Santa Marea de noche era otro pueblo.
Lucas lo sabía desde niño, pero hacía años que no lo miraba con atención. De día, el pueblo era trabajo, prisas y conversaciones a gritos entre balcones. De noche, en cambio, se volvía algo parecido a un animal dormido: respiraba más despacio, las luces eran manchas cálidas sobre las paredes encaladas y los ruidos llegaban de lejos, amortiguados, como si alguien hubiera echado una manta sobre el aire.
Marina lo descubrió a las diez y media, cuando cruzaron la puerta de la casa y salieron a la calle del Ancla.
Se quedó parada en el umbral, con una chaqueta vaquera de Lucas que le quedaba enorme y las mangas dobladas tres veces. Alzó la cara y respiró hondo, con los ojos entrecerrados.
—Huele distinto —dijo.
—Es la hora. Se enfrían las piedras, y huele a jazmín y a pescado frito de alguna cena.
—No. —Negó con la cabeza, muy seria—. Huele a que *todo ha terminado*, pero con calma. Como cuando acaba una marea y el agua se queda quieta un momento antes de volver.
—Eso es lo que llamamos «la hora de cenar tarde».
—Qué poético eres cuando quieres.
—Soy un científico —se defendió él—. No tengo ningún mérito.
Echaron a andar sin prisa. La calle estaba vacía, salvo por una gata flaca que cruzó a trote corto y por una radio lejana que murmuraba la tertulia nocturna. Marina caminaba ya con bastante soltura, aunque todavía levantaba mucho las rodillas, como quien camina por un campo de trigo. Cada pocos pasos se agarraba al brazo de Lucas, y a él le había dejado de parecer una necesidad y había empezado a parecerle una costumbre.
—Dime una cosa —dijo ella—. ¿Por qué hay luces encendidas en las casas, si ya es de noche y todo el mundo está dentro?
—Porque la gente está dentro con la luz encendida.
—Pero ¿para qué?
—Para ver.
—¿Ver qué?
Lucas abrió la boca y la cerró. Era una pregunta mucho más profunda de lo que Marina imaginaba.
—Supongo que… sus cosas —acabó diciendo—. Sus caras. A los demás.
Marina asintió, pensativa.
—Mi gente no necesita luz para eso. Se oye el latido del que tienes al lado. Con eso basta.
—Qué ventaja.
—O qué trampa. —Sonrió—. Aquí tenéis que encender luces para acordaros de que no estáis solos.
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El paseo los llevó, por callejuelas que Lucas ya no necesitaba mirar, hasta la plaza de los Faroles, la más antigua del pueblo, donde ocho farolas de hierro forjado rodeaban un olivo centenario. Alguien había colgado cuerdas con bombillas de colores entre los árboles, restos de alguna fiesta pasada que nadie había querido recoger, y la plaza parecía un pequeño cielo doméstico.
Había gente. No mucha, pero la suficiente para llenar el aire de sonidos suaves: en la terraza del bar «El Náufrago», cuatro hombres jugaban al dominó con una solemnidad de tribunal; una mujer tejía en un banco, con una radio portátil a su lado; en los escalones de la iglesia, un puñado de adolescentes compartía una bolsa de pipas y fingía no mirar a nadie.
Marina se detuvo en seco.
—¿Qué hacen?
—Nada. Es lo que se hace en las noches de verano. Salir a la calle, sentarse y no hacer nada.
—¿Todos juntos?
—Sí.
—¿Y no les aburre?
—Es justo lo que les gusta.
Ella observó el panorama con una expresión de asombro respetuoso, como un naturalista ante una especie desconocida.
—Es una costumbre preciosa —declaró—. En el mar, el que no hace nada es porque se está muriendo o porque es una medusa.
—Aquí lo llamamos «tomar el fresco».
—*Tomar el fresco* —repitió Marina, saboreando las palabras—. Me encanta. Voy a tomar el fresco todos los días.
Se sentaron en un banco de piedra al borde de la plaza, algo apartados. Desde allí se veían todas las caras, y Lucas empezó a explicarle en voz baja quién era quién: el del dominó con la gorra era Anselmo, pescador jubilado y trampero oficial de todos los juegos del pueblo; la que tejía era la señora Candelaria, que había tejido ya tres mantas para cada vecino de Santa Marea y se negaba a parar; los adolescentes eran los hijos de la panadería, de la ferretería y de la pescadería, que desde los seis años se juraban que algún día se irían del pueblo y desde los seis años seguían allí.
Marina escuchaba, atenta, con la barbilla apoyada en una mano. Hizo una única pregunta en veinte minutos:
—¿Y tú? ¿Con quién te sentabas?
Lucas tardó un segundo en contestar.
—Con mi padre. En ese banco de allí. —Señaló uno, un poco más lejos, bajo el olivo—. Nos sentábamos cada noche de agosto, y él me contaba historias de barcos hundidos y sirenas que cantaban en las tormentas.
Marina se quedó muy quieta.
—¿Sirenas?
—Es lo que contaban los viejos pescadores. Que si te encontrabas una en el mar, no había que mirarla a los ojos, porque te robaban el aliento. Mi padre se reía de eso. Decía que lo único que había visto en el mar eran sardinas con mala cara y un delfín que le debía dinero.
—Qué hombre más sensato.
—Lo era.
Marina estuvo callada un momento. Luego, con mucha delicadeza, apoyó la mano sobre la de Lucas, que reposaba en el banco entre los dos. No dijo nada, ni él tampoco. Sobre la plaza caía una música lejana de acordeón, quizá de alguna casa con la ventana abierta, y los hombres del dominó golpeaban las fichas con el mismo ritmo pausado de siempre.
—Ojalá lo hubiera conocido —susurró ella.
—Le habrías caído bien.
—¿Aunque le robe el aliento?
—Sobre todo por eso.
Marina sonrió, y no apartó la mano.
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Fue Anselmo quien los vio.
Se había levantado a estirar las piernas, con el bastón y la gorra, y lo vieron avanzar hacia ellos por entre las mesas, con ese caminar rígido de los hombres que han pasado cuarenta años a bordo. Tenía la cara cuarteada como un mapa de carreteras y unos ojos de un azul desteñido, casi blanco.
—Lucas —dijo, a modo de saludo.
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Editado: 28.10.2026