Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 4: Lo que Lucas amaba

El Instituto Oceanográfico de Santa Marea ocupaba un edificio bajo y alargado, pintado de un blanco que el salitre llevaba cuarenta años intentando comerse. Estaba al final del paseo marítimo, justo donde la acera se convertía en rocas, y tenía un cartel en la puerta cuyas letras azules habían perdido tantas veces la batalla contra el sol que ya solo se leía «INSTITUTO OCEAN GRÁFICO». Los vecinos lo llamaban, con cariño y sin ninguna ceremonia, «el Acuario de Lucas», aunque el pobre Lucas llevara años protestando.

Llegaron a las nueve y media, con una hora de retraso, porque Marina había descubierto el despertador y había pasado veinte minutos pulsando el botón de repetir con una fascinación casi científica.

—¡Vuelve a sonar! —había exclamado, encantada—. ¡Lo apago y vuelve! ¡Es como una gaviota insistente!

—Es que le has dado a «repetir».

—Entonces le gusta repetirse. Me cae bien.

Lucas, que se había despertado con una torticolis memorable por haberse dormido en la terraza, no tuvo fuerzas para discutir.

Ahora, frente a la puerta del instituto, con las llaves en la mano, se sentía un poco absurdo. Hacía una semana habría entrado sin pensarlo. Ahora tenía a su lado a una sirena disfrazada de turista noruega que llevaba unas gafas de sol de doña Remedios (enormes, redondas, de los años setenta) y un sombrero de paja que le había prestado la señora Candelaria.

—Vamos a repasar las reglas —dijo.

—Otra vez no.

—Otra vez sí. Primera regla.

Marina suspiró, y contó con los dedos.

—No tocar nada que parpadee.

—Segunda.

—No hablar con los peces del tanque grande. Ni con los pequeños. Ni con ninguno.

—Tercera.

—Si alguien me pregunta de dónde soy, digo «de Noruega» y cambio de tema.

—¿Y cómo cambias de tema?

—Digo: «¡Qué casualidad, yo también estaba pensando en el tiempo!».

—No hace falta que sea tan literal.

—Prefiero ser eficaz —respondió ella, muy digna.

Lucas abrió la puerta. Un olor a agua salada, a algas húmedas y a desinfectante los envolvió como un abrazo conocido. Marina cerró los ojos un instante, aspiró hondo y murmuró, con una sonrisa maravillada:

—Huele a casa mal ventilada.

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El vestíbulo era pequeño y estaba lleno de cosas. Había mapas de las corrientes del Mediterráneo clavados con chinchetas oxidadas, una vitrina con conchas y esponjas disecadas, un esqueleto de pez luna colgado del techo con un hilo de pescar y una máquina de café que llevaba tres meses con un cartel que decía «NO FUNCIONA (de verdad esta vez)».

Marina se acercó a la máquina como quien se acerca a un animal herido.

—¿Qué le pasa?

—Se murió en junio.

—¿La habéis enterrado?

—No. Sigue ahí. Para recordarnos que nada es eterno.

—Qué sabiduría tan triste —dijo Marina, y le dio una palmadita en el lateral, a modo de pésame.

La máquina, para sorpresa de ambos, emitió un pitido débil y encendió una luz verde.

Se quedaron los dos mirándola.

—No toques nada —repitió Lucas, con un hilo de voz.

—Solo ha sido una palmadita.

—Llevamos tres meses intentando que arranque.

—Quizá solo necesitaba cariño.

—Marina.

—Vale, vale. —Retiró la mano con aire inocente—. Pero cuando funcione, yo quiero el primer café.

—Hecho —dijo Lucas, todavía atónito.

Atravesaron el pasillo central, donde las puertas de los despachos estaban abiertas y las voces de los pocos investigadores que quedaban en agosto se mezclaban con el zumbido de los filtros. Una mujer menuda, con el pelo canoso recogido en un moño y gafas de culo de botella, asomó la cabeza desde un despacho al fondo.

—¡Lucas! Por fin. Ya pensaba que te habías ahogado.

—Buenos días, Elvira.

La doctora Elvira Castañeda dirigía el instituto desde hacía veintidós años, y en todo ese tiempo había visto pasar a tres alcaldes, dos temporales de los gordos y una invasión de medusas que casi acaba con el turismo. Era una mujer de pocas palabras y mucha mirada, de las que lo observan todo y lo comentan solo cuando están seguras.

Su mirada se posó en Marina, y se quedó ahí un instante.

—Tú debes de ser la visitante.

—Soy Marina —dijo ella, con una sonrisa radiante—. De Noruega. Qué casualidad, yo también estaba pensando en el tiempo.

Lucas cerró los ojos.

La doctora Castañeda levantó una ceja.

—Es verdad que hoy hace buen tiempo.

—Sí. Muy bueno.

—Para ser agosto.

—Es octubre —murmuró Lucas.

—Para ser octubre, entonces —corrigió la directora, sin inmutarse—. Pasad, pasad. Lucas, tienes dos informes pendientes y un tanque de salinidad que lleva desde ayer haciendo un ruido raro. Y no, no es Paul. Paul no está aquí.

—Lo sé. Está en casa.

—Pues menos mal. —La mujer volvió a mirar a Marina con una curiosidad serena—. Eres bienvenida, jovencita. Aquí siempre hay sitio para quien se interese por el mar.

—Me interesa muchísimo —dijo Marina, con tanta sinceridad que a Lucas se le encogió el corazón—. Es el sitio donde nací… quiero decir, donde nació mi abuela. Y mi bisabuela. Y mi tatarabuela. Somos gente de mar. De mucho mar.

—Se nota —dijo Castañeda, con una ligera sonrisa—. Pasad al laboratorio. Y Lucas…

—¿Sí?

—Las gafas de sol de doña Remedios, en el interior, no son una buena idea.

Marina se las quitó a toda prisa.

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El laboratorio de Lucas estaba al final del pasillo, en una sala amplia con ventanales orientados al mar. Había mesas cubiertas de frascos, microscopios, balanzas, cuadernos con anotaciones a lápiz, una pizarra llena de ecuaciones borradas a medias y, en el centro, un enorme tanque de cristal donde nadaban cuatro doradas, una morena aburrida y un grupo de pequeños peces payaso que parecían haber salido de otra película.

Marina se quedó parada en el umbral, con los brazos pegados al cuerpo, como si entrara en un templo.




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