Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 13: El arte de mentir mal

Lucas Almeida tenía muchos talentos. Sabía identificar quince especies de esponjas con los ojos cerrados, calcular la salinidad de una muestra solo con probarla y mantener la calma a veinte metros de profundidad con un regulador averiado. Pero mentir no era uno de ellos.

Lo descubrió, una vez más, a las seis y media de la mañana, con la mano en el picaporte y el corazón martilleándole el pecho.

—Voy a comprar pan —dijo, en voz demasiado alta.

Marina, que acababa de despertarse en el sofá con el pelo hecho un nido y una arruga de almohada marcada en la mejilla, levantó la cabeza y lo miró con los ojos entrecerrados.

—Tenemos pan.

—Pan fresco.

—Tenemos pan de ayer. Teodoro nos lo dio.

—Pan más fresco.

—¿Hay pan más fresco que el de ayer?

—El de hoy.

—Qué lógica tan firme.

Lucas se pasó la lengua por los labios. Llevaba una chaqueta de lluvia, los zapatos mal atados y un paraguas bajo el brazo, ese mismo paraguas triste del armario del pasillo que Marina había declarado «una cubierta portátil contra la lluvia, qué invento tan melancólico». Tenía el aspecto de un hombre que va a un funeral o a una entrevista de trabajo, y que no sabe a cuál de las dos cosas.

—Vuelvo enseguida —añadió.

—¿Quieres que te acompañe?

—No. Qué va. No hace falta. Llueve.

—Me encanta la lluvia.

—Es que se te va a mojar el pelo.

—Se me moja siempre.

—Es que… —Lucas buscó una excusa con la desesperación de un náufrago que palpa la oscuridad—. Es que quiero ir solo. Para pensar.

—¿Para pensar en el pan?

—En muchas cosas. Y en el pan.

Marina lo observó un momento más, con la cabeza ladeada y una sonrisa que empezaba a insinuarse en la comisura de los labios. En el acuario, Paul se puso de un tono amarillento y burlón, con dos tentáculos cruzados sobre la roca, como un espectador que se acomoda para ver una función.

—Muy bien —dijo ella al fin—. Ve a pensar en el pan.

—Gracias.

—Pero que sepas que mientes fatal.

—No miento.

—Tienes la nariz roja.

—Es el frío.

—Estás dentro de casa.

—Hace frío dentro de casa.

—Lucas.

—¿Qué?

—Anda, ve.

Salió sin responder, y cerró la puerta con tanta prisa que casi se pilla el paraguas. Marina se quedó un momento mirando la puerta, con una sonrisa divertida, y luego se volvió hacia el acuario.

—Dice que va a buscar pan.

El pulpo cambió de color a un tono ostentosamente incrédulo.

—Eso mismo pienso yo.

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Llovía.

No era una lluvia furiosa, sino una de esas lluvias persistentes y mansas que caen en vertical, sin viento, empapándolo todo con una paciencia casi insultante. Las calles brillaban como espejos oscuros, los tejados goteaban, y de las canaletas colgaban cascadas improvisadas. Lucas avanzaba por el empedrado a paso rápido, con el paraguas abierto sobre la cabeza, esquivando los charcos con una destreza que se le fue al traste en la primera esquina, cuando pisó una alcantarilla mal encajada y se hundió hasta el tobillo.

—Estupendo —murmuró, sacudiendo el pie.

Se había citado con Sofía a las siete, en el Hotel Miramar, por la puerta de servicio. Ella misma lo había indicado en un segundo mensaje: «Entra por la cocina. Pregunta por Genaro. Di que vienes por lo de las anchoas». Lucas no tenía ni idea de qué anchoas podían ser, pero como no conocía una razón mejor, había decidido confiar.

La puerta trasera del hotel daba a un callejón estrecho, flanqueado por contenedores de basura, cajas de cartón mojadas y un gato escuálido que lo miró con desconfianza desde lo alto de una bolsa. Lucas llamó con los nudillos. Pasaron unos segundos. Se abrió una rendija, y por ella asomó una cara redonda y colorada, con un gorro blanco ladeado y un bigote encerado que apuntaba hacia el cielo.

—¿Sí?

—Vengo por lo de las anchoas.

—¿Qué anchoas?

—Las… de Sofía.

—Ah, esas. —El cocinero abrió del todo y miró a derecha e izquierda con aire conspirador—. Pase, pase. Rápido. Y no toque nada.

Lucas entró en una cocina inmensa, de acero inoxidable y vapor, donde media docena de ayudantes cortaban, removían y freían con una disciplina casi militar. Nadie le prestó atención. Genaro lo condujo a toda velocidad entre dos filas de fogones, sorteando una montaña de patatas y un carro cargado de huevos, hasta una puerta metálica de aspecto grueso, con una manivela enorme y una etiqueta amarilla que decía CÁMARA 2. NO ENTRAR SIN AUTORIZACIÓN.

—Ahí dentro —susurró.

—¿En la cámara frigorífica?

—Es el único sitio sin oídos.

—Pero hace frío.

—Por eso no entra nadie. —Genaro tiró de la manivela y empujó la puerta con el hombro—. Tiene diez minutos. Después viene el panadero a por la nata.

Lucas lo miró con una mezcla de horror y resignación. Entró. La puerta se cerró detrás de él con un golpe sordo, y se quedó plantado en la penumbra, con el paraguas chorreando sobre las baldosas. Hacía un frío de cuatro grados que le calaba los huesos. Las paredes estaban cubiertas de estantes llenos de cajas, bandejas de huevos, quesos, embutidos colgando de ganchos. En el centro, sobre una caja de plástico invertida, envuelta en una chaqueta de lana y con un gorro de punto hasta las cejas, estaba sentada Sofía.

—Llegas tarde —dijo, con los dientes castañeteando.

—Me he caído en una alcantarilla.

—No es excusa.

—Es lluvia.

—Tampoco es excusa. —Se frotó las manos—. Siéntate. No tenemos mucho tiempo.

Lucas buscó con la mirada otro lugar donde sentarse. Encontró un cajón de lechugas y se acomodó sobre él con la precaución de quien no está seguro de que el cajón aguante.

—¿Por qué aquí?

—Porque Antonia tiene oídos en todas partes. Y porque no me fío de mi despacho. Hoy ha entrado alguien en él.

—¿Alguien?

—Una persona con un olor extraño. —Sofía arrugó la nariz—. Colonia cara con un fondo de tabaco rubio. Yo no uso colonia cara.




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