vivir a este hermoso país: Suecia. Mi objetivo era claro: culminar mis estudios universitarios. Estaba emocionada, aunque también un poco nerviosa por todo lo que me esperaba. Sin embargo, pronto conocí a personas de mi país con quienes conecté de inmediato. Entre nosotros surgió una química especial, quizá por compartir ese mismo sentimiento de estar lejos de casa. Salíamos juntos, disfrutábamos y, a la vez, cada uno se enfocaba en su carrera.
Yo estudiaba administración. Aunque venía decidida a terminar la universidad, entendí rápidamente que estar fuera de tu zona de confort implica mucho más que adaptarte: necesitas dinero para cubrir tus propios gastos. No podía seguir dependiendo de mi madre. Ella ya tenía bastante con sus propias responsabilidades y obligaciones.
Por eso, empecé a buscar trabajos que me permitieran continuar con mis estudios, ayudar a mi madre desde la distancia y cubrir mis necesidades personales. No fue fácil, pero esa decisión marcó el inicio de una etapa de mucho crecimiento y aprendizaje.
Comencé con trabajos pequeños: cuidar niños algunas noches, limpiar casas los fines de semana o ayudar en eventos cuando necesitaban manos extra. Al principio sentía vergüenza. No porque el trabajo fuera malo, sino porque nunca imaginé tener que hacer tantas cosas a la vez. Era un contraste fuerte: por un lado, estudiaba algo tan creativo como el diseño gráfico, y por otro, terminaba mis días agotada limpiando baños o cocinando para otras personas.
Con el tiempo, esa vergüenza se fue transformando en orgullo. Entendí que ningún trabajo es pequeño cuando lo haces con dignidad. Me di cuenta de que cada cosa que hacía, por más sencilla que pareciera, me estaba acercando a mis metas. El dinero que ganaba no solo me permitía pagar mis materiales de clase —que no eran nada baratos— sino también brindarle algo a mi madre, aunque fuera poco. Eso me llenaba el corazón.
Aprendí a valorar el esfuerzo. A organizarme mejor. A levantarme temprano y a acostarme tarde. A veces dormía poco, pero el simple hecho de seguir estudiando lo que amaba me daba fuerzas. No siempre fue fácil. Hubo días en los que dudé si valía la pena tanto sacrificio, si algún día iba a ver los frutos. Pero algo dentro de mí me decía que sí, que debía seguir, que estaba en el camino correcto.
Así fue como comenzó todo: con miedo, con dudas, pero también con muchas ganas de salir adelante.
Mi amiga trabajaba en una pequeña cafetería frente a un parque. El trabajo se lo consiguió una amiga suya después de que se quedara sin empleo. Yo, por mi parte, seguía trabajando y estudiando cómo podía. Con el tiempo, a ella le ofrecieron un puesto como cuidadora de un niño y la paga era buena. A ella siempre le encantó ese tipo de trabajo: lo estudió, lo amaba, y le hacía feliz saber que podía ayudar a que la vida de otros fuera más llevadera y brindarles ese calor que los niños necesitan.
No lo pensó dos veces. Tomó la oportunidad, pero no quiso dejar colgado su puesto en la cafetería, así que me lo ofreció a mí. Tenía buena paga, un horario flexible y, lo más importante, una estabilidad que hasta entonces había sido un lujo.
Empecé la semana siguiente. Me gustó desde el primer día: ayudar a preparar todo para los clientes, atender, servir… Sentía que encajaba. Mis compañeros eran muy amables, todos excepto una: Verónica. Algo en ella cambió desde que empecé a trabajar allí. A veces hacía cosas pequeñas para incomodarme, pero lo que más me marcó fue el día en que, mientras ayudaba en la cocina, colocó una tapa caliente demasiado cerca de mi brazo. Me quemé el antebrazo. El dolor fue agudo, pero más me dolió su indiferencia. Ni siquiera se disculpó. En ese instante, supe que debía mantenerme al margen de ella… y también del cocinero que me enseñaba a preparar los platillos del menú.
Tal vez ahí estaba la raíz de su actitud: a ella le gustaba él. Josh siempre ha sido respetuoso conmigo y con los demás compañeros.
Una semana después, mientras preparaba mi café antes del almuerzo —la hora más movida del día—, comenzó a sonar una canción que me encantaba. No había nadie en la cafetería aún, así que me puse a tararearla y a moverme un poco, distraída en mi propio mundo.
De pronto, sentí una mirada fija en mi espalda. Me giré rápidamente, pero solo alcancé a ver el reflejo de una persona cruzando. No le di mucha importancia. Seguía sirviendo café cuando me pidieron atender la mesa que acababa de llegar.
Y entonces lo vi.
Ahí estaba él. Sentado con una calma inquietante. Alto, varonil, piel clara, cabello negro como la noche. Pero lo que me paralizó fueron sus ojos: grises, intensos, como si pudieran leerte el alma. Nunca había visto una mirada así. En el instante en que quedamos frente a frente, supe que serían mi perdición.
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Editado: 15.07.2025