Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 1: La red y la luna

Lucas Almeida llevaba once años sumergiéndose en las mismas aguas, y creía conocerlas como se conoce la cara de un viejo amigo. Sabía en qué rocas se escondían los pulpos tímidos, en qué grieta dormían las morenas y a qué hora exacta las sardinas se ponían nerviosas y salían en espiral.

Por eso aquella mañana de septiembre, cuando el reloj de su muñeca marcó cuarenta minutos de inmersión, no esperaba nada distinto a lo de siempre: contar erizos, anotar la temperatura del agua y fotografiar las praderas de posidonia para el informe trimestral del instituto.

Santa Marea era un pueblo tan pequeño que el semáforo de la plaza había sido un escándalo político. Las casas, blancas y apretadas, bajaban hacia el puerto como si quisieran lanzarse al agua. Lucas vivía en una de ellas, con una terraza que olía a sal y un laboratorio improvisado en la planta baja, donde su único compañero era Pulpo Paul, un acuario con un pulpo de verdad al que había llamado así por falta de imaginación y exceso de cariño.

Esa mañana el mar estaba extrañamente quieto. Demasiado. Lucas flotaba a doce metros, con la luz del sol cayendo en columnas doradas, cuando notó que los peces habían desaparecido. No se habían ido: se habían escondido.

Entonces lo oyó.

Era un sonido bajo y hueco que atravesaba el agua, algo entre un lamento y una protesta. Lucas giró despacio y vio, al fondo, entre las rocas del cantil, una red fantasma. Era uno de esos trozos de aparejo abandonado que los pesqueros pierden y que se quedan años matando en silencio. Ya había visto tortugas, delfines y rayas atrapadas así. Sacó su cuchillo de buceo, ajustó el regulador y avanzó, con esa mezcla de rabia y tristeza que le producía siempre aquel espectáculo.

La red se movía. Algo grande forcejeaba dentro, y no era una tortuga.

Lucas se detuvo a tres metros, con el corazón martillándole el pecho. Entre las mallas verdosas asomaba una cola larga y poderosa, de un azul tan intenso que parecía robado del cielo de agosto, con reflejos violetas y plateados que latían como si respirara luz. Subía hacia una cintura estrecha, hacia una piel clara moteada de escamas diminutas en los costados, hacia unos brazos enredados en el nailon y una melena oscura y enorme que flotaba a su alrededor como tinta viva.

Y hacia un rostro.

Unos ojos, color verde mar en tormenta, lo miraban fijamente. No había miedo en ellos, o no solo miedo. Había, sobre todo, una indignación magnífica.

Lucas parpadeó. Pensó en la narcosis de nitrógeno, aunque a doce metros era imposible. Pensó en una insolación, aunque estaba bajo el agua. Pensó, absurdamente, que tenía que anotar aquello en el informe y que no iba a saber en qué casilla.

La criatura hizo un gesto brusco con la mano libre, señaló el cuchillo y luego la red. Era un mensaje clarísimo: *¿vas a quedarte mirando o vas a ayudarme?*

Lucas reaccionó. Se acercó con movimientos lentos, como con cualquier animal asustado, y empezó a cortar. El nailon era grueso y estaba incrustado de algas. Ella no se movió ni un milímetro mientras él trabajaba, aunque Lucas notó que le temblaba la aleta caudal, atrapada por tres vueltas de cuerda que le habían dejado marcas rojas en la piel.

—Tranquila —dijo, aunque con el regulador en la boca le salió algo como «mmmanquila».

Ella frunció el ceño, y Lucas habría jurado que estaba conteniendo la risa.

Cortó la última hebra y la red se deshizo en jirones. La sirena se quedó inmóvil un instante, como si no se lo creyera. Después se estiró entera, con una gracia que a Lucas le cortó la respiración, y dio una vuelta completa sobre sí misma, levantando una nube de arena dorada. Cuando volvió a mirarlo, estaba tan cerca que él pudo ver las motas de oro en sus iris.

Ella tomó su mano, despacio, y la sostuvo un segundo entre las suyas. Tenía los dedos fríos y fuertes, con una membrana finísima entre ellos. Luego soltó una burbuja enorme, brillante, que subió danzando hacia la superficie.

Y desapareció. Un destello azul, un latigazo de agua, y el cantil quedó vacío.

Lucas se quedó flotando, con el cuchillo en una mano y la otra todavía abierta, como si pudiera conservar el contacto. Su alarma de aire pitó. Tenía que subir.

—Me estoy volviendo loco —murmuró dentro del regulador—. Perfecto. Lo único que me faltaba.

---

Emergió a doscientos metros de la costa, donde esperaba su pequeña barca azul, *La Medusa Cansada*. Se quitó las aletas, trepó a bordo con la torpeza habitual y se dejó caer boca arriba, con el pecho subiendo y bajando.

El cielo estaba limpio. Las gaviotas gritaban a lo lejos. Todo era normal, y eso lo hacía peor.

—Una cola azul —dijo en voz alta, mirando las nubes—. Con reflejos violeta. Y me ha agarrado la mano. ¿Qué dice eso de mí, gaviotas? ¿Qué dice?

Las gaviotas no tuvieron opinión.

Estaba a punto de convencerse de que había sido una alucinación cuando oyó, justo detrás de él, un chapoteo.

Se incorporó de golpe. En el borde de la barca, sujeta con ambas manos al casco, había una cabeza empapada con una melena negra pegada a las mejillas. Los ojos verdes lo miraban con curiosidad desvergonzada, y la boca, una boca ancha y expresiva, sonreía.

—Hola —dijo la sirena.

Lucas gritó. Un grito agudo, nada digno, que espantó a las gaviotas y despertó a un cangrejo que dormía bajo un banco. Perdió el equilibrio, se golpeó la espinilla con el cubo de las muestras y cayó sentado sobre su propia aleta.

—¡Hablas! —acertó a decir, que era lo menos inteligente, pero lo único que le salió.

—Claro que hablo —respondió ella, ofendida—. ¿Qué te pensabas? ¿Que solo sabía cantar y destrozar barcos? Eso es propaganda. —Ladeó la cabeza—. Aunque tú has gritado más fuerte de lo que yo canto, y eso que canto bastante mal.

—Hablas… mi idioma.

—Hablo *un* idioma. Me lo enseñaron las canciones de los marineros que se caen por la borda, que son muchas, y los pescadores que charlan solos cuando creen que nadie los oye. —Se encogió de hombros con una gracia que ninguna humana habría logrado—. Aprendí «¡maldita sea!», «¿dónde está mi bocadillo?» y un montón de cosas sobre el fútbol. No he entendido ninguna.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.