Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 17: Olga Vidal pide cinco minutos

La rueda de prensa terminó, como terminan las cosas importantes en los pueblos pequeños, con una confusión generalizada y un olor a pastelitos.

Después de la respuesta de Marina, Aurelio había intentado recuperar el control de la sala con un discurso improvisado sobre la importancia de la sinceridad en la vida pública, que nadie había escuchado porque en ese mismo instante, en la tercera fila, había ocurrido un incidente muy comentado. Doña Remedios, que había decidido que aquel era el momento de la tos de emergencia, había soltado un estertor tan impecable que un concejal de sanidad, convencido de que la anciana se ahogaba, se había abalanzado sobre ella con los brazos abiertos y le había aplicado una maniobra de Heimlich con una energía inusitada. El resultado fue una nube de polvos de talco, un sombrero de ala ancha volando hasta el techo y un grito agudo de «¡Suélteme, hombre, que estoy actuando!» que hizo reír a media sala.

Para cuando todo se calmó, y doña Remedios, despeinada pero triunfante, volvió a sentarse con el abrigo torcido y una expresión de dignidad ofendida, la ceremonia había perdido por completo su solemnidad. Los periodistas, repartidos en pequeños grupos, charlaban con los vecinos mientras daban cuenta de los últimos pastelitos. Ramón Peña, del Diario de la Costa, se había enamorado de la crema de limón y le suplicaba a Teodoro la receta con una vehemencia casi dolorosa. Estefanía, la del blog, había descubierto en Nico a su fuente de información favorita, y el niño, subido a una silla, le explicaba con gravedad científica la diferencia entre un chorro de agua dulce y uno de agua salada.

Aurelio, desde la tarima, observaba la escena con una sonrisa cada vez más rígida. Había perdido el micrófono, la atención del público y, sobre todo, la iniciativa. Y no sabía todavía cuál de las tres cosas le dolía más.

—Ha sido un éxito —le dijo Sofía, acercándose con la carpeta bajo el brazo y una expresión inocente.

—¿Un éxito? —Aurelio se volvió hacia ella con los ojos desorbitados—. ¿Un éxito? ¡Ha habido un apagón! ¡Una agresión a una anciana! ¡Una invitada de honor que no sabe contestar a una pregunta sencilla!

—Ha contestado muy bien.

—¡Ha dicho que no está acostumbrada a mentir!

—Es una respuesta muy honesta.

—¡Es una respuesta ridícula!

—A la prensa le ha encantado.

—A la prensa… —Se detuvo. Miró a su alrededor. Efectivamente, los periodistas parecían encantados, de un modo desconcertante, con la candidez de Marina, con los pastelitos y con el apagón, que ya empezaban a llamar «el apagón poético». Estefanía, desde su silla, tecleaba en el móvil con una sonrisa embobada, y el reportero de la cadena autonómica le comentaba al cámara que aquello iba a quedar «precioso para el telediario».

Aurelio abrió la boca. La cerró. Se alisó el bigote con un gesto nervioso.

—Bueno —dijo al fin—. Quizá no haya sido tan malo.

—Ya le digo —respondió Sofía, con una inclinación de cabeza que a él le pareció de lo más respetuosa y que a ella le costó un esfuerzo sobrehumano.

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Marina se había quedado en la tarima.

Los demás se habían dispersado, uno a uno, hacia los corrillos que se formaban entre las filas, y ella permanecía en su silla, con las manos aún entrelazadas sobre el regazo y la mirada fija en un punto indefinido del suelo. Lucas, a su lado, la observaba con una preocupación que se esforzaba por disimular.

—¿Estás bien?

—Creo que sí.

—Lo has hecho genial.

—He dicho que no sé mentir.

—Pero lo has dicho con tanta gracia que nadie se ha dado cuenta.

—Olga se ha dado cuenta.

—Olga…

—Ha escrito sí. —Alzó los ojos hacia él—. Lo he visto. Lo ha escrito en su libreta.

Lucas tragó saliva. Recorrió la sala con la vista, buscando a la mujer de pelo corto y mirada gris. No la encontró en la primera fila. Ni junto a Dani, que recogía el trípode con un gesto cansado. Ni entre los periodistas. Por un momento le pareció que se había esfumado.

—Ha desaparecido —murmuró.

—No ha desaparecido —dijo una voz, a su espalda—. Está aquí.

Los dos se volvieron a la vez.

Olga Vidal estaba de pie al pie de la tarima, con las manos en los bolsillos de la chaqueta y una expresión serena, casi amable. Había dejado la libreta en algún sitio, y sin ella parecía más pequeña, más humana, con una arruguita de cansancio entre las cejas que la delataba.

—Perdón por asustaros —dijo.

—No nos has asustado —mintió Lucas.

—Claro que sí. Pero es de buena educación decir que no.

Hubo un silencio incómodo. Marina se puso de pie, despacio, alisándose la falda del vestido con las dos manos. Lucas se levantó también, colocándose medio paso por delante de ella, con los hombros tensos.

—¿Qué quieres? —preguntó.

—Hablar.

—¿De qué?

—Con ella. —Olga señaló a Marina con un gesto de la barbilla—. A solas, si es posible. Cinco minutos.

—No.

—Lucas…

—Ni hablar. —Dio un paso adelante—. Si quieres hablar con Marina, hablarás conmigo delante.

—Entiendo. —Olga ladeó la cabeza, sin perder la calma—. Eres muy protector.

—Es lo mínimo.

—Lo sé. Y me parece admirable. —Sonrió con una amabilidad serena—. Pero te prometo que no pretendo hacerle ningún daño.

—Eso es lo que dice todo el mundo antes de hacerlo.

—También es verdad.

Marina puso una mano en el brazo de Lucas.

—Déjala hablar.

—Marina.

—Quiero saber qué tiene que decir.

—No es seguro.

—Nada lo es. —Lo miró con una ternura firme—. Pero si Olga hubiera querido hacerme daño, lo habría hecho delante de todos. Y no lo ha hecho.

Lucas apretó la mandíbula. Se hizo un silencio. Finalmente, con un suspiro de rendición, bajó los hombros y dio un paso atrás.

—Está bien. Pero yo me quedo cerca.

—Me parece perfecto —dijo Olga—. De hecho, había pensado proponer un sitio donde pudieras esperar. Si la señora Montalbán es tan amable.




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