Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 14: El plan del compresor parlanchín

A las cinco menos diez, la lluvia había cesado y las nubes se retiraban hacia el interior, dejando sobre Santa Marea un cielo lavado, de un azul tímido, y un olor a tierra mojada que subía de los jardines como un suspiro.

Lucas y Marina caminaban hacia el Hotel Miramar a paso lento, por la acera de los plátanos. Él llevaba el paraguas colgado del brazo, plegado por fin, y una expresión de resignación serena. Ella había insistido en ponerse un vestido, uno de los dos que doña Remedios le había prestado, de flores pequeñas sobre fondo verde, con un cinturón de tela que se había atado en un lazo enorme, demasiado enorme, y que según su propia opinión le daba «un aire de regalo sin abrir».

—Estás muy bien —dijo Lucas.

—Parezco una caja de bombones.

—Una caja de bombones muy elegante.

—¿Se comen?

—Las cajas, no.

—Qué pena.

Se detuvieron frente a la entrada principal del hotel, donde el portero, que ya los conocía de vista, los saludó con una inclinación demasiado teatral. Lucas dudó un momento al pie de la escalinata.

—¿Entramos por delante o por detrás?

—¿Hay diferencia?

—Por detrás hay un cocinero con un bigote increíble.

—Entonces por detrás.

—Te lo contaré por el camino.

—Prefiero que me lo cuentes en casa. Con chocolate.

—Trato hecho.

Pero cuando doblaron la esquina del callejón, una voz los detuvo en seco.

—No hace falta. Estoy aquí.

Sofía estaba apoyada contra la pared, bajo un alero, con una carpeta cruzada sobre el pecho y una expresión indescifrable. Llevaba el pelo recogido en una coleta apretada, un traje de chaqueta gris que le daba un aire de directora de colegio, y debajo del brazo, doblado con cuidado, un paraguas negro enorme que ni siquiera había abierto.

—Genaro está de mal humor —dijo—. Dice que lo de esta mañana le ha costado dos años de vida. Hoy no podemos usar la cámara frigorífica.

—Qué lástima —murmuró Lucas.

—No tanto. Hay un sitio mejor.

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El sitio mejor resultó ser una lavandería.

Estaba en el sótano del hotel, al fondo de un pasillo estrecho que olía a jabón, a vapor y a algodón recién planchado. Era una sala larga, de techo bajo, llena de máquinas de lavar zumbando, secadoras girando, mesas de planchado y montañas de sábanas blancas perfectamente dobladas. Una mujer de mediana edad, con un delantal verde y una expresión de eterna paciencia, planchaba un mantel con movimientos rítmicos y precisos.

—Pilar —dijo Sofía—. Estos son mis amigos.

—Buenas tardes —saludó la mujer, sin levantar la vista.

—Necesitamos la sala quince minutos.

—Tenéis diez.

—Con quince nos apañamos.

—Diez, o llamo a Genaro.

—Pilar…

—Es mi última palabra.

—Está bien, diez.

Sofía les indicó con un gesto que se sentaran sobre un montón de toallas apiladas junto a la pared. Lucas se acomodó con cuidado, procurando no desordenar nada; Marina, sin ninguna ceremonia, se dejó caer sobre una pila de sábanas con un suspiro de placer.

—Qué blando.

—No te hundas —advirtió Lucas.

—Demasiado tarde.

—Chicos. —Sofía carraspeó con severidad, y se colocó frente a ellos, con las manos entrelazadas a la espalda, como una maestra a punto de dar una mala noticia—. Tengo que contaros una cosa.

Marina se enderezó. Lucas notó que se le humedecían las palmas.

—Mañana por la tarde, a las cinco, hay una rueda de prensa en el ayuntamiento. Una presentación oficial de la invitada de honor.

Hubo un silencio. Las máquinas de lavar zumbaban a su alrededor, acompañadas por el siseo regular de la plancha.

—¿La invitada de honor soy yo? —preguntó Marina, con un hilo de voz.

—Sí.

—¿Y tengo que ir?

—Aurelio da por hecho que sí.

—¿Y si no voy?

—Lo tomaría como una señal de que estás huyendo.

—¿Y si me pongo enferma?

—Pediría un médico.

—¿Y si me escondo?

—Mandaría a buscarte.

Marina se llevó las manos a la cabeza.

—Esto es un lío.

—Un lío enorme —convino Sofía—. Pero hay algo más.

—Claro. Siempre hay algo más.

—Mañana llega gente de la productora. Una mujer llamada Olga Vidal, que según he averiguado es la directora de contenido de Mareas Producciones. Y un cámara. Se alojan aquí, en el hotel. En la suite doce.

—¿Y eso qué significa?

—Que los voy a tener a mi disposición. —Sofía esbozó una sonrisa fría y afilada—. Y que tendrán que pasar por mis manos para todo: las llaves, el desayuno, las toallas, los enchufes. Soy una gerente muy eficiente.

Lucas la miró con un respeto repentino.

—¿Piensas sabotearlos?

—Pienso entorpecerlos con amabilidad.

—¿Cómo?

—Aún lo estoy planeando. Pero tengo varias ideas. Que se les vayan las llaves. Que no funcione el wifi. Que el agua caliente tarde en llegar. Que el ascensor se avería justo cuando tienen prisa. —Su sonrisa se ensanchó—. Que a las seis de la mañana empiece a sonar una campana en el pasillo, sin que nadie sepa por qué.

—Eso es cruel.

—Eso es hospitalidad.

Marina soltó una risita nerviosa.

—Pero no basta —dijo—. Aunque los entretengas, la rueda de prensa seguirá adelante.

—Lo sé. Por eso necesito vuestra ayuda.

—¿Para qué?

—Para el plan.

—¿Qué plan?

Sofía se puso muy seria.

—El plan que todavía no tenemos.

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Pasaron los diez minutos de Pilar y luego otros diez, y luego, sin que nadie dijera nada, la mujer del delantal verde fue a buscar una jarra de agua y tres vasos y los dejó sobre una mesa de planchado, con una mirada de resignación infinita.

—Si me preguntan, no os he visto —dijo.

—Gracias, Pilar.

—Y si me preguntan por las toallas, estaban todas dobladas.

—Lo estaban.

—Y si alguien menciona que en esta lavandería se ha organizado una reunión secreta, yo estaba planchando.

—Planchabas mucho.

—Y muy bien.




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