Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 16: La rueda de prensa

El salón de plenos del Ayuntamiento de Santa Marea tenía capacidad para sesenta personas, aunque nunca se había llenado más allá de veinte, y esa tarde, por primera vez en la memoria de los empleados municipales, no quedaba ni una silla libre.

Era una sala larga y solemne, de techos altos y artesonados oscuros, con paredes forradas de un papel pintado de color burdeos que había conocido tiempos mejores y que en algunas esquinas empezaba a despegarse como la piel de una naranja. Sobre una tarima de madera, al fondo, se alzaba una mesa alargada cubierta con un tapete verde, con seis sillas de respaldo alto y otros tantos micrófonos de pie, de los que solo funcionaban tres. Detrás, colgado en la pared con un clavo visible, un retrato al óleo del fundador del pueblo observaba a los presentes con una expresión de severidad permanente, como si todavía estuviera esperando que alguien le devolviera una deuda.

Habían llegado todos antes de lo previsto.

En la primera fila, muy tiesos, con los cuadernos abiertos y los bolígrafos preparados, esperaban los periodistas regionales: Ramón Peña, del Diario de la Costa, un hombre rechoncho y colorado que respiraba con dificultad y que se había puesto sus mejores gafas para la ocasión; una joven llamada Estefanía, del blog Rutas con Encanto, que sostenía un móvil en alto con ambas manos como quien sostiene una antorcha; y un reportero de la cadena autonómica, con un micrófono de espuma y un cámara que bostezaba sin disimulo. Detrás de ellos, en las filas centrales, se apretujaban los funcionarios del ayuntamiento, algunos concejales, un puñado de vecinos curiosos que habían conseguido colarse alegando una urgencia inventada, y en un rincón, medio escondidos tras una columna, Anselmo y su hermano Ceferino, con las gorras en las manos y una expresión de tranquilidad tan estudiada que resultaba sospechosa.

Y en el centro de la primera fila, con las piernas cruzadas y una libreta apoyada en el regazo, sentada con la naturalidad de quien está en su elemento, Olga Vidal.

Dani, su cámara, se había instalado junto a la pared lateral con un trípode, un objetivo del tamaño de una botella y una pequeña luz blanca sujeta a la parte superior. Había comprobado el enfoque tres veces, había ajustado el encuadre otras dos y ahora esperaba, con los auriculares puestos, sin parpadear.

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Lucas, Marina y su comitiva entraron por la puerta lateral, escoltados por Sofía, que los había recibido en el pasillo con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa de aeromoza ante una turbulencia.

—Todo según lo previsto —susurró—. Aurelio está dentro con el concejal de cultura. Los periodistas ya están sentados. La productora, también.

—¿Olga? —preguntó Lucas.

—Primera fila. Centro. Con una libreta.

—¿Qué libreta?

—No lo sé. Pero la tiene abierta desde hace media hora y todavía no ha escrito nada.

—Eso es mala señal.

—Es peor señal que escriba.

Marina caminaba un poco rezagada, con la espalda recta y las manos entrelazadas. Se había pasado la lengua por los labios tres veces en el último minuto y llevaba en la boca una pastilla de menta que se deshacía lentamente. Cada pocos pasos se llevaba la mano al pecho, a la concha de doña Remedios, y la apretaba con disimulo.

—¿Estás bien? —le preguntó Lucas, en voz baja.

—No.

—¿Quieres que paremos?

—No. Si paramos, no vuelvo a andar.

—Entonces seguimos.

—Seguimos.

Doña Remedios y Candelaria cerraban la marcha, con los abrigos puestos y las caras de vecinas que acuden a un funeral con intención de que sea memorable. Teodoro, con la bandeja de pastelitos en equilibrio inestable sobre los antebrazos, avanzaba con pasos cortos, vigilando cada baldosa. Y Nico, con una camisa blanca que le quedaba grande y el pelo aplastado con agua, caminaba a su lado repitiendo bajito su única misión de la tarde: «Ofrecer. Sonreír. No comerse ninguno.»

La puerta del salón se abrió.

Hubo un murmullo. Una oleada de cabezas girándose. El destello breve del flash de Estefanía. Y Marina, con el chal verde sobre los hombros y el vestido azul marino, entró en la sala con paso firme, mirando al frente, sin mirar a nadie, con una serenidad tan perfecta que nadie habría sospechado que por dentro se estaba derrumbando.

—Es ella —murmuró alguien.

—Qué guapa.

—Parece de otro siglo.

—Parece una actriz.

—Parece una reina.

Sofía le indicó con un gesto discreto la silla central de la tarima. Marina subió los dos escalones con cuidado, se sentó, alisó la falda y juntó las manos sobre la mesa. A su derecha se colocó Lucas, en el sitio que Sofía había reservado «para el asesor científico», con un cartelito de cartulina escrito a mano que decía Dr. L. Almeida (Instituto). A su izquierda quedó una silla vacía, para el alcalde.

Cuando todos se hubieron acomodado, y el rumor de la sala bajó a un cuchicheo contenido, Marina bajó la mano derecha hacia el borde de la mesa, y la dejó caer sobre su regazo, junto a la de Lucas. Sus dedos se buscaron en la penumbra bajo el tapete, y se encontraron.

Fue un contacto breve y firme. Un apretón. Una promesa muda.

Y respiró.

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Aurelio Bermúdez hizo su entrada exactamente a las cinco y cuatro, con cuatro minutos de retraso calculado, que él consideraba el tiempo justo para que la tensión de la sala se volviera deliciosa.

Cruzó el salón con paso lento y sonriente, saludando a derecha e izquierda con la mano levantada, como un pontífice en visita pastoral. Llevaba un traje de lino blanco, impecable, con un clavel en la solapa, y el bigote encerado de manera que cada pelo parecía una pequeña lanza. Subió a la tarima sin prisa, estrechó la mano de Lucas con una cordialidad exagerada, besó la de Marina con una reverencia casi teatral y se dejó caer en la silla de su izquierda con un suspiro de inmensa satisfacción.

—Señoras y señores —dijo, antes incluso de que el micrófono estuviera encendido—. Amigos de la prensa. Vecinos de Santa Marea.




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