Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 6: Té para dos en el Hotel Miramar

Lucas se fue al instituto a las nueve, con un termo de café en la mano, una tostada en la boca y el gesto resignado de quien tiene dos informes atrasados y una sirena en el sofá.

—Volveré a la una —dijo, buscando las llaves por tercera vez—. Si pasa algo, llama al instituto. El número está en la nevera, con un imán de pulpo.

—Lo sé.

—Si llama alguien a la puerta, no abras.

—Pero doña Remedios dijo que…

—Si es doña Remedios, abre. Si es cualquier otra persona, no abras.

—¿Y si es un gato?

—Los gatos no llaman a la puerta.

—Los de aquí sí.

Lucas lo pensó un segundo y no encontró argumentos en contra.

—Si es un gato, abre.

Marina sonrió con una inclinación solemne de cabeza, y él se marchó al fin, no sin volverse dos veces desde el portal. Ella lo vio alejarse por la ventana, con las manos apoyadas en el alféizar y la concha de doña Remedios colgando sobre el pecho. Después se quedó un momento mirando la calle vacía, escuchando las gaviotas, y se dio cuenta de que por primera vez desde que había llegado a tierra estaba completamente sola.

Fue una sensación extraña. No desagradable, pero sí nueva. Se sentó en el sofá, se miró los pies y movió los dedos de uno en uno. Ya casi le salían todos a la primera.

—Bueno, Paul —dijo, volviéndose hacia el acuario—. Somos tú y yo.

El pulpo, desde su roca, se puso de un color amarillento y burlón que ella interpretó, con bastante acierto, como un «qué remedio».

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Llamaron a la puerta a las diez y cuarto.

Marina, que estaba en el suelo intentando entender el funcionamiento de un cordón de zapatos, se levantó de un salto. Cruzó la sala, miró por la mirilla con un solo ojo, como había visto hacer en una serie, y tragó saliva.

Al otro lado, con unas gafas de sol enormes, un vestido azul marino de lino y un bolso colgado del brazo con una elegancia casi agresiva, esperaba Sofía Montalbán.

Marina abrió la puerta una rendija.

—No es un gato —dijo.

—Evidentemente.

—Lucas dijo que solo abriera a los gatos.

—Lucas dice muchas tonterías. —Sofía se quitó las gafas despacio, con aire de quien desenvaina—. Quería hablar contigo.

—Lucas no está.

—Lo sé. Por eso he venido ahora.

Hubo un silencio. A Marina se le ocurrieron al menos tres respuestas posibles, y ninguna le pareció buena. Pero entonces recordó lo que le había dicho su abuela, hacía mucho: que a las tormentas hay que mirarlas de frente, porque si les das la espalda se te echan encima.

Abrió la puerta del todo.

—Pasa —dijo.

—No, gracias. —Sofía sonrió con una cortesía impecable—. Prefiero que vengas tú. Me gustaría invitarte a un té en el hotel. Tengo una terraza preciosa y a esta hora está desierta. Hablaremos tranquilas.

—¿Es una trampa?

La pregunta salió tan directa que Sofía parpadeó, desconcertada.

—¿Perdón?

—Que si es una trampa. Para que Lucas no esté delante. Para que yo diga algo que no debo.

La gerente del hotel la miró durante un largo segundo, con los labios entreabiertos. Después, para sorpresa de Marina, soltó una risa corta y genuina, que le arrugó los ojos y la hizo parecer, por un instante, mucho más joven y mucho menos peligrosa.

—Eres la primera persona que me lo pregunta a la cara —dijo—. Y sí. Es una trampa. Pero también es un té. Los dos son verdad.

—Vaya.

—¿Vienes?

Marina dudó, con una mano en el picaporte. Miró a Paul, que cambió despacio de color hacia un verdoso neutro, como diciendo que no pensaba intervenir. Después, con un suspiro, cogió su chaqueta vaquera del respaldo del sofá.

—Voy —dijo—. Pero me llevo mi concha.

—Lo que quieras.

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El Hotel Miramar se alzaba sobre un promontorio al final del paseo, con su fachada color crema, sus balcones de hierro blanco y un jardín de palmeras que olía a jazmín. Era el único edificio del pueblo con alfombra roja en la entrada, aunque llevaba tantos años de uso que el rojo se había vuelto un tono ladrillo, y el portero, un joven con uniforme demasiado grande, saludó a Sofía con una inclinación casi reverencial.

Marina entró detrás de ella con la mirada muy abierta. Nunca había visto un sitio tan brillante. El vestíbulo tenía suelos de mármol, lámparas de cristal colgando del techo como lluvia congelada, sillones de terciopelo y un espejo gigante en el que se vio reflejada, con su chaqueta vaquera, sus sandalias gastadas y su pelo alborotado, como un pez de río en un acuario de lujo.

—No te preocupes —dijo Sofía, sin volverse—. Nadie va a morderte.

—No me preocupaba.

—Se nota.

Cruzaron un pasillo largo y subieron en un ascensor de espejos que a Marina le provocó un mareo discreto, hasta llegar a una terraza elevada, cubierta por una pérgola de madera y rodeada de enredaderas en flor. Desde allí se veía toda la bahía, azul y calma, con el faro a lo lejos y las barcas de pesca como puntos blancos. En el centro había una mesa de mimbre con dos sillas, un mantel blanco y un juego de té de porcelana, ya preparado.

—Siéntate —dijo Sofía.

Marina obedeció. Sofía se sentó frente a ella, cruzó las piernas y sirvió el té con una gracia tan estudiada que parecía casi un ritual. El vapor subió en una espiral tenue. Olía a bergamota y a flores secas.

—Azúcar, leche, limón.

—¿Cuál es el mejor?

—Depende de lo que quieras sentir.

—Entonces las tres cosas.

Sofía arqueó una ceja, pero obedeció, y Marina recibió su taza con una inclinación formal que ella misma había inventado. Dio un sorbo pequeño. Era un sabor extraño, mucho más sutil que el chocolate o el café, pero agradable, como un perfume líquido. Dejó la taza en el platillo con un tintineo.

—Está bueno —dijo.

—Me alegro. —Sofía la observaba con las manos entrelazadas bajo la barbilla—. Marina, voy a ser directa. Soy muy mala para andarme por las ramas.

—A mí me gustan las ramas.




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