Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 15: El día antes de la tormenta, que en realidad era el mismo día

Marina llevaba despierta desde las cinco de la madrugada, y lo sabía todo el pueblo, aunque nadie hubiera tenido manera de enterarse.

Lo sabía Paul, que desde su acuario había observado cómo ella se levantaba del sofá en silencio, caminaba de puntillas hasta el baño, se plantaba delante del espejo con las manos apoyadas en el lavabo y empezaba a hablar sola con una voz que cambiaba de tono cada pocos segundos. Lo sabía el gato naranja de doña Remedios, que merodeaba por el alféizar de la ventana y que, al oír los murmullos, había asomado una oreja con curiosidad. Y lo sabía, desde luego, Lucas, que se había despertado a las cinco y diez con el sonido amortiguado de una frase repetida en bucle, a través del suelo, como un mantra de monja con insomnio.

Bajó las escaleras en pijama, con el pelo de punta y los ojos entornados, y se detuvo en la puerta del baño. Marina estaba de espaldas a él, vestida con la camiseta que usaba para dormir, la que decía Instituto Oceanográfico de Santa Marea y le llegaba hasta las rodillas, y se miraba en el espejo con una intensidad casi hostil.

—Qué casualidad —decía—. Qué casualidad. Qué casualidad.

—Buenos días.

Ella dio un respingo, se volvió con el cepillo de dientes en la mano y lo señaló con él como si fuera una espada.

—¡No estaba ensayando!

—Lo estabas haciendo muy bien.

—No, no. Es que… estaba comprobando que la voz me sale.

—Te sale perfectamente.

—¿De verdad?

—Con tres entonaciones.

—Cuatro. Me ha salido una nueva hace un rato. La del cansancio.

—Esa es la mejor.

—Gracias. —Se pasó la mano por el pelo, con una sonrisa nerviosa—. Es que no he podido dormir.

—Lo sé.

—Me parece que mi cuerpo ya ha empezado a prepararse para mañana.

—Para hoy.

—Para hoy. —Soltó un gemido—. Es hoy. Hoy es hoy.

—Hoy es hoy.

—No me ayudes.

—Perdona.

Marina dejó el cepillo en el vaso y se frotó la cara con las dos manos, con un gesto cansado que a Lucas le partió el corazón. Le tendió una toalla, y ella la aceptó sin mirarlo, apoyando la frente contra la tela como si quisiera esconderse en ella.

—¿Quieres que desayunemos? —preguntó él con suavidad.

—Sí. Pero hago yo.

—Marina, no sé si es buena idea…

—Hago yo. —Alzó la cabeza, con una decisión súbita—. Necesito tener las manos ocupadas. Si no, me pongo a pensar. Y cuando pienso, me pongo a mirar el agua del grifo. Y cuando miro el agua del grifo, me entran ganas de meterme dentro.

Lucas se quedó un momento callado.

—De acuerdo —dijo al fin—. Pero con una condición.

—¿Cuál?

—Que me dejes vigilar.

—Vigila lo que quieras.

---

El desayuno, aquella mañana, quedó registrado en los anales de la casa como uno de los más memorables.

Todo había empezado con las mejores intenciones. Marina había visto el día anterior, en un programa de cocina, cómo se preparaban las tostadas francesas, y estaba convencida de que se trataba de una receta sencilla, casi mágica, que consistía en mojar pan en un líquido amarillo y freírlo en una sartén. Había sacado cuatro huevos de la nevera, la leche, el azúcar, un trozo de canela, la barra de pan del día anterior, ya algo dura, y la había colocado todo sobre la encimera con un orden de cirujano.

—Lo primero es batir los huevos —dijo, en voz alta, como si hablara a una audiencia invisible.

—Con el tenedor.

—Con el batidor.

—No tenemos batidor.

—Entonces con el tenedor. —Rompió el primer huevo con tal energía que la cáscara se le deshizo entre los dedos y cayó en el cuenco con un chapoteo desafortunado—. Pequeño contratiempo.

—Yo lo saco.

—No, no. Lo hago yo. —Rebuscó con la punta de los dedos, sacó tres trozos de cáscara y los dejó sobre la encimera con aire victorioso—. ¿Ves? Solucionado.

—Muy bien.

—Segundo huevo.

El segundo huevo se rompió con más delicadeza, pero el tercero se le escurrió de la mano y fue a parar al suelo con un plof espeso. Marina lo miró fijamente durante unos segundos, con las cejas fruncidas.

—No era el mejor huevo.

—Seguramente no.

—Cuarto huevo.

—Marina…

—Cuarto huevo.

El cuarto huevo salió perfecto. Lo batieron entre los dos, con el tenedor, hasta conseguir una mezcla amarilla y espumosa a la que Marina añadió leche con un cuidado excesivo, una cucharada de azúcar y, tras una breve deliberación, un puñado de canela que le salió un poco más grande de lo previsto. Mojaron las rebanadas de pan una a una, con una delicadeza casi litúrgica. Después, Marina puso la sartén al fuego, echó un trozo de mantequilla y esperó con los brazos cruzados a que se derritiera.

—¿Ya está caliente?

—Todavía no.

—¿Ahora?

—Casi.

—¿Y ahora?

—Casi.

—Lucas, me estoy impacientando.

—Es normal. Es parte del proceso.

—Pues el proceso no me gusta.

Echó la primera rebanada. Chisporroteó con un sonido alegre, y un olor delicioso a canela y a mantequilla se extendió por la cocina. Marina soltó un suspiro de placer. Echó la segunda. La tercera. Se quedó mirando cómo se doraban los bordes con una sonrisa de pura satisfacción.

Y entonces Lucas notó que algo no iba bien.

—Marina.

—¿Sí?

—Creo que… la sartén está muy caliente.

—Es que quiero que se dore.

—Se está dorando mucho.

—Es lo que se pretende.

—Se está poniendo negro.

—Es un dorado oscuro.

—Marina, sale humo.

—Es vapor.

—No es vapor.

—Es un humo ligero.

—¡Marina!

La alarma de incendios del techo, un aparato de plástico blanco que nadie recordaba haber instalado, soltó un chillido tan agudo que Lucas se tapó los oídos de un brinco. Marina, con el rostro desencajado, apartó la sartén del fuego con las dos manos, dejó caer las tostadas negras sobre un plato y se puso a abanicar el aire con un trapo de cocina, gritando:




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