Marina se despertó antes que el sol.
No hubo despertador, ni gaviotas, ni luz. Solo una certeza tranquila, parecida a la que sienten las mareas cuando saben que ha llegado su hora. Abrió los ojos en la penumbra del salón, con la botella todavía apretada contra el costado, y comprobó que la carta seguía dentro, enrollada, con su letra torcida asomando por el cristal.
Se incorporó sin hacer ruido. La casa dormía. Desde el acuario llegaba el burbujeo de siempre, y en la escalera, un crujido de madera que podía ser un ratón o una casa vieja acomodándose. Se calzó las zapatillas de Lucas, que le quedaban dos números grandes, se echó la chaqueta vaquera por los hombros y estaba a punto de abrir la puerta cuando una voz soñolienta sonó a su espalda.
—Te iba a esperar despierto.
Lucas estaba en lo alto de la escalera, con el pelo revuelto, una camiseta arrugada y una manta enrollada a modo de capa. Bajó los peldaños con los ojos entornados, bostezando.
—No tenías que levantarte.
—Dije que estaría a tu lado.
—Son las cinco y media.
—Lo sé. Mi reloj me lo ha dicho en tono de reproche.
Marina soltó una risita, y se acercó para colocarle bien la manta sobre los hombros, con un gesto casi maternal que a él le provocó un sonrojo inmediato. Salieron juntos a la calle, y el aire frío de la madrugada los golpeó con un aroma a jazmín mojado, a humo de chimenea y a mar.
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La cala de detrás del faro, a esa hora, parecía un sueño en pausa.
El cielo había empezado a clarear por el este, con una franja violeta que se extendía sobre el horizonte, y las estrellas más débiles se desvanecían una a una. Las olas llegaban a la orilla con un murmullo lento, regular, casi sin espuma. En la arena, el camino de conchas de la mañana anterior seguía allí, aunque la marea había desordenado algunas, y a lo lejos, sobre las rocas, una garza gris se mantenía inmóvil, observándolos con paciencia.
Marina bajó hasta la orilla, con la botella en las manos, y se detuvo a un palmo del agua. Lucas se quedó unos pasos atrás, respetando la distancia, con los brazos cruzados contra el frío.
—¿Cómo se hace esto? —preguntó ella.
—Se lanza lo más lejos que puedas.
—¿Y ya?
—Y ya.
—¿No hay que decir nada?
—Si quieres decir algo, dilo.
Marina cerró los ojos. Se quedó callada un largo rato, con la botella contra el pecho. Luego respiró hondo, la sostuvo por el cuello con las dos manos, tomó impulso, y la lanzó con un movimiento más torpe que elegante. La botella trazó un arco corto en el aire, brilló un segundo bajo la luz tenue y cayó al agua con un chapoteo suave, a unos diez metros de la orilla.
Flotó. Giró sobre sí misma, un poco desorientada. Y luego, como si alguien la hubiera tomado con delicadeza, empezó a alejarse, arrastrada por una corriente que Lucas no había notado hasta ese momento.
—Se va —susurró Marina.
—Sí.
—Se va muy rápido.
—Hay una corriente de fondo que sale de la bahía. Va hacia el este.
—Lo sé. —Sonrió, con los ojos húmedos—. La he sentido. Es la que lleva a casa.
Se quedaron los dos de pie, mirando cómo el pequeño punto brillante se hacía cada vez más diminuto, hasta que el agua lo absorbió, o la luz lo disolvió, o la distancia se lo tragó. No supieron cuánto tiempo estuvieron allí. Cuando por fin Marina se volvió hacia él, tenía las mejillas mojadas y una expresión de paz extraordinaria.
—Ya está.
—Ya está.
—Qué cosa más rara. Me siento más ligera.
—Es normal. Has soltado algo que pesaba.
—Sí. —Se secó la cara con la manga—. Aunque no sé si llegará.
—No tiene por qué llegar. A veces basta con que salga.
Marina lo miró un momento con una intensidad nueva, y de pronto, sin avisar, se puso de puntillas y le dio un beso rápido en la mejilla. Un beso breve, tibio, con un leve sabor a sal. Después retrocedió, colorada hasta las orejas, y echó a andar hacia el camino con la cabeza muy alta.
Lucas se quedó clavado en la arena, con una mano en la mejilla, como si le hubiera caído un rayo.
—¿Eso… qué…?
—Es una costumbre humana —gritó ella sin volverse—. Para dar las gracias.
—Es… sí. Una costumbre muy… —Tragó saliva—. Muy extendida.
—Pues ahí tienes.
Corrió tras ella con las piernas flojas, y el amanecer, a su espalda, se encendió de rosa.
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A las nueve en punto, Sofía Montalbán llegó al ayuntamiento con una carpeta bajo el brazo y un café en la mano.
No había dormido bien. Llevaba tres noches seguidas despertándose a las cuatro de la madrugada, con una sensación incómoda de haber olvidado algo importante. Había intentado achacarlo al estrés de la fiesta, al calor, a la cafeína, a cualquier causa razonable. Pero la verdad era que desde la tarde del té con Marina había algo que le rondaba la cabeza como una mosca terca, y no sabía qué era.
Subió las escaleras de piedra, saludó con un gesto seco al conserje, y entró en el despacho del alcalde sin llamar, como hacía siempre. Estaba vacío. Don Aurelio había salido al amanecer a una reunión en la capital, según le había dicho su secretaria, Antonia, que en ese momento tecleaba con furia en una máquina de escribir antigua en la antesala.
—Buenos días, Antonia.
—Buenos días, señorita Sofía. El alcalde no volverá hasta mediodía.
—Lo sé. Solo vengo a dejar el programa de actos. —Alzó la carpeta—. Y a recoger la lista de proveedores, si ya la ha firmado.
—Está sobre su escritorio, la carpeta verde.
—Gracias.
Sofía cruzó el despacho, dejó el café sobre una mesita auxiliar y se dirigió al escritorio de roble, enorme y brillante, sobre el que se alineaban los objetos del alcalde con una simetría casi obsesiva: un tintero de plata, un cuaderno de piel, un bolígrafo de lujo, un teléfono de baquelita. La carpeta verde estaba justo en el centro. La cogió, y al hacerlo, rozó con el codo una pila de papeles que había junto a la lámpara. Se desparramaron sobre la alfombra.
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Editado: 28.10.2026