Marina durmió en el sofá como duermen los delfines: con un ojo abierto, o eso le pareció a Lucas cuando bajó de madrugada a por un vaso de agua y la encontró en una postura imposible, con un pie colgando del reposabrazos, la manta enrollada como un alga y la sudadera del instituto subida hasta las costillas.
La miró un momento desde la escalera. Dormida, parecía más joven y más frágil, y respiraba con un ritmo largo y lento, como el de las olas en calma. Pulpo Paul, en su acuario, tenía un tentáculo pegado al cristal en dirección al sofá, igual que un guardián de turno.
—Buen trabajo, Paul —susurró Lucas.
El pulpo se puso de un rojo satisfecho.
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Lo despertó un grito.
Eran las ocho y diez de la mañana. Lucas bajó los escalones de dos en dos, con el pelo de punta y una camiseta del revés, y se encontró a Marina de pie en el baño, con medio cepillo de dientes en la boca y la espuma resbalándole por la barbilla. Miraba el tubo de pasta con ojos desorbitados.
—¡Lucas! —balbuceó—. ¡Esto sale de un tubo y sabe a hielo con menta! ¡Pero no es hielo! ¡Y espuma!
—Es dentífrico —explicó él, apoyándose en el marco, medio dormido—. Es para limpiarse los dientes.
—¿Todos los días?
—Dos o tres veces.
—¡Qué humanos más trabajadores! —Se enjuagó la boca con la solemnidad de una sacerdotisa y escupió en el lavabo con una puntería sorprendente—. Mi gente se limpia los dientes con erizos. Es mucho menos sofisticado.
—Me lo creo.
—Y hacen mucho más daño. —Marina se examinó en el espejo, se tocó la cara, se miró las orejas y se quedó callada un segundo—. Lucas, ¿yo siempre he tenido este aspecto?
—Sí. Creo que sí.
—Ah. —Sonrió con timidez—. Es que en el agua los reflejos no son tan precisos. Pensaba que tenía la nariz más grande.
Lucas, que no sabía cómo responder a eso, murmuró algo sobre preparar el desayuno y huyó a la cocina.
Para cuando el café estuvo listo, Marina ya había descubierto el interruptor de la luz, la persiana, el mando de la televisión («¿quién vive dentro de esta caja?») y el ventilador del techo, al que saludó con mucha cortesía creyendo que era una especie de gaviota mecánica.
Se sentaron a desayunar tostadas con mermelada. Marina le dio una cucharada de mermelada a Paul a través de la tapa del acuario, y Lucas la detuvo a tiempo.
—No le des azúcar, por favor.
—Ha dicho que quiere probar.
—Paul dice muchas cosas. Pero no tiene la experiencia vital de una tostada.
—Tampoco tú, hasta hace unos años, y mira qué bien vives.
Lucas abrió la boca y la cerró. Ella tenía un instinto asesino para las conversaciones.
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A las diez en punto, alguien llamó a la puerta con tres golpes secos, de los que anuncian una buena noticia o un desastre.
Lucas tragó la tostada.
—Esa es doña Remedios —dijo—. Y trae el cocido.
—¿Es peligroso?
—Para el que no tenga estómago de acero.
Abrió la puerta y se encontró de frente con una cazuela enorme, de barro, envuelta en un paño de cuadros, y detrás de la cazuela, con la barbilla levantada y los rulos todavía puestos, la figura minúscula pero imponente de doña Remedios Pardo.
—Buenos días, criatura —dijo la anciana, entrando sin pedir permiso—. Te he traído el cocido que prometí. Garbanzos, chorizo, morcilla, tocino, repollo, zanahoria, pollo y mucho cariño. —Dejó la cazuela sobre la mesa con un golpe seco—. Y ahora a ver dónde está esa muchacha noruega.
Marina, que había estado intentando esconderse detrás del frigorífico con muy poco éxito, salió con una sonrisa tan amplia que casi le dolía.
—¡Buenos días, señora! —dijo, con un acento extraño que mezclaba lo marinero con lo improvisado—. Soy Marina. De Noruega. Del fiordo. Del… fiordo grande.
—Qué nombre tan bonito —dijo doña Remedios, mirándola de arriba abajo con ojo clínico—. ¿Y los padres, qué hacen?
—Pescan. Y cantan. Y a veces cantan mientras pescan. Es una tradición noruega.
—Ya veo.
—Y mi abuela se enfada mucho si no se canta.
Lucas se pasó una mano por la cara. Cada frase de Marina era una mina flotante.
La anciana, sin embargo, parecía encantada. Sirvió un plato enorme de caldo humeante, le puso un trozo de pollo, un trozo de morcilla y una cucharada de garbanzos, y lo plantó delante de Marina con la autoridad de una general.
—A comer.
Marina miró el plato con respeto. Cogió la cuchara, la hundió en el caldo y la acercó a los labios con cautela. Lucas contuvo la respiración, recordando lo que había dicho la noche anterior sobre la sal.
Ella sorbió. Se quedó quieta. Tragó.
—Está salado —dijo con un hilo de voz, mirando a Lucas con ojos de alarma.
—Es el caldo, hija —respondió doña Remedios—. Lleva su sal. Ni mucha ni poca.
Marina dejó la cuchara muy despacio. Los dedos de su mano izquierda habían empezado a brillar con un tenue destello azulado. Lucas, a toda velocidad, cogió un vaso de agua dulce y lo volcó «accidentalmente» sobre la mano de ella.
—¡Ay, qué torpe soy! —exclamó.
—¡Lucas! —protestó doña Remedios—. ¡La vas a empapar!
—Perdón, perdón, es que el vaso… se me ha escapado.
Marina, todavía temblando, se sorbió el resto del caldo con la mirada de una mujer que acaba de descubrir que el infierno es sabroso. Doña Remedios la observó con una sonrisa satisfecha.
—Se ve que tienes buen apetito. Me gusta. A las flacas hay que engordarlas.
—Gracias —dijo Marina, con un hilo de voz.
—Y me gustaría que vinieras mañana a mi casa, que tengo cosas que contarte. Cosas del pueblo. Cosas de Lucas.
—¡Doña Remedios! —protestó él.
—¿Qué? Yo solo informo. Que luego vienen otras y se aprovechan de la ignorancia ajena.
La puerta principal sonó otra vez.
Lucas sintió un escalofrío bajarle por la espalda.
—Esa no es una visita —murmuró—. Es una premonición.
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Sofía Montalbán Rey entró en la casa como entra el viento antes de una tormenta: con la melena rubia perfectamente ondulada, un vestido verde esmeralda que no admitía discusión y unas gafas de sol enormes, que se quitó con la lentitud de quien sabe que todos la están mirando.
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Editado: 28.10.2026