Era domingo, y en Santa Marea los domingos tenían su propia manera de ser.
No sonaban las persianas metálicas de las tiendas, ni los carritos del mercado, ni el motor de las barcas volviendo del mar. Las campanas de la iglesia, rotas por dentro desde hacía treinta años, daban las diez con su retraso habitual, y el pueblo entero parecía haberse puesto de acuerdo para respirar más despacio. Las ventanas estaban abiertas, y de ellas salían olores de café, de tortilla y de ropa tendida. En la plaza, un grupo de ancianas con mantilla volvían de misa comentando, con una eficacia casi militar, quién había llegado tarde, quién había faltado y quién había cantado fatal.
Marina, en cambio, había descubierto que los domingos podían ser un deporte.
Llevaba toda la mañana en el sofá, con las piernas cruzadas y un cuenco de cereales en el regazo, mirando un programa de cocina en la televisión con una atención casi religiosa. En la pantalla, un cocinero con delantal blanco y bigote impresionante explicaba cómo preparar una paella. Cada vez que echaba un ingrediente a la sartén, Marina asentía con la cabeza, murmurando para sí misma.
—Primero el aceite. Luego la carne. Luego el arroz. Luego, el amor.
—No ha dicho lo del amor —observó Lucas, desde la mesa, donde revisaba un montón de correo atrasado.
—Lo ha dicho con las manos.
—Ah.
—Los humanos decís las cosas más importantes con las manos. Os lo digo yo.
Lucas sonrió, sin levantar la vista de un sobre del instituto, y se dijo que ya no se le hacía raro oír aquello. Había algo reconfortante en la manera en que Marina observaba el mundo, como si cada cosa fuera un descubrimiento. Después de una semana y media de compartir la casa con ella, había empezado a ver su propio salón con otros ojos: las grietas en la pared, la mancha de humedad con forma de pez, el sillón raído. Todo parecía haber adquirido una especie de dignidad nueva, la de las cosas que alguien mira con cariño.
Llamaron a la puerta.
—Yo abro —dijo Marina, dejando el cuenco en el suelo.
—No, espera, que…
Demasiado tarde. Abrió de par en par, y una avalancha de energía infantil se le echó encima.
—¡MARINA!
Nico entró como un torbellino, con el pelo revuelto, una camiseta de dinosaurios y una bolsa de papel en la mano. Se lanzó contra sus piernas, la abrazó con un fervor inusitado, y alzó la cara hacia ella con los ojos brillantes.
—¡He venido a enseñarte cosas!
—¿Qué cosas?
—¡Cosas de humanos!
—Nico —dijo una voz desde el rellano—. ¿No se supone que primero se saluda?
Teodoro, el panadero, asomaba por la puerta con una sonrisa cansada y el delantal de los domingos, el de rayas azules. Llevaba bajo el brazo una barra de pan todavía caliente, y detrás de él, en el escalón, esperaba otra figura menuda, de rebeca y bufanda, con una cesta de mimbre y los prismáticos colgados del cuello.
—Buenos días —dijo doña Remedios, con una alegría excesiva—. Hemos venido en comisión.
—¿En comisión de qué? —preguntó Lucas, con un presentimiento.
—De educación. —La anciana entró con paso decidido, dejó la cesta en la mesa y le dio una palmadita en la mejilla a Marina—. Tú sabes mucho del mar, hija, pero de la vida en tierra firme te falta lo básico. Y como somos gente de bien, hemos decidido darte una clase.
—Una clase —repitió Marina.
—Una clase magistral —corrigió el niño, que había aprendido la palabra esa semana en el colegio—. De todo.
Lucas miró a Teodoro, que se encogió de hombros con resignación.
—Yo solo he venido a traer el pan.
—Y a quedarte un rato, ¿verdad? —dijo doña Remedios.
—Y a quedarme un rato, claro.
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La clase magistral comenzó en el salón, con las sillas colocadas en semicírculo frente al sofá.
Doña Remedios, que se había autoproclamado directora, ocupó la mejor silla y sacó de la cesta un pequeño cuaderno de espiral, un lápiz con goma y un reloj de bolsillo que debió de pertenecer a su difunto marido. Nico se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas y la lengua entre los dientes, en la actitud de un ayudante entusiasta. Teodoro eligió un taburete junto a la puerta, con los brazos cruzados y un aire entre el escepticismo y la diversión. Lucas se retiró a un rincón con su café, decidido a no intervenir.
Marina, en el centro, se sentó en el sofá con las manos sobre las rodillas y una expresión de atención extrema.
—Primera lección —anunció doña Remedios—. Las horas.
—¿Las horas?
—Los humanos medimos el tiempo con un reloj. Mira. —Le puso el reloj de bolsillo en la palma—. La aguja pequeña marca la hora. La grande, los minutos. Cada vez que la grande da una vuelta, pasa una hora.
—¿Y por qué?
—Porque sí.
—Qué respuesta tan humana.
—Es la mejor que hay. —La anciana sonrió—. Ahora dime: si la pequeña apunta al tres y la grande al doce, ¿qué hora es?
Marina contempló el reloj durante un largo rato, con el ceño fruncido. Giró la esfera un par de veces, la acercó al oído, la sacudió suavemente.
—Las tres —dijo.
—¡Muy bien!
—¿De verdad?
—Aprendes rápido.
—Es que el mar también tiene horas —explicó Marina, con orgullo—. Las mareas. Las corrientes. La del cangrejo, que es muy puntual.
—Pues ahí lo tienes. Es lo mismo, solo que con números.
Nico levantó la mano de golpe.
—¡Yo también quiero enseñar!
—Adelante, hijo —dijo Teodoro, con tono resignado.
El niño se puso de pie de un salto, sacó de la bolsa de papel un pequeño saco de tela y lo volcó sobre la alfombra. Rodaron por el suelo una docena de canicas de colores, brillantes y relucientes, que se desparramaron entre las patas del sofá.
—¡Las canicas! —anunció con solemnidad—. El mejor juego del mundo. Tienes que tirar la tuya y darle a la mía. Si le das, te la quedas.
—¿Y si no le doy?
—Entonces te la quito yo.
—Qué sistema tan cruel.
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Editado: 28.10.2026