Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 7: Lo que pesa una elección

Marina habló durante casi una hora.

Lo hizo despacio, con la taza de chocolate entre las manos y los pies recogidos sobre el sofá, sin mirar a Lucas la mayor parte del tiempo. Le contó lo del té, y el scone con mantequilla, y la lista de razones por las que Sofía no se creía lo de Noruega. Le contó la carpeta azul, y lo que decía su última línea subrayada en rojo. Le contó que Aurelio había encargado que averiguaran cosas sobre ella, y que Sofía lo había oído por teléfono esa misma mañana. Le contó lo del coche gris junto a la fuente, y el hombre del traje oscuro que fingía buscar algo en el maletero.

Lucas escuchó sin interrumpir. Estaba sentado en el otro extremo del sofá, con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas, y a medida que el relato avanzaba se le iba poniendo la cara de alguien que hace cuentas muy difíciles.

—Y luego —dijo Marina— he pasado por el puerto y he conocido al hermano de Anselmo.

—¿Ceferino?

—Sí. Me ha dicho cosas muy raras. Que mis ojos le recordaban a los de una mujer que conoció hace mucho tiempo. Y que si yo reconocía el dibujo de la red, quizá fuera de otra familia.

—¿Qué dibujo?

—Unas espirales. Muy pequeñas, en el borde de la malla. Las mismas que borda mi abuela en las mantas.

Lucas se quedó muy quieto. Fuera, una gaviota graznó, y dentro, en el acuario, Paul cambió de color hacia un verde interrogante.

—¿Estás segura?

—Del todo.

—Entonces Anselmo…

—No lo sé. —Marina se encogió de hombros, con un gesto cansado—. Puede que solo sea una coincidencia. O un dibujo viejo que usan los pescadores de aquí desde hace siglos, y que mi gente copió. O que mi gente se lo enseñó a ellos. Hay muchas posibilidades.

—Y ninguna descartable.

—Ninguna.

Hubo un silencio largo. Lucas se levantó, caminó hasta la ventana y miró hacia la calle, apartando apenas la cortina con un dedo. Marina lo observó. Le pareció que, desde esa postura, con los hombros tensos y la mandíbula apretada, parecía más viejo de lo que era.

—¿Ves el coche? —preguntó.

—No. Pero eso no significa nada.

—No.

—Mañana iré a hablar con Elvira. Si Aurelio ha llamado al instituto, quizá sepa algo más. Y puedo preguntarle a Teodoro, que lo sabe todo. Y a doña Remedios.

—Lucas.

—Y a lo mejor deberíamos…

—Lucas.

Él se volvió. Marina se había levantado del sofá y se había acercado en silencio, hasta quedar a un paso de distancia. Tenía los ojos muy brillantes, y una sonrisa pequeña, desarmada.

—Estás haciendo planes.

—Eso es lo que hago.

—Ya lo sé. —Le tocó el brazo, con dos dedos—. Pero esta noche no hace falta resolver nada. Esta noche solo quería que lo supieras.

—Podría haber ido contigo.

—No lo sabías.

—Debería haberlo sabido.

—Lucas, no eres adivino. Ni mi guardián.

—Quiero serlo.

La frase le salió sin pensar, con una franqueza brutal. Los dos se quedaron mirándola, suspendida en el aire entre ellos como una burbuja demasiado frágil para tocarla. Lucas abrió la boca para retractarse, o para completarla, o para disolverla en una broma. Marina se adelantó.

—Lo sé —dijo en voz baja—. Y me hace muy feliz. Y me da mucho miedo.

—¿Por qué miedo?

Marina bajó la mirada, y se quedó contemplando el suelo, la punta de sus pies descalzos sobre las baldosas.

—Siéntate —dijo—. Te lo explico.

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Se sentaron de nuevo, esta vez más cerca, con las rodillas casi tocándose. Lucas apoyó los codos en los muslos, atento, y Marina se puso a jugar con el cordón de cuero de la concha, enrollándolo y desenrollándolo entre los dedos.

—Te dije que las sirenas tenemos siete lunas para conocer el mundo de arriba —empezó—. Y que al final tenemos que elegir.

—Sí.

—Lo que no te dije es cómo se elige.

—¿Cómo se elige?

—No se elige con la cabeza. —Hizo una pausa—. Ese es el problema. Si fuera con la cabeza, sería fácil. Haría una lista: aquí hay chocolate, allí hay corrientes; aquí hay Lucas, allí hay mi familia. Sumaría, restaría, y ya está. Pero no funciona así.

—¿Y cómo funciona?

—Con la séptima luna llena, a medianoche, se nos aparece lo que llamamos la Marea Verdadera. Es una especie de corriente que sale del fondo del mar y nos recorre el cuerpo entero, de los pies a la cabeza. Nos pregunta, sin palabras, dónde queremos estar. Y la respuesta que da el cuerpo es la que cuenta. —Tragó saliva—. La que sale sola. Sin pensar. Sin poder mentir.

Lucas se quedó callado un instante, procesando.

—¿Entonces… no lo decides tú?

—Sí y no. Lo decide la parte de mí que ya sabe lo que quiere, aunque yo aún no me haya enterado.

—Eso suena aterrador.

—Lo es. —Sonrió con ironía—. Mi madre eligió el mar. Mi tía, también. Mi abuela eligió quedarse en el agua, pero me ha contado que, durante la séptima luna, estuvo a punto de no hacerlo. Que sintió la tierra tan cerca que casi la tocaba con la mano. —Cerró los ojos—. Y luego están las que no volvieron.

—¿Las que se quedaron?

—Sí. Hay muy pocas. Pero existen. Mi abuela conoció a una, una prima lejana llamada Coral, que se fue a vivir a un pueblo de pescadores del norte. Al principio mandaba mensajes por las corrientes, cada luna llena. Poco a poco fueron espaciándose. Y un día dejaron de llegar.

—¿Qué le pasó?

—No lo sabemos. —Marina abrió los ojos, y había en ellos una humedad contenida—. Dicen que se disolvió. Que con el tiempo, el cuerpo de las que se quedan se vuelve del todo humano, y el canto se les apaga, y ya no pueden oír a las demás. Que su memoria del mar se va borrando como un dibujo en la arena, hasta que no queda nada.

Lucas sintió que se le enfriaban las manos.

—¿Eso es verdad?

—No lo sé. Puede que sea solo un cuento para asustar a las crías. —Hizo un gesto vago—. Pero es lo que me enseñaron. Y cuando uno ha crecido con una historia, aunque sepa que es un cuento, la lleva dentro.




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