El mirador de la Atalaya, de noche, era otro lugar.
De día, desde sus piedras se veía el pueblo entero, los tejados rojos, el puerto con sus barcas, la bahía extendida como una sábana azul. De noche, en cambio, el mundo se reducía a lo esencial: un banco de hierro, una barandilla oxidada, el cielo inmenso y, abajo, una oscuridad líquida y brillante que respiraba muy despacio.
Lucas llegó el primero, con la cesta en una mano y la manta de doña Remedios bajo el brazo. Se detuvo un instante en el último escalón y dejó que la vista se le acostumbrara a la penumbra. No había nadie. Ni una pareja de enamorados, ni un grupo de adolescentes con una botella, ni un paseante insomne. Solo el viento, que silbaba entre las piedras con una cadencia tranquila, y el olor a tomillo silvestre que crecía entre las grietas.
—Es nuestro —dijo Marina, a su espalda, casi sin aliento por la subida.
—Siempre lo ha sido a estas horas.
—Qué suerte.
—No es suerte. Es que a la gente de Santa Marea le da pereza subir cuestas de noche.
—Pues cuánto se pierden.
Extendieron el mantel de cuadros sobre el suelo de piedra, junto al banco, y colocaron la manta verde encima, doblada en dos, con el borde sujeto por la cesta y el termo para que el viento no se la llevara. Lucas sacó los vasos de metal, los dejó sobre la manta, y Marina, de rodillas, fue disponiendo la comida con una ceremonia casi religiosa: el queso a un lado, las aceitunas al otro, el pan cortado en rebanadas desiguales, el membrillo en el centro, como una joya ámbar.
—Ya está —dijo, retrocediendo para contemplar el resultado—. Parece un altar.
—Es un picnic.
—Es un altar con queso.
—Y yo seré el sacerdote.
—Y yo el sacrificio —rió ella—. Siéntate, que me estás poniendo nerviosa.
Se sentaron uno al lado del otro, con las espaldas apoyadas en el banco y las piernas estiradas sobre la manta. El aire era frío, pero la lana de doña Remedios retenía el calor con una eficacia asombrosa. Lucas desenroscó el termo de chocolate, y en lugar de usar los vasos de metal, sacó con cuidado el viejo termo de su padre, lo giró en las manos y, con una mezcla de torpeza y devoción, vertió en él un poco de líquido humeante.
El termo abollado se llenó con un sonido suave. Lucas lo sostuvo un momento, con los ojos cerrados. Después se lo llevó a los labios y bebió un sorbo.
Estaba dulce y caliente. Sabía a casa.
—¿Está bueno? —preguntó Marina, en voz baja.
—Está perfecto.
—¿Puedo probar?
Se lo tendió. Ella bebió con las dos manos, despacio, y le devolvió el termo con una sonrisa serena.
—Sabe distinto —dijo.
—¿Distinto de qué?
—Del otro chocolate. Sabe a algo que no es solo chocolate. —Pensó un momento—. Sabe a que alguien ha estado esperando mucho tiempo para compartirlo.
Lucas no contestó. Se quedó mirando el termo, la abolladura del costado, la tapa desgastada, y sintió que el nudo de la garganta se le aflojaba, poco a poco, como el de una cuerda que por fin se suelta.
---
Comieron sin prisa, entre silencios largos y frases sueltas. Marina descubrió que el queso con membrillo era una combinación de dioses, y estuvo a punto de pedir permiso para escribir una carta de agradecimiento a quien la hubiera inventado. Lucas le contó cómo se curaba el queso, cuánto tardaba el membrillo en cuajar, por qué las aceitunas se ponían en agua con sal. Ella escuchaba con una atención de alumna aplicada, interrumpiendo solo para preguntar cosas como «¿y las aceitunas lo saben?» o «¿al queso le duele que lo corten?».
—No creo que le duela —respondió él, con seriedad.
—Eso mismo dicen de los peces.
—Los peces sí sienten dolor.
—Entonces, ¿cómo sabéis cuándo algo siente?
Lucas se quedó pensativo.
—No lo sabemos. Lo suponemos. Por el comportamiento, por la fisiología, por el sistema nervioso. Pero la verdad es que no tenemos manera de comprobarlo.
—Qué honestidad más incómoda.
—Es la ciencia.
—Es la vida. —Mordió una aceituna—. Nunca sabes del todo lo que siente el otro. Solo lo que te dice. O lo que te deja ver.
—Y lo que hace.
—Y lo que hace.
El viento sopló con un poco más de fuerza, y Marina se arrebujó en la manta, hasta que solo asomaron sus ojos y el flequillo. Lucas, sin decir nada, extendió el brazo y se la echó sobre los hombros con un gesto natural, y ella se acurrucó contra él, con la cabeza apoyada en su clavícula. Ninguno de los dos comentó el movimiento. Ya iba siendo costumbre.
Encima, el cielo estaba cuajado de estrellas.
—Mira —dijo Lucas, señalando—. Esa es Casiopea. Y aquella, Andrómeda. Y esa de allí…
—Pegaso. —Marina sonrió—. Ya me lo sé.
—Eres una alumna excelente.
—Lo sé. Me lo has dicho tres veces.
—Y lo repetiré cuantas haga falta.
Se quedaron un rato callados, contemplando el firmamento. Cada tanto, una estrella fugaz cruzaba el cielo con un trazo rápido y plateado, y Marina contenía el aliento con la boca abierta, como si fuera la primera vez, aunque ya había visto cuatro.
—Pide un deseo —dijo Lucas.
—¿Por qué?
—Es la costumbre.
—¿Y funciona?
—No. Pero está bien tener algo que pedir.
Marina cerró los ojos con fuerza. Su rostro se tensó con la concentración de quien formula un deseo difícil. Cuando los abrió, le brillaban de un modo extraño.
—¿Ya?
—Ya.
—¿No me lo vas a contar?
—Si te lo cuento, no se cumple.
—Eso es una regla muy conveniente.
—Es una regla muy humana. —Sonrió—. La he aprendido de ti.
—Yo nunca he dicho eso.
—Lo has dicho con la cara.
Lucas se rio, y ella también, y por un momento fue como si el cielo entero estuviera de acuerdo.
---
Hacia las once, la luna alcanzó su punto más alto.
Era una luna espléndida, de un blanco casi plateado, ya a punto de completar su círculo, con una pequeña sombra en el borde derecho que le daba un aire de moneda recién acuñada. Su luz caía sobre la bahía en una avenida ancha y brillante que llegaba hasta las rocas del faro. Desde la Atalaya se veía cómo el agua temblaba, se rompía y se reunía en mil fragmentos de luz.
#1354 en Otros
#502 en Humor
#117 en Paranormal
#44 en Mística
sirenas misterio y amor, sirenas pescadores, biologomarinoamor
Editado: 28.10.2026