Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 5: La casa de las mil historias

La casa de doña Remedios Pardo olía a canela, a gato y a tiempo.

Marina lo notó desde el umbral, antes incluso de que la puerta terminara de abrirse. Era un olor espeso y cálido, hecho de capas: debajo del hervor de algún guiso, flotaba el aroma del polvo bien cuidado, de la madera encerada, del jabón de lavanda y de todas las tardes que se habían vivido allí durante más de medio siglo. Lucas la había acompañado hasta la puerta con las manos en los bolsillos, un poco incómodo, como un padre que deja a su hija en el primer día de colegio.

—Seguro que quieres que me quede —dijo por tercera vez.

—Seguro. Tienes que trabajar.

—Puedo trabajar más tarde.

—Lucas. —Marina le puso una mano en el pecho con una sonrisa paciente—. Es una señora de setenta y ocho años con un cucharón. No me va a pasar nada.

—Es precisamente el cucharón lo que me preocupa.

—Vete.

Él dudó un segundo más, la miró, suspiró y echó a andar calle abajo, volviéndose dos veces para comprobar que seguía allí. Marina lo vio alejarse con una ternura que todavía no sabía nombrar, y después llamó a la puerta con los nudillos, tal como le había enseñado el día anterior.

No hizo falta que llamara dos veces.

—¡Pasa, criatura! —gritó una voz desde el fondo—. ¡Y cierra, que se escapan los gatos!

---

Había gatos por todas partes.

Marina contó siete en el pasillo, tres sobre el aparador, dos en el sofá y uno inmenso, de pelaje naranja, durmiendo a la sombra de un helecho con la barriga hacia arriba, en una pose que no admitía ninguna dignidad. Todos levantaron la cabeza al verla entrar, y todos, sin excepción, se pusieron en pie, se estiraron y se acercaron a olerle los tobillos con un interés sospechosamente unánime.

—Hola —dijo ella, agachándose—. Hola, hola, hola. Qué bonitos sois.

—¡No les hagas caso! —gritó doña Remedios desde la cocina—. ¡Son unos interesados! ¡Solo quieren que les rasques la barriga!

—Es que tienen la barriga muy bonita.

—¡Pues entonces ya los has conquistado!

La casa era un laberinto de pasillos estrechos y habitaciones llenas de cosas. En las paredes colgaban fotografías en blanco y negro enmarcadas en madera oscura: barcas, redes, hombres con gorra y gesto severo, mujeres con delantal sonriendo al sol. Sobre una cómoda descansaba una colección de conchas, brújulas, faroles y cuadros de naufragios, y en un rincón, sobre una repisa, había un sombrero de capitán, de los antiguos, con la visera gastada y una cinta descolorida.

Marina se detuvo ante él.

—Era de mi Ramiro —dijo doña Remedios, apareciendo a su espalda con un paño de cocina sobre el hombro—. Mi marido. Capitán de la Estrella del Sur durante treinta y un años. Se fue a pescar en febrero de mil novecientos noventa y ocho y no volvió.

—Lo siento mucho.

—No lo sientas, hija. Los marinos mueren en el mar. Es una forma de ser fieles. —La anciana ajustó el sombrero con dos dedos, con la delicadeza de quien arregla el cuello de una camisa—. Pero se hace largo a veces. Ven, ven, que se enfría la merienda.

---

La cocina era pequeña, luminosa y cálida. Había una mesa de formica cubierta por un hule de flores, una cocina de gas de los años setenta, una radio que susurraba un programa de coplas y, sobre una bandeja, un surtido de cosas que Marina contempló con auténtico estupor: croquetas doradas, empanadillas, rosquillas con azúcar, un flan de huevo temblando sobre un plato y una jarra de limonada con rodajas de limón flotando.

—Siéntate, siéntate —ordenó doña Remedios—. Y come. Que estás muy flaca.

—Gracias, es que…

—Nada de es que. Come.

Marina, que ya había aprendido a no discutir con ciertas personas, cogió una croqueta y le dio un mordisco con precaución. Estaba caliente, crujiente por fuera y cremosa por dentro, con un sabor profundo a jamón y a bechamel. Se le llenaron los ojos de lágrimas, y esta vez no fue por la sal.

—Doña Remedios —dijo con voz quebrada—. Esto es lo más maravilloso que he probado nunca.

—Son croquetas, mujer.

—Son un milagro.

—Son de las que hacía mi madre. Se tarda dos horas en hacer la masa. —La anciana se sentó frente a ella, con las manos entrelazadas sobre el hule, y la observó comer con una sonrisa satisfecha—. Me gusta ver comer a la gente joven. Da gusto.

Marina se tomó cuatro croquetas, dos empanadillas y un trozo de flan antes de darse cuenta de que estaba siendo observada con una mirada que, si bien no era hostil, era sorprendentemente aguda. Dejó la cuchara y se limpió la boca con la servilleta, de golpe muy consciente de sí misma.

—Perdone. Me he dejado llevar.

—No, no. Sigue. Me recuerdas a alguien.

—¿A quién?

—No sé. —Doña Remedios ladeó la cabeza—. Es una cosa rara. Algo en la forma de mover las manos. O de mirar el agua de la limonada como si fuera a contestarte.

Marina se quedó muy quieta.

—Es una costumbre del norte —aventuró.

—Ya. Del fiordo grande.

—Exacto.

—Qué cosas. —La anciana sonrió con una bondad enigmática y alargó la mano para rellenarle el vaso—. Bueno, hija. Dime. ¿Te gusta el pueblo?

—Muchísimo. Todo el mundo ha sido muy amable.

—Somos así. Hospitalarios. Un poco cotillas, pero hospitalarios. —Dio un sorbo a su propia limonada—. ¿Y Lucas? ¿Te trata bien?

—Lucas es… —Marina buscó la palabra—. El mejor humano que he conocido. Quiero decir, persona. El mejor de todos los que conozco.

—Se nota que lo quieres.

—Yo no… Quiero decir… —Marina se atragantó con la limonada y tosió durante casi medio minuto, mientras doña Remedios le daba golpecitos en la espalda con una sonrisa de absoluta satisfacción—. Es un buen amigo. Nada más.

—Claro, hija. Claro. Nada más.

—De verdad.

—No he dicho nada.

—Su cara dice mucho.

—Mi cara es muy expresiva —admitió la anciana con orgullo—. Es herencia de familia.

---




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.