Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 10: La Perla Torcida

La marea bajó a las cinco y diez de la tarde, con la puntualidad despiadada de las cosas que no dependen de nadie.

Lucas lo había comprobado tres veces en la tabla del instituto, y otra más en el almanaque de bolsillo que llevaba siempre en el cajón de la cocina. A las cinco y diez, el agua del puerto de Santa Marea llegaría a su punto más bajo, las barcas descansarían sobre el fango como animales dormidos y el muelle tercero, el más viejo y el más alejado del centro, se quedaría casi en seco, con los pilotes de madera cubiertos de algas y de mejillones.

A las cinco menos veinte, él y Marina bajaban la cuesta del puerto sin hablar.

Habían decidido no llevar la escama. Lucas había insistido, con un argumento sensato, en que era mejor ver primero qué quería Anselmo antes de mostrarle nada. Marina había aceptado con una condición: dejarla en el cajón de los jerséis, entre las mantas, con una nota escrita en un papel doblado que decía «Volvemos pronto» y que, por lo que Lucas supo después, había sido dirigida más a Paul que a la propia escama.

—¿Y si es una trampa? —preguntó ella, por décima vez.

—No lo es.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque Anselmo nunca ha hecho una trampa en su vida. Ni siquiera al dominó.

—Eso no es una prueba.

—Es una buena pista.

Marina suspiró, con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta vaquera. A su cuello, la concha de doña Remedios seguía tibia, y de vez en cuando le daba unos golpecitos suaves con los dedos, como quien comprueba que alguien sigue ahí.

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El puerto, a esa hora, estaba casi vacío. Los pescadores habían terminado la jornada y se habían retirado a sus casas, a la taberna o a la siesta. Quedaban unas pocas barcas amarradas, dos hombres remendando redes al fondo del malecón, un gato sentado sobre un bolardo y el olor intenso del fango al descubierto, mezcla de sal, algas podridas y vida.

El muelle tercero se hallaba en el extremo más alejado, después del espigón, donde la piedra daba paso a una estructura de madera vieja, con tablones grises, cuerdas deshilachadas y escaleras de hierro oxidado que bajaban hasta el lodo. Había solo una barca amarrada allí, ladeada sobre el fondo seco. Un casco oscuro, con la pintura desconchada y una banda azul descolorida a lo largo de la borda. En la proa, con letras casi borradas por el tiempo y la sal, se leía La Perla Torcida.

Anselmo estaba sentado en la cubierta, con las piernas cruzadas y una red sobre el regazo. Sus dedos grandes y nudosos trabajaban con una destreza que parecía independiente de él, anudando, trenzando, enhebrando con un ritmo casi hipnótico. Al verlos llegar no levantó la cabeza. Solo dijo, con la voz ronca de siempre:

—Subid. La escala está firme.

Lucas fue el primero. Trepó por la escalera de cuerda y saltó a la cubierta con la agilidad de quien lo ha hecho mil veces, y después se volvió y tendió la mano a Marina, que subió más despacio, con los ojos muy abiertos. Era la primera vez que pisaba una barca desde que había llegado a tierra, y el balanceo, aunque apenas perceptible con el casco apoyado en el fango, le provocó un ligero estremecimiento.

—Bienvenida —dijo Anselmo, mirándola por fin—. Es la primera vez que una de las tuyas sube a mi barca.

Marina se quedó helada.

—¿Una de las mías?

—Una de las que sois —respondió él, sin inmutarse—. No tengo la costumbre de andarme con rodeos, hija. Soy viejo y me quedan pocas tardes.

Lucas dio un paso al frente.

—Anselmo, yo…

—Tranquilo, muchacho. —El pescador levantó una mano—. No te voy a contar nada que ya no sepas. Lo que no sabéis, vosotros dos, es lo que yo sé. Y eso es lo que he venido a compartir. Sentaos.

Había un banco de madera adosado a la borda, desgastado por décadas de uso, y los dos se acomodaron en él, uno junto al otro, con las rodillas casi tocándose. Anselmo dejó la red a un lado, sacó de una cesta un termo de metal gris, idéntico al de Mateo salvo por el color, y vertió en tres tazas esmaltadas un café negro y humeante que olía a alquitrán y a infancia.

—Tomad. Lo hago fuerte.

—Gracias —dijo Marina, con una mueca de curiosidad.

—No es para disfrutar. Es para aguantar.

Bebieron en silencio. El café sabía como si alguien hubiera destilado una tormenta. Marina tosió dos veces, con los ojos llorosos, y sin embargo vació la taza hasta el fondo, para no parecer maleducada.

—Eso está mejor —murmuró Anselmo, observándola con un destello de diversión en su mirada desteñida—. Te pareces a ella.

—¿A quién?

El viejo no respondió enseguida. Se quedó mirando el horizonte, donde el mar, lejano y sereno, se tendía como una sábana azul. Unas nubes finas empezaban a teñirse de rosa. A sus pies, el fango brillaba húmedo y negro, con pequeños cangrejos que corrían de un lado a otro.

—Voy a contaros una cosa que no he contado nunca —dijo al fin—. Ni a mi hermano, ni a doña Remedios, ni al cura. Es una historia corta, y está llena de huecos. Hay partes que no sé, y otras que no quiero recordar. Pero sé que, si no os la cuento ahora, ya no la contará nadie.

Se llevó una mano al bolsillo del chaleco, sacó la escama pequeña, la de color turquesa pálido, y la colocó con delicadeza sobre la tapa de un baúl. Después se recostó contra la pared de la cabina y cerró los ojos.

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—Yo tenía veintitrés años —empezó—. Era un muchacho flaco y bocazas, de esos que creen que el mundo es suyo porque aún no lo han probado. Mi padre me había dejado esta barca, que entonces se llamaba la Sirenita, ironías de la vida, y yo salía cada madrugada a faenar con la determinación de un tonto.

Una sonrisa breve le cruzó la cara.

—Una noche de septiembre, hace cuarenta y un años, salí con una luna casi llena. Me había alejado más de lo normal, tras una banda de sardinas, y de pronto el motor se paró. Así, sin avisar. Estaba solo, en medio del mar, con el agua en calma y una luz blanca que lo cubría todo. Y entonces la oí.




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